Living in Downtown Manhattan

Que el destino no hace acuerdos lo demuestran mis encuentros con Julian Velasquez de Cuellar, un infrecuente que conocí el último año de bachillerato cuando él trabajaba como dependiente en la librería Buchholz. Caucano, había vivido buena parte de su puericia en New York apoyado por uno de sus hermanos que aprendía escultura y aun cuando soportaba desde pequeño una parálisis de sus piernas causada por la polio, recibía fondos de la municipalidad para seguir viviendo. Le encontré en una de esas fiestas de entonces, en la casa victoriana de Teusaquillo que ocupaba Valeria Guarnizo, una pelirroja que enseñaba inglés en la Nacional y era amante de Miguelito Torres. Guarnizo, que estuvo casada con un nacional que había conocido en Venecia y había vivido con él en Ortega, un lejano municipio  del Caquetá, influida por el hipismo tenía en esa mansión una suerte de comuna donde se realizaban toda clase de tenidas eróticas y etílicas, ideadas a menudo por José Luis Diaz Granados, un mitómano que se decía pariente de otro camelista profesional de la literatura, Pepe Stevenson, consumado cotilla de chismes del celuloide que obtenía, como lo hacía con las noticias guerrilleras José Pubén en las revistas del Centro Colombo Americano, y que como José Luis, resultó un día también primo de Gabriel García Marquez, cuando todos evitaban mencionarlo en las tertulias de la Librería Gran Colombia, donde mataban las tarde de tedio y de pobreza.

Fue gracias a Julián que conocí las canciones de Dylan y las novelas de Kerouac y Miller, que promovía en la librería alemana, al tiempo que la saqueaba con la pelirroja, que había diseñado una bolsa de canjuro con la cual, arropada con el inmenso abrigo negro de invierno londinense, al salir exhibía una enorme tripa de preñada donde llevaba ejemplares de los Trópicos impresos en México por Diana y la edición de En el camino de Losada traducido por Hernani con cubierta de Baldessari, que vendían en los cafetines del centro por la módica suma de cinco pesos. Creo que fueron cientos las copias que cedieron sin que el señor Buchholz dijera esta boca es mía. Era ese el momento de la gloria perpetua de Nicolás Suescún, cuando el viejo contrabandista de piezas de artillería para aviones, partidario de Hitler y avezado en lavado de tesoros de los condenados a los campos de concentración, hizo de todas las suyas, y Nico, entre inmensos tabacos de Santa Martas Golden, mientras flotaba por la séptima pensando en los huevos del gallo, dejaba en brazos de Enriquito a su divina lagarta santandereana, más hembro que ninguna, el mejor polvo con gatillo de todos los tiempos, que decía Gabito había conocido el horrendo hermano del presidente farcsiano, prendido en esos años de una crítica de teatro que le llevaba más de quince años pero era adicta a la fellatio senex.

Las Noches de Valeria, como las llamaba el negro Augusto Díaz, eran tan memorables que Fredy Tellez las siguió recordando en los desiertos tratados de su vida en Leipzig, cuando entre la sed de sexo y la pobreza de la Alemania de Ulbricht las resonaba en voz alta ante los ojos atónitos de Pacho Gato y su amante Dolores, la mamerta Jaramillo, y el jefe del partido en Berlín oriental, voz de El Mundo al Vuelo y la presentaciones del dictador, Alvaro Leal Gamboa,  quien por cierto regresó a Colombia justo un año antes de la caída del muro gracias al esquirol Marco Palacios que lo hizo director de la nueva emisora de la Universidad Nacional.

El hemiciclo de esas madrugadas era el inmenso salón de estar de la desvencijada casona de tres plantas que ocupaba la británica. Un par de básculas de madera y un enorme cama tresillo era todo el moblaje, aparte de un trillado tapete que había abandonado el antiguo propietario. El sofá sangre de toro con manchas de diversas formaciones florales estaba en frente de la chimenea eduardiana, de hierro fundido con una marquesina de azulejos, a la prudente distancia de casi tres metros, lo que permitía departir sintiendo el vaho tibio del fuego sin molestarse. El entorno delataba el gusto de los primeros dueños con unas superficies que asemejaban la plata pulida, las antiguas maderas, el nácar, los cristales, las sedas y el oro, dando al salón un cálido sentido entre los cuatro altos ventanales que daban a la calle. El papel de las paredes exponía antigüedades sirias con consolas de maderas en colores mármol y madreperla, los espejos ovales, las alfombras persas y una repetida coffe table de varios matices.

Allí participé en la liturgia predilecta de los aficionados a los libros de Miller. Una sesión de amor en grupo, siete machos gustando de una tierna hembra que les complacía sin pausa ni término. Asistidos apenas por luz de la chimenea, un grupo que había pasado las primeras horas celebrando la lectura de poemas que había hecho Darío Samper en la Casa de la Amistad Colombo Soviético, recaló  esa noche en aquel salón, guiados por una divina aspirante a actriz estudiante de letras de los Andes que los fines de semana se disimulaba de lustrabotas y con un mono carmín y una caja de madera atendía los asiduos chic que descendían del norte aterrizando en El Cisne, donde habían salido esa noche. Diaz Granados había presentado al rojo de Piedra y cielo cuya fama de dipsómano siempre le precedía, en especial entre el gremio de bujarrones, que como nube de moscas le seguía a todas partes. José Luis le hizo declamar otra vez el poema de Arias:

En un ángulo turbio miro desde mi mesa

a un pálido chiquillo que sonríe y me mira

y a través de las gotas rubias de la cerveza

mi lujuria conspira.

Tiene catorce años y en sus hondas pupilas

cercadas por paréntesis lívidos de violeta,

ojeras prematuras del vicio, ojeras lilas

de onanista o asceta.

¿Quién eres tú?, le dije,

rozando sus cabellos ondulantes de eslavo.

Se llama Roby Nelson, flor del barrio,

que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,

este chico vicioso de cabellos de eslavo

vende cocaína y amor.

Es hijo de la noche y huésped del suburbio,

hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,

desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio

que un arroyo se llevó.

 Y en un rapto etílico, mientras levantaba hasta su orificio la botella de Dimple, con ojos incontinentes mirando a la entrepierna de Julian le gritaba escúpeme en la boca, escúpeme en la cara, eyacula en mi alma.

Antonia Limpiabotas era una preciosura de estatura mediana, con el cuerpo macizo y bien hecho, de unos ojos azules tachonados de ámbar, pelo bruno y una tez limpia y fresca, de un rosado casi vino, unas téticas tiernas y las nalgas divinas levantadas de gloria. Hasta allí había llegado cuando el grupo le pedía que hiciera un desnudo a la luz de la estufa. Y quitándose las braguitas de algodón pudimos ver el rosado del fuelle, mientras se iba ofreciendo a Enrique Gomez, el más bello del grupo, mulato de ojos claros que había hipnotizado la verborrea de Estanislao Zuleta en los cafetines de la Santiago, cuando como un angel caído oficiaba para los Rodriguez Orejuela, y el flaco de Palmira, hijo de un borracho, aspiraba desde entonces a algún puesto público donde no pasara más hambres ni afugias. Tendría no más de quince años y estaba tan bien dotado y sabía ya tanto que en menos de lo que canta un gallo se despojó de todo y pudimos ver su energúmeno y la mata que rodeaba sus huevos y los vellos del culo. Fue el primero en montarla y fue tan grande el deleite que Antonia gemía bajo el yugo de Enrique y el resto de los machos rodeaba el tresillo como si asistieran a una misa de cinco. Luego vinieron otros hasta que Francisco, un subalterno de Dina Moscovici, ya entrado en la treintena intentó darse gusto y Antonia, después de varios intentos, le rechazó diciendo que así era imposible, que se hiciera capar el albornoz, y que el olor que emanaba no podía soportarlo. Solo otra vez he visto cosa igual en mi vida. Fue en los años de Metrallo, cuando desde una ventana vi en Sabaneta como una poetisa entrada ya en años se despachó en la noche veinte vates drogados hasta la coronilla que después instaló en una antología.

Cuando volví a encontrarme con Julián en New York y le contara que la librería del alemán había desaparecido y que los restos de la revista Eco los habían vendido por kilos a un destazador de libros colombianos, me dijo que durante los dos años que había trabajado allá mantuvo escondidos en una bombonera de madera en el sótano sus cuatro cucarrones faraónicos hasta que el señor Buchholz se los compró tras comprobar que eran verdaderos y provenían del Museo Metropolitano donde Velasquez de Cuellar los había sustraído.  Ni Augusto Diaz, ni Téllez le creímos que esos coleópteros que mostraba en cajitas de fósforos El Diablo eran tan antiguos ni valían tanto. Julian insistía en sus verdades traduciendo versos de Ezra Pound del El libro de los muertos donde aparecen numerosas veces en papiros con forma de joyas que sustituyen el corazon de los faraones, o entre sus vendas, o en amuletos de la buena suerte.  Pero lo más fascinante que contaba o inventaba Julian era que la manera de sobrevivir y aparearse el escarabajo había inspirado a los primeros sacerdotes egipcios la momificación de los cadáveres. Porque los cucarrones antes de salir el sol recogen, atraídos por el hedor, pelotas de excrementos de ganado que ruedan hacia sus túneles guiados por el brillo de la Vía Láctea creando al final de ellos cámaras nupciales donde tras aparearse la hembra pone los huevos y las larvas se alimentan del detrito. Entonces las crisálidas emergen de las bolas y se convierten en adultos.  Los sacerdotes creían que la cabeza del bicho era Osiris, el sol naciente, y la bala de excremento que empuja es el dios que avanza hacia el fin del dia para ser enterrado en una tumba. Pero el sol resucita al amanecer y las larvas, semejantes a una momia, vuelven a la vida en sus cámaras funerarias convertidas en Horus, el hijo de Osiris. Los suyos eran, dijo mostrándome unas viejas instantáneas, una Anthaxis hungarica o Carcoma metálica de franjas metálicas azules y doradas en el tórax y el abdomen de un verde oro con bandas rosa brillantes; una Chalcophora mariana como si fuese plata mezclada con oro; un Hoplia coerulea o escarabajo azul, con un añil metálico marino en la parte superior del carapacho y un Buprestis sanguínea de tono negro azulado con franjas amarillas en las alas. Le dije que no le creía nada de eso, que eran puras invenciones para asombrarme con sus erudiciones sobre coleópteros, que todo eso lo sacaba de las novelas de Lezama, que era un pantallero y entonces poniéndose muy serio y muy majo me dijo que iba a irse de la lengua con un tapado que nadie sabía y menos yo sobre el señor Buchholz.

Flatiron-Building_Detroit-Publishing_Flatiron1903_
The Flatiron

Según el chisme la Marlborough, que desde los años de López Michelsen promovía pintores nacionales con inusitado éxito, no solo era una lavandería de los narcos, sino que se había hecho célebre expoliando la obra pictórica de miles de judíos perseguidos por los nazis por considerar que esas obras eran decadentes. Eso le habría relatado un mafioso que quiso ser pintor y adoraba el arte de Balthus,  a quien imitaba desde los días de la Universidad Nacional cuando jugaba al izquierdismo con Bernardo Correa y Zuleta los comunistas que más le atraían por su compleja vida sexual, en especial este último, que durante un tiempo había vivido por igual con la sobrina manca de Hernando Santos y el poeta Eduardo Gómez, quien según Diaz Granados iba los sábados a las puertas de las penitenciarías preguntando por los recién liberados siempre y cuando hubiesen estado condenamos a más de veinte años y fueran peludos. Bernardo Fernández había comprado, con copias falsas de periódicos y revistas que certificaban sus éxitos como artista plástico, la décima quinta planta del edificio Fuller, uno de los rascacielos Beaux Arts con perfil de cuña más antiguos del bajo Manhattan, entre Broadway y la Quinta Avenida, justo a la altura del 175, donde mutiló a varios de sus enemigos porque creía que la mejor venganza era la separación de miembros ya que la muerte era un premio y una venganza incompleta. Los dieciocho ventanales carecían de cortinas y pero podían ser cubiertos con Roller Shades de lino y cada uno tenía un telescopio para espiar el vecindario y calmar la paranoia del dueño que veía enemigos por todas partes. Todo el enorme loft de 750 metros cuadrados era ocupada por este monstro que vivía solo a pesar del tamaño de su pandilla, que reunía en los restaurantes de Little Colombia en Jackson Heights donde rotaba las bolsas colmadas de coca durante los festines a los que no asistían mujeres pero eran amenizadas por El Charrito Negro o El Caballero Gaucho. El hermano de Julian, que antes de convertirse en tallador de resinas era ebanista, le había construido una suntuosa cocina en madera y hierro con una suerte de barra de bar donde se comía y se bebía y al fondo del piso un serrallo con una enorme cama que podía empotrar en la pared, rodeada por cinco perezosas Morris Chair y un tresillo de cuero de piel de cebra que le había vendido un mercader etíope apodado Kagaja, que decía era falso, donde intentaba joder mujeres improbables, porque de tanta perversidad el único deleite que sentía era cuando lo calaban las travestis y creía que las pollas de esos pobres campesinos que iban y venían con los cargamentos de droga eran clítoris de hembras fabulosas mientras el mafio asesino repetía con saliva con saliva y les colocaba unas pelucas traídas de Hong Kong, de pelo natural, lacias y morenas, olorosas a orín de chivo, lo que más le arrechaba.

FI-FLATIRON TOUR_13
La proa del piso de Bernardo Fernández

Debido al desprecio que el Führer tenía por el arte moderno, quizás a causa de sus fracasos como acuarelista en su juventud y porque encontraba decadentes las vanguardias europeas a menudo bolcheviques, comunistas y cosmopolitas, ordenó a Goebbels purgar el “arte degenerado” de las principales colecciones y museos. Unas veinte mil obras fueron almacenadas o destruidas y cientos vendidas a precios irrisorios luego del éxito de la exposición de 650 cuadros y esculturas del dadaísmo, expresionismo, cubismo, surrealismo y abstraccionismo en Múnich, en julio de 1937, bajo la enseña Entartete Kunst, que anticipó las persecuciones, expulsiones, encarcelamiento y asesinatos de muchos artistas e intelectuales. Un año después, el 8 de agosto de 1938, Karl Buchholz de 36 años, nacido en Gotinga, escribía al ministro de propaganda preguntando cuando iba a poner en venta aquellas obras pues tenía clientes en el extranjero que podían comprarlas y él y sus socios en New York podrían ganar entre un 5 a 25 por ciento de comisión con el compromiso de mantener esos dineros todos en una cuenta secreta. Eran pinturas de, entre muchos otros, Pablo Picasso, Henry Matisse, Marc Chagall, Paul Klee y Max Beckmann. Era lo que ahora se dice “un robo masivo y asesino”, como la revista que reveló que 1500 de ellas dadas por perdidas habían aparecido arrumadas y maltratadas en el apartamento del hijo de un tal Hildebrand Gürlitt uno de los socios, junto con Curt Valentin de Hamburgo, de Buchholz.

-flatiron-building-black 2015.jpg

Antes de dedicarse a vender obras robadas, Karl Buchholz era un joven librero berlinés que organizaba exposiciones de expresionistas como Beckmann o Kokoschka, en la Leipziger Strasse 119-120. Fue la búsqueda de mercados para las miles de expropiadas, que abría librerías donde las soslayaba pero se podía leer y manosear la mercancía impresa, mientras él se dedicaba a lavar dinero y a importar toda clase de vituallas de la parafernalia para los ejércitos de América Latina. En el único país que no pudo permanecer fue España porque el primo de Francisco Franco, su secretario Pacón, nunca quiso a Don Carlitos, como se hacía llamar en los países de lengua española. Abrió librerías de fachada  en New York [1937] con su socio y coetáneo Curt Valentin, otra en Bucarest [1938], otra en la Avenida da Libertade en Lisboa [1943] donde incluso iba Oliveira Salazar, una más en Paseo de Recoletos 3 de Madrid, pero no encontrando apoyo oficial en Brasil ni Argentina decidió quedarse en Bogotá en 1950 protegido por un excéntrico reaccionario a quien haría conocer en Alemania, Nicolás Gomez Dávila, amigo personal del presidente Laureano Gomez, a quienes hizo creer que su exilio era resultado de las persecuciones de la Cuarta Internacional Comunista. En Bogotá construyó, al norte, una casa campestre donde puso treinta mil libros y unos cuantos objetos de arte, con una sala de estar para recibir a sus adeptos Alvaro Mutis, un timador profesional que trabaja para la Esso, admirador como Dávila del Jacob Burckhardt de los aristocratismo y acérrimo enemigo de la democracia; los dipsómanos Jorge Rojas y Arturo Camacho Ramírez, cuñado este de otro camelista de alarde Alvaro Castaño Castillo marido de la reina de la tele Gloria Valencia; Mario Latorre Rueda, teórico del Movimiento de Renovación Liberal que llevó a Alfonso Lopez Michelsen al poder e inventor de la receta gobierno-oposición durante el alzhéimer de Virgilio que terminó en una constituyente a favor de los narcos; el padre Guillermo Hoyos, que solo hablaba español para pedir salchichas con mostaza, el charlatán que más daño hizo a los estudios de filosofía repartiendo marxismo de sotana o los figurones Ramón de Zubiria, Bernardo Hoyos y Fernando Martinez Sanabria, el inolvidable Chulí de las sonadas fiestas de La Macarena donde se vieron los primeros desnudos de varones de nuestro tiempo, etc.,etc., y Fernando Botero, el invento más perdurable de Gloria Zea y Buchholz con quien resolvía de los constantes problemas con las aduanas y alcabalas del mundo. Y de la tacañería, porque de eso se trataba, una especialidad que compartían con suma lealtad. Fue Hoyos, un locutor que había aprendido en Londres a hablar con acento británico, prosodia que convertía cada marrulla en verdad de a puño, cosa que ejercía sin rubor, quien le hizo saber a Karl que todo el mundo le robaba libros en sus siete pisos, tantos, que uno de los ladrones había decidido devolverlos y al reunirlos tuvo que contratar una zorra de mano, recibiendo como respuesta que eso no le importaba porque aquí los libros no pagaban impuestos y nadie le había preguntado nunca como importaba y siempre vendía de contado.

Bernardo Fernández c. 1983

Bernardo Fernández c. 1998

El pintor más vendido por Buchholz fue Botero, y es allí donde vuelve a la memoria el dueño del piso en el Flateron donde luego de los años Velasquez de Cuellar dice habérsele aparecido Gómez Cruz contándole como lo había asesinado en uno de esos apartamentos de invasión donde terminó sus días.

aEnrique entró a Estados Unidos por Atlanta con un cargamento de coca de Guacarí de José y Miguel Toro a quienes había conocido en una manifestación en la Buga de los sesentas contra el asesinato de un escolar cuando un grupo de bomberos había asaltado el Colegio Académico que estaba en huelga. Había aterrizado en la Memorial Drive de Belvedere Park en un C-123 Fatlady que usó el General William Westmoreland en Vietnam, con una tonelada de la que sabemos y ayudó a llevarla hasta Queens a un apartamento donde la tuvieron por el año durante el cual él la cuidaba de noche y de día se iba a vender bisutería falsificada en los bajos del Empire State Building de la Quinta Avenida, aretes de hoja de lata que pintaba de dorado a los que ponía un sello de joyería auténtico de 14 quilates. Hasta el día que decidió abandonar sus vínculos con los viejos amigos de Atlanta porque se enamoró de una divina chica que limpiaba al amanecer las dependencias de la Malborouth y le llevó a vivir a uno de los Railroad Aparments del 424 de la 9th St en el East Village. La chica había vivido en Italia donde había estudiado algo de arte en Florencia pero había aprendido con otros paisanos el arte de robar en grandes tiendas y luego de limpiar los pisos de las más famosa de las galerías de New York iba de obtienes y tomaba lo más caro que podía como que un día le regaló a Enrique una chaqueta Valentino de cuero blanco con cremalleras doradas de tres mil dólares. Sin que sepamos cómo, Dalila, que así se hacía llamar la chica, le prestaba servicios eróticos a varios de los clientes de la galería, que había conocido no solo allí sino en El retiro de Platón un club de sexo en el sótano del Hotel Astonia que detestaba a los homosexuales pero promovía el lesbianismo. Para de los setentas la galería había pasado a los herederos de Curt Valetin pero el verdadero dueño seguía siendo Buchholtz asi se llamara Marlborough-Gerson Gallery, jugando un enorme papel en negociados de arte con fines de lavado de dinero para el narcotráfico con obras de Oskar Kokoschka, Henry Moore, Francis Bacon, Victor Pasmore y Lucian Freud, tanto, que fueron abriendo sucursales en Tokio, Madrid, Chile, Florida, Mónaco y Barcelona. El año que conoció a Dalila se hizo la muestra de La corrida de Botero, cuando según contaban la galería obtuvo descomunales ingresos en cash-flow, tantos como para que la pareja sirviera de Courier mail trasladando cientos de cajas de zapatos repletas de dólares a un sótano de Astoria de donde salían de nuevo hacia Atlanta y los viejos amigos regresaban a Colombia. Pero de la noche a la mañana, sin que supieran porque ni como, el director de la galería les envió al infierno del invierno, pagando el pato Enrique que echado por Dalila terminó ocupando un piso abandonado en la Avenida C.

Habían vivido un año inigualable en placeres, dicha y bajezas. Cada fin de semana visitaban el enorme loft del mafio Fernandez que tenía de invitados a buen número de travestis, entre ellas una que vestida de Marilyn Monroe y en altas horas, usando un ventilador de mano que alguien sostenía, repetía la escena de The Seven Year Itch, el filme de Billy Wilder donde la rubia se posa sobre una rejilla de los respiraderos del metro de la 51 con Lexintong y el vestido blanco con pliegues se eleva dejando al descubierto sus deliciosas piernas. Cuantas noches habían vivido exhaustos de placer, ella feliz de la vida con esa enorme tranca de cíclope de Enrique adentro o en las permutas aquellas, cuando Bernardo se hacía discernir manualmente con un dildo negro con ventosa de una de las travestis, y ella separaba la bragueta a Velasquez de Cuella y poniéndose el instrumento en la boca le ordenaba a Enrique que la desentrañara con fanatismo por el ano, todo mientras Sinatra repetía And now, as tears subside, I find it all so amusing, el verso de Paul Anka y Enrique sacándosela eyaculaba setenta segundos sobre la lomo de ella, con ese semen caliente de los veranos húmedos, de olor a ámbar que producen las gónadas de los drogados. Cuando la luz abría sus ojos todos estaban fumando en grandes pipas chinas que habían comprado esa tarde en el barrio luego de atragantarse de ravioles cantoneses, más gustosos y pulcros que los que estaban a esa hora preparando en Beijing.

marilyn_monroe_vestido_blanco

A punta de tacos de dinamita había Enrique expulsado del viejo edificio de la Avenida C a los vendedores de crack. Era un Redstone de seis plantas ocupado apenas por dos colonos, uno en el tercero y Enrique en el sexto con las paredes en el suelo, los pisos sin parqué, dos sillas y una inmensa mesa rectangular de hierro forjado que habían dejado hacia siglos unos suecos vendedores de salmón crudo.  Su valor radicaba en la vista que sobre el bajo Manhattan ofrecía el piso, porque podían verse las Gemelas, parte del Brooklyn Bridge y hacia el oeste el rio y al norte las torres de Con Edison, Metropolitan Life, Empire State y el Chrysler Building. Allí pasó el último año de su vida cocinando sancochos colombianos, jugando al ajedrez, comprando, pesando, cortando, empacando y distribuyendo en pequeñas cantidades perica en los bares de las avenidas A, B y C, hundiéndose cada día en el pavoroso vicio que tanto le gustaba al flaco que le había vuelto trotskista en Colombia y ahora ocupaba altos cargos oficiales y se había casado con una puta de postín que se había follado a medio partido comunista mientras él se hundía en New York en el fango más terrible del mundo.

Según Julián hace unos tres años, una noche cualquiera, se despertó a las tres y media de la mañana sintiendo una presencia en la habitación, el peso de algo en la cama y ciertamente allí estaba Enrique Gómez Cruz viéndole dormir y cuando le dijo que si estaba muerto qué hacia allí, con una sonrisa burlona y el brillo de sus ojos achinados replicó que había venido a contarle la historia de cómo Dalila lo había asesinado, como lo había desaparecido y que le hiciera una foto y todo el mundo supiera y en especial yo, como había que contar su historia.

Una tarde, mientras fumaba crack, apareció Dalila en su destartalado piso con un supuesto hermano de ella que él no conocía y luego de varios pases el chico se puso a cuestionarle y acusarle de la mala situación que pasaba su hermana, a lo cual Enrique respondía que nada de eso, que no tenía ninguna deuda en lo que ahora sucedía, que ellos habían vivido una historia y ahora todo era distinto. El supuesto hermano se abalanzó sobre Enrique y trató de golpearlo en la cara y Enrique tomando un taburete se lo descargó varias veces en la cabeza y atónita, Dalila echó mano de un inmenso cuchillo de carnicería y golpe tras golpe apuñaló a Enrique en la nuca, en la espalda, las piernas, los brazos, el estómago y el cuello hasta que cayó sangrando convertido en un cadáver que apenas despedía un tufo pestilente.  Al ver que la sangre había salpicado las paredes, las ventanas, el techo y corría por el suelo empujando la basura, Dalila trancó la puerta con un manojo de toallas viejas y en un barreño fue exprimiendo la sangre y vaciándola en el sumidero del retrete. Luego puso el cadáver en la mesa, separó con una tijera la ropa del cuerpo, le cortó el inmenso pene convertido en recuerdo y poniendo dos inmensas ollas de sancocho de pescado y tres telas fue destazando los brazos, el pecho, las nalgas, las piernas y cocinando a fuego vivo las piezas, durante dos semanas produjo cientos de bocadillos que repartía entre los hambrientos de Thomkins Square Park y aserró los huesos del cuerpo y la cabeza con una oxidada segueta de plomero, los puso en una bolsita de seda y los colgó en la parte más alta de uno de los tilos La Plaza Cultural donde Enrique encendía en las mañanas su pipa de bazuco.

Le tomé entonces la foto, me dijo Velasquez de Cuellar. Y muerto de la risa dijo dile a Alvarado que no se olvide que yo llegué a Atlanta con el Negro Locoló, mi amigo de primaria que fue uno de los duros de Queens y terminó en Sing Sing convertido en la sirvienta de los Crips Vatos Locos que le hacían vestir de mucama francesa con delantal y cofia, y con Erik el Grana, el único pelirrojo del M que sobrevivió al Karina pero apareció en la puerta del consulado de la cuarenta y seis con un tiro en la nuca y una carta en la mano.

Al otro día, repostó Julián, revisé mi móvil y nada había allí, los muertos como los fantasmas no salen en las fotos.

bernardo fernandez con caballo.jpeg

Bernardo Fernández con su caballo Emilio c. 1975

Anuncios

One response to “Living in Downtown Manhattan

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s