Carlos Gaviría: el magistrado que inundó de coca a Colombia

Recientes narrativas, surgidas de los aparatos, creados por el gobierno Santos para justificar los pactos de impunidad con la delincuencia de las FARC, sostienen que la noción ideológica que mejor define la generación que sucedió en la dirigencia a Manuel Marulanda y Jacobo Arenas es la Social Bacanería. “Unos hombres, según los cronistas, cuyo mayor legado para la humanidad fue transformar el secuestro en una actividad industrial, convertir cilindros de gas en armas de destrucción masiva y sembrar el campo colombiano de minas quiebra-pata”. Y agrega, el sociólogo, que no habrían existido sin la connivencia de vastos sectores de la clase dirigente, el establecimiento cultural y los ricos capitalinos -(digamos Adolfo Carvajal, Alberto Casas, Alfredo Carvajal, Álvaro Tirado, Carlos José Reyes, Emilio Urrea, Enrique Santos, Gloria Pachón, Gloria Zea, Guillermo Hoyos, Héctor Abad, Laura Restrepo, Margarita Vidal, Nicanor Restrepo, Nohemí Sanín o Rodrigo Lloreda)- que peregrinaron desde los años ochenta al complejo habitacional de Casa Verde para departir con los viejos terroristas y que aparecen en cientos de fotos comiendo, bebiendo y bailando con Timochenko, Pastor Alape, Joaquin Gómez, Iván Marquez, Pablo Catatumbo, Mauricio Jaramillo, Raul Reyes, el Mono Jojoy o Ivan Rios; bajando y subiendo de los helicópteros del gobierno repletos de champaña y chocolates suizos, mientras las FARC multiplicaban sus frentes, intensificaban los secuestros o sembraban el país de minas.

Gracias a las numerosas entrevistas que las periodistas hicieron, sabemos que son agnósticos, amigos del aborto, del matrimonio igualitario, así hayan perseguido sin piedad a cuanto marica apareció en sus filas, son celosos partidarios de la dosis mínima de drogas para el desarrollo de la personalidad; saben de memoria las canciones de Carlos Puebla y Silvio Rodriguez y sin duda, los himnos cristiano-apocalípticos de Gonzalo Arango. “Son aquellos, asegura otro investigador, que no tuvieron pantalones para empuñar un fusil e irse al monte y se quedaron con nosotros disparando su artillería dialéctica. Son los admiradores de Mafalda que por no despabilarse para cambiar el mundo, el mundo terminó cambiándolos a ellos y como buenos rebeldes de coctel, entre un wiski de malta y otro, denigran de lo que hieda, a ellos, de derechas, todo lo que signifique preservar el orden y la disciplina”. 

Lo que no han detallado los laboriosos guardianes de la memoria, es que el concepto Social Bacanería fue resultado de las etílicas tertulias que se realizaron en un chiribitil de la Carrera 13 A con Calle 23, al filo de los meses posteriores al fraude que hizo presidente al Doctor Pastrana Borrero, de propiedad de Cesar Villegas, Juan Gaviria y Gustavo Bustamante, tres pimpollos que habían migrado de los arrabales de Medellin, hacia los sectores lumpen proletarios bogotanos para oír canciones revolucionarias cubanas, chilenas y bailar charanga. Allí hicieron de la salsa, un goce pagano, los futuros periodistas de la revista Alternativa, pero los socios más activos fueron Carlos Pizarro, Alvaro Fayad, Lucho Otero o Vera Grave los mejores danzarines que tuvo el M-19. Y que una buena noche Enrique Santos Calderon, Alfonso Cano y el comandante Jaime Bateman, que trataba de convencer a Cano de abandonar las FARC, brindaron por el futuro de la Social Bacanería, que contrariando las tesis del comunismo, sí los llevaría al poder usando todas las formas de lucha contra el estado. Cosa que, ciertamente, ha sucedido durante los ocho años del gobierno de Juan Manuel. El Narcotráfico estaba dando al traste con las viejas doctrinas de la toma del poder por la izquierda armada, que acabaría por pervertir a las FARC de Marulanda y Arenas, y el Nadaísmo había borrado, con la vulgaridad, la idiotez y el rutilante apoyo de la prensa liberal y conservadora, toda la generación de Mito. Si Gabriel Garcia Marquez no hubiese terminado exiliado en México jamás habría sido premio Nobel y hoy estaría sentado en el Senado al lado de Pablo Catatumbo, alias Jorge Victoria Torres,  conspicuo secuestrador de poetas, más feroz que Calígula y más despreciable que Nerón.

El gobierno de Juan Manuel Santos fue posible por la traición al partido que lo llevó al poder, la perfidia de los cabecillas de las FARC que entregaron al mentiroso la cabeza de Alfonso Cano, y la tarea silenciosa, de un soberbio ejemplar de la presunción, que desde un triste pueblo antioqueño fue mudando de ideología como fue innovando de trajes y tintes de pelo hasta llegar a la Corte Constitucional y hacer de Colombia un mar de toxicómanos con el cuento de que enviciarse es un derecho de la especie.

Colombia es el primer productor de cocaína del mundo con 210.000 hectáreas cultivadas según un informe reciente del gobierno norteamericano y el cuatro del mundo en consumo de drogas. Los informes dicen que el 20% de estudiantes de 11 y 12 años bebe alcohol, un 43% de 13 y 15, y 58% entre los 16 a 18. Se estima que 3.000.000, tres millones de personas consumen diariamente drogas ilícitas. La marihuana es la sustancia de mayor consumo, seguida por la cocaína, el bazuco y el éxtasis. Del total, el 87% consume marihuana y un 75% cripa, la mejor de las yerbas.

La Ley 30 de 1986, declarada exequible por sentencia de la Corte Constitucional con ponencia de Carlos Gaviria Diaz, “porque se refería al libre desarrollo de la personalidad”, estableció la dosis personal como una excepción al delito del porte de drogas. Desde entonces la Corte Suprema de Justicia ha considerado que el acarreo de estupefacientes superior a la dosis mínima, o de aprovisionamiento, no es delito.

Carlos Gaviria Diaz (1937-2015) deambuló de un liberalismo trasmitido hasta una fingida militancia en un partido de oposición donde fue candidato a la presidencia, pero fue un ácrata de una inabarcable egolatría, indigno de Lady Tremaine, la madrastra de la Cenicienta, que preguntaba cada mañana al espejo quien era el hombre más parecido a Sócrates que había nacido en Sopetrán, porque, según sus ficciones, descendía de los 260 blancos pelicanos que perduraban a finales del siglo XVI de la explotación de 510 indios, 750 mulatos y 190 negros esclavos. Estuvo treinta años en la Universidad de Antioquia: “algunos de sus alumnos, dijo el ex rector Luis Fernando Duque,  me han comentado de la soberbia y de la vanidad intelectual que tenía el doctor Gaviria, por fortuna no tuve yo que soportarlo como profesor” –donde ocupó alguna decanatura muy cuestionada, pero cuya principal faena fue crear comités de huelga y de derechos humanos durante la hegemonía de Pablo Escobar y los hermanos Castaño, hasta saltar a la Corte Constitucional por ocho años y de allí al Senado, por otros cuatro, hasta oponerse a la segunda presidencia de Alvaro Uribe Velez, obteniendo una pírrica votación frente a los casi ocho millones del ganador, a quien había traicionado como amigo y benefactor. Y no faltó quien dijera que era gay y su pensión de jubilación la más alta de la historia en Colombia.

A Gaviria Diaz debe también la patria la exegesis que los crímenes de lesa humanidad cometidos por las guerrillas son “delitos políticos” que no merecen “punición extrema” porque deben ser asimilados como “actos cometidos en combate por rebeldes” que actúan por “motivos altruistas” y pueden ser “penalizadas benévolamente” mediante amnistía o indultos o penas alternativas, como quedó consagrado en el pacto Santos-Timochenko y la Jurisdicción Especial para la Paz, bendecidos desde su salvamento de voto C-456 de 1997. Ideas que también expuso por la televisión el 28 de octubre de 2007 en un debate con el entonces Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo, sustentando que sus ideas sobre el delito político tenían hondas raíces liberales porque “el delincuente político ni siquiera es delincuente, es un hombre equivocado que en el uso de las armas perdió y si hubiera ganado no sería delincuente sino gobernante”. Terminando con esta perla, digna de Maximilien de Robespierre: “Una cosa es matar para enriquecerse y otra cosa es matar para que la gente viva mejor”.

La doctrina que impuso Gaviria Diaz es la que ahora ejerce la Corte Suprema de Justicia: hacer la revolución de la Social Bacanería desde el Poder Judicial, porque las FARC, luego de años infructuosos de lucha armada fueron convencidos por los ideólogos de la doctrina, digamos los hermanos Enrique y Juan Manuel, que es posible a través de la acción judicial y el uso de la mermelada, avasallar, como casi lo han logrado, la Fiscalía, la Corte Constitucional, la Sala Penal de la Corte, la Procuraduría y vastos sectores del poder legislativo, sin necesidad de hacer elecciones y debates electorales. Gaviria Diaz es el ejemplo más insigne de un altanero ególatra al servicio de la subversión a fin de alcanzar las supremas cúspides de la vanidad. Carlos Gaviria apenas podrá ser eclipsado por Gustavo Francisco Petro Urrego, de Ciénaga de Oro.