18 de agosto de 1936

Cuando el 18 de julio de 1936 Francisco Franco se sublevó contra la II República Española, hacía apenas 35 días que Federico García Lorca había cumplido 38 años. Hijo de un hacendado y una maestra que le enseñó a tocar el piano desde niño, en Granada hizo estudios con jesuitas e intentó estudiar derecho en la universidad, pero abandonó la academia para dedicarse en exclusivo a la literatura, la pintura y la música.  En 1919 se mudó a Madrid donde hizo amistad con Dalí, Buñuel y Alberti. Durante este tiempo, con la publicación de Poema del cante jondo o Romancero gitano se convirtió en una suerte de juglar leyendo en voz alta sus poemas y obras de teatro. Poemas que, combinando la magia milenaria de los romances con brillantes y novedosas imágenes, “retratan” la vida y el talante de campesinos y gitanos: jinetes solitarios, mujeres frustra­das, madres adustas y guardias civiles acosados por senti­mientos eróticos, de muerte, aventura y represión.

En el arte del pueblo encontró García Lorca una respuesta a la desolación de la vida moderna: andaluces y gitanos vivían al margen de la sociedad conservando sus danzas y canciones, en una perpetua querella contra los representantes del orden. Seres cuya pendencia es la conquista de la libertad sensual y erótica en una sociedad que la niega agresivamente. Los sentidos invaden los versos con la áspera luz de naipe del mediodía, los machos, con una violencia sexual de navajas como peces hienden la rosa azul de los vientres femeninos, la naturaleza y los elementos poseen sentimientos y deseos tan irresistibles como los de aquellos. Los gitanos están orgullosos de pertenecer a una tradición que se expresa tanto en la danza, los amores, los vicios, como en el viento, la luna y las máscaras de fiesta donde hasta los santos menean las caderas y la luna ostenta nardos.

A pesar de su prestigio y popularidad, luego de una crisis emocional García Lorca decidió viajar a Cuba y Estados Unidos (1929-1930) en busca de alivio y nuevas fuentes de inspiración. El viaje produjo una obra maestra: Poeta en Nueva York, el libro de nuestra lengua que hace pendant con las obras de Eliot, Pound, Celan, Auden, Thomas y O’Hara sobre el horror y la muerte en vida de las sociedades meca­nizadas.

García Lorca, poeta popular de origen rural, se encuentra, «de la noche a la mañana» frente a una ciudad y una sociedad hecha de acero y finanzas que se hunde en el gran derrumbe del capitalismo. Mientras la casta imperial de los Vanderbilt. los Morgan, los Rockefeller hacía de las suyas en el mundo entero, millones de inmigrantes italianos, judíos, irlandeses y negros del sur de los Estados Unidos habían llegado a New York para dar testimonio de la deshumani­zación del mundo por el dinero y el fracaso de la democracia celebrada por Walt Whitman:

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,

que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,

que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,

que ya vendrán lianas después de los fusiles

y muy pronto, muy pronto, muy pronto.

¡Ay. Wall Street!

New York, símbolo infernal de la vida del siglo XX, máquina destructora de la conciencia, devoradora del ser, partera de la soledad y soledad ella misma, emperatriz del mundo que separa al hombre «debajo de las multiplicaciones, debajo de las divisiones», donde nadie parece ser y donde un día todo estará al revés:

¡Qué esfuerzo!

¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!

¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!

¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!

¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!…

         ***

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y tas hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de

las vacas

 García Lorca encontró, adivinando, en los negros no solo ciertas afinidades con las del pueblo andaluz, sino la esencia misma de lo que sería la sociedad norteamericana. «Con su tristeza -dijo a Pablo Suero en Buenos Aires en 1933– se han hecho el eje espiritual de aquella América… Fuera del arte negro no queda en los Estados Unidos más que mecánica y automatismo».

Estos poemas, su desenfada homosexualidad, su amor postrero fue un joven actor a quien doblaba en edad, y la firma del Manifiesto a favor del Frente Popular, que ganó las elecciones del 36, fueron los pábulos que atizaron la mano de los asesinos. Como se sabe, tan pronto se conoció el levantamiento de Franco contra la República, García Lorca decidió abandonar Madrid. Granada cayó el 18 de Julio y cientos de simpatizantes del gobierno legítimo fueron asesinados por los nacionales. Al constatar que las detenciones no se suspendían Federico se refugió en casa de la familia Rosales, uno de cuyos miembros era un jefe de la Falange granadina. Allí pasó un mes, hasta el 16 de Agosto, cuando una banda comandada por un tipógrafo y ferviente católico llamado Ramón Ruiz Alonso y su compadre Juan Trescastro, acusando a García Lorca de espía al servicio de Moscú, le arrestaron y le llevaron a la sede del gobierno, donde José Valdés, desoyendo las suplicas de Manuel de Falla y de los Rosales, consultó el asunto con el también homófono Gonzalo Queipo del Llano, quien respondió que al poeta le dieran “mucho café, mucho café”.

Esa misma madrugada, José Dióscoro Galindo, un maestro de escuela cojo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, dos banderilleros anarquistas y García Lorca, fueron llevados por el camino de Alfacar y ante un viejo olivar de la acequia que los mozárabes llamaban Aynadamar, “fuente de las lágrimas”, les fusilaron. Antes de morir, Ruiz Alonso justificó el crimen diciendo que el poeta “era rojo y maricón”.

Federico García Lorca ha sido uno de los poetas más y peor leídos de nuestra lengua. Quizás deba su gloria también a su muerte absurda. Pero, contrario a tantos otros poetas militantes igual­mente prestigiosos, nunca perteneció a partido alguno, ni asumió principios políticos e ideológicos de los cuales desde­cirse una vez pasado el triunfalismo de atroces dictaduras. Como Esenin, Maiakovski y Vallejo, fue uno de los verdaderos espíritus libres del siglo XX.

guardias civiles W. Eugene Smith

 

 

 

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Él diseñó la Paz de FARC-Santos

Tito Livio Caldas, un historiador romano que fundó en Bogotá la editorial jurídica más grande del mundo luego de haber militado en las filas del partido comunista, ha recordado en el diario de Luis Carlos Sarmiento Angulo que controla Enrique Santos Calderon sin poner un centavo porque todo es plata nuestra, que la historia de las FARC se fragmenta en tres momentos. Cuando era un movimiento de resistencia liberal contra la jodarria de Ospina, Gómez, Urdaneta y Rojas Pinilla, entre 1950-1964, comandada por Tirofijo [1930-2008] un aldeano partidario a la entrepierna de las jovencitas, amante del escocés, la buena vida y que moriría en su catre sin haber leído una línea de marxismo, cosa que si practicó entre [1964- 1990] y en enorme suma, Jacobo Arenas [1924-1990], un mamerto de raca manduca que conocía bien por dentro el Palacio de San Carlos pues había sido guardia presidencial, luego oficinista y diputado lopista del MRL hasta que la codicia lo desterró a Marquetalia donde emponzoñó de estalinismo a todo el que pudo, convenciendo a Tirofijo que era posible tomarse el poder usando los métodos de Ernesto Guevara y los hermanos Castro, cosa que casi logra con la colaboración de los gobiernos oligárquicos del Frente Nacional, cuya descomunal corrupción hizo que miles de colombianos creyeran era el único camino de acabar con ella.

Hasta que aparecieron los mercantes de coca y marihuana, se murieron el campesino y el mamerto y la enorme banda quedó en manos del social bacano Alfonso Cano [1924-2011], que con los ingresos del secuestro, la extorsión, el abigeato, el gramaje y los laboratorios y la exportación, entre [1990-2002] casi llega al poder durante el gobierno más matrero que ha tenido Colombia con Samper Pizano, electo, para su desgracia, con la plata de los enemigos de Pablo Escobar y de Rodriguez Gacha.

A Cano lo ha sucedido, el más tierno poeta de todos los delincuentes poetas, el ridículo héroe del Festival de Ancón en Medallo, Timoleón Timochenko, tan lírico y tan vago, que ha terminado entendiéndose perfectamente, en proyectos, perfidia, insolencia, impudicia y aspirinas con Enriquito Setentaños Santos, el otrora divertidísimo y generosito director de Alternativa y Lecturas Dominicales, que piensa vislumbrar, al borde del panteón, una Colombia idéntica a Venezuela. Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.

Porque si en algo NO se parece Timochenko a Escobar es en inteligencia y cojones, si en marrullería y remedo, porque el libreto que ha seguido lo confeccionó Pablo para su derrota que creyó sería gloria, y será la misma que muerda en el polvo el FARCsiano, porque la historia ni la naturaleza perdonan el crimen. Desde el fondo de los tiempos, en medio de los inmensos agujeros negros del mundo, una voz repite incansable que el que a hierro mata a hierro muere.

Pablo Escobar creyó posible, en el siglo que vivió el fin del comunismo, aplicar la tesis que usaron ciertos facinerosos históricos, que se levantaban en armas para amparar los pobres y los desatendidos. Allí radica la cuestión que distingue el accionar del Tirofijo modelo Marquetalia, un héroe que pasa a la leyenda atormentado, pero no los Tirofijo modelo setenta, el Morantes modelo ochenta, el Cano modelo noventa y el Timoleón modelo Enrique Santos, mercancías del tráfico internacional de estupefacientes, como sucedió en un cruce de caminos con la Guerra de los Mil Días y las  enormes ventas de café, el alcaloide más poderoso de los albores del siglo XX.

Thomas Fisher en De la Guerra de los Mil Días a la pérdida de Panamá, y Charles Bergquits en Coffe and Conflict in Colombia sostienen que los revolucionarios liberales acordaron cambiar el rumbo de la historia usando las millonarias sumas en dólares y esterlinas que por ventas de café habían obtenido en los últimos cuarenta años del XIX, excluidos del poder y la burocracia por Nuñez y Caro, e intentaron derrocar al corrupto y venal Manuel Antonio Sanclemente. Libreto que, a la inversa, aplican ahora los hermanos Santos, para efectuar la derrota del republicanismo y la nacionalidad que simbolizan Juan Daza y Gaspar Rodas, los antepasados de Uribe y Uribe.

FARC Y COCA 2013

La FARCsantosPAZ se ha ido consiguiendo, como Pablo, haciendo tantas y horrendas diabluras, tan costosas, que la gente termine aceptando lo que están pidiendo los asesinos. Para narrar el procedimiento, hagamos un corte en la historia, digamos la toma de Tranquilandia por el coronel Ramirez y la fuga de Escobar de La Catedral.

El 10 de marzo de 1984 cuando los helicópteros de la Dijin iban a aterrizar en el complejo cocalero, fueron recibidos por ráfagas de la metralla de guerrilleros de las FARC que lo cuidaban. Ante el embate de las fuerzas del orden los partisanos huyeron. La redada había sido ordenada a pesar de que un día antes varios mafiosos saludaron al hermano del jefe de la Dijin con la oferta de tres millones de dólares para atajar el operativo. Tranquilandia era el más grande laboratorio de coca del mundo, con catorce laboratorios, descubrimiento que sirvió para vincular definitivamente a las FARC con el negocio de la droga y desde entonces es una narcoguerrilla. La venganza de Pablo fue asesinar, dos semanas después a Edgardo Gonzalez, un asesor del ministro Lara Bonilla, a quien dio muerte el último día de abril. Ante la arremetida de Belisario Betancur, los capos, encabezados por Pablo se refugiaron en Panamá bajo el ala de Manuel Antonio Noriega, que les cobró cuatro millones de dólares. Entonces Pablo y uno de los Ochoa se reunieron con el pulquérrimo Doctor Lopez Michelsen, a quien la admiración de Enriquito ha dedicado un volumen, en el Hotel Marriot el 4 de mayo a fin de llevar un mensaje de paz a BB que no les paro bolas, pero para julio ya estaban todos, otra vez en Colombia. Acusados por Manuel Castro del asesinato de Lara, a la fecha ya les habían decomisado aparte de los miles de kilos de Tranquilandia, otras setenta y tres toneladas métricas, ciento cuarenta y cuatro aviones y destruido ochenta y cuatro cocinas. Escobar y Rodriguez Gacha entonces redoblaron la producción de coca y de nuevo sus cuidadores fueron las FARC, que el 12 de octubre atacaron la policía que iba a allanar un laboratorio en el Caquetá, donde Pablo cultivaba 500 hectáreas y una columna de 100 guerrilleros cuidaba.  A comienzos de 1985 Carlos Lehder, socio de Pablo, se declaró miembro del M19 desde Tabatinga y Escobar entró en conversaciones con Alvaro Fayad que había propuesto la toma del Palacio de Justicia para hacer un juicio político a BB, acción que decidió en julio, dándoles dos millones de dólares, armas, municiones y explosivos que llegaron a la hacienda Napoles por avión. La toma y la retoma del palacio fueron, como antecedente a la Guerra del Golfo, trasmitidas por TV. Los únicos perjudicados fueron BB y en M19. Con la llegada de Virgilio Barco al gobierno Pablo organizó una milicia de abogados para que cabildearan contra la extradición, fuera sobornando o amenazando o asesinando al director de la Dijin coronel Jaime Ramirez, al periodista Luis Roberto Camacho, y cuando la corte anuló el 13 de diciembre el tratado de extradición de 1979 y Barco con leguleyadas lo reviviera, la respuesta de fue matar a Don Guillermo Cano, volviendo el terror a instalarse en toda la república, con la búsqueda de 128 traficantes 56 de los cuales estaban pedidos en extradición. En 1989 la guerra fue total. Carro bomba para Maza Marquez, jefe del Das, asesinato de Antonio Roldan, gobernador de Antioquia, renuncia por cobardía de Mónica de Greiff cuyo padre el Fiscal de Greiff se dice trabajaba para los Rodriguez Orejuela, asesinato del juez Carlos Valencia, del director de la policía Valdemar Franklin Quintero y de Luis Carlos Galán, ordenando el gobierno de Barco con su ministro Gaviria la confiscación de 200 casas y haciendas de los traficantes, 100 aviones y helicópteros, 30 yates y 600 armas. Barco envió entonces 20 narcos a los Estados Unidos. La respuesta fue salvaje. En noviembre los sicarios asesinaron a 30 policías del Bloque de Búsqueda y volaron un avión con más de cien pasajeros donde debía ir Cesar Gaviria, y otra bomba detonó frente al Das matando 63 personas e hiriendo a 600. Numerosas bombas detonaron en hoteles y oficinas en Bogotá y Medellin. Y aun cuando la ayuda del Cartel de Cali sirviera para dar muerte a Rodriguez Gacha y los norteamericanos capturaran a Manuel Antonio Noriega, Pablo iba camino del triunfo, promoviendo una Constituyente donde se le eximiera de la extradición, cosa que logró con la ayuda de un grupo de notables encabezada por Lopez Michelsen y Turbay Ayala y el secuestro de un hijo y la hermana del secretario de la presidencia German Montoya y el homicidio de más de mil policías por quienes pagaba 4000 dólares cabeza y Diana Turbay y Enrique Low Mutra. El 4 de julio de 1991 Pablo Escobar había liquidado la Constitución de 1886, causante de la Guerra de los Mil Días y la guerra contra el narco. Y había elegido con casi un millón de votos a 19 miembros del M19, sus socios en la debacle del Palacio de Justicia y había logrado consagrar con 51 votos a favor, 13 en contra, entre ellos uno de Maria Mercedes Carranza, y 5 abstenciones, el nuevo artículo 35 que prohibía la extradición. Había triunfado. Esa misma tarde comenzó a construir su propia prisión con la anuencia de todo el mundo.

El recuento no es para menos. Lo que acaba de pactar Santos con las FARC es idéntico. No pagarán cárcel, no entregarán dinero, no serán extraditados y harán con nosotros lo que les dé la gana. Según cifras del Ejército Nacional, los ingresos de las Farc por narcotráfico pasaron de 890.000 millones de pesos en 2010 a 1.7 billones de pesos el año pasado. Las autoridades calculan que bajo el control de las Farc habría 47.785  hectáreas de hoja de coca, lo que les convertiría en el mayor propietario de plantas de coca del mundo. De los millonarios ingresos, los jefes de los bloques que hoy están en La Habana, reciben un porcentaje que según el Ejército llega a los 27.500 millones de pesos al año. Los bloques con mayor número de cultivos ilícitos son el Occidental, al mando de alias ‘Pacho Chino’, que tiene bajo su control 15.079 hectáreas. Le sigue el bloque Sur al mando de alias ‘Fabián Ramírez’ con 10.370 hectáreas.  En la misma lista se encuentran el bloque Oriental, bajo la dirección de alias ‘El Médico’, con 8.426 hectáreas, el bloque Noroccidental al mando de alias ‘Isaías Trujillo’ con 6.977 hectáreas  y el bloque Magdalena Medio, cuyo comandante es alias ‘Pastor Alape’ con .6384 hectáreas.

Las FARC incluso en boca del obeso y cobarde ministro de defensa controlan el 60 por ciento del narcotráfico mundial que Juan Manuel Santos considera, según Antonio Caballero en un artículo de Semana, un delito conexo a la rebelión. Una rebelión cuyo sinónimo es el triunfo del crimen.

CIRAS DE LAS FARC

The FARC-Santos Merry Chrismas

Como una momia apenas preparada, con la badana macilenta, empolvada y los párpados obscurecidos por la vigilia de la muerte; con la cavidad bucal vacía que deja ver el carcamal del maxilar inferior descosido como un surco de rocas después de un sismo, Juan Manuel Santos, afectado por la metástasis,  apareció la otra noche desde el fondo de la insania para anunciar que la entrega de cincuenta millones de seres humanos a las garras y fauces de ciento cincuenta supermillonarios asesinos, está cerca, en un momento que el peso se hunde en la mayor devaluación de su historia tras del rublo y el bolívar y las exportaciones caen tan vertiginosamente como la bolsa.

Horror de horrores, el buey y el asno del pesebre dejaron de calentar el aturdido cuerpo del niño, y los pastores, los ángeles y querubines que venían a celebrar el nacimiento del Mesías huyeron confundidos con el anuncio que una inquisición, fundada por los criminales, empezará a ordenar las capturas de los acusados, a quienes suspenderán la lengua y la inconformidad en representación de estos monstruos, nacidos de la derrota de sus maestros, los Carteles de Cali, Medellin y el Norte del Valle.

Porque de eso se trata. De borrar, con un antojadizo odio de clase y familia todo el esfuerzo que un titán, bisnieto de Juan Daza y Gaspar Rodas, disidente de la aristocracia lanuda, entregó a un cicatero, empujado a la ignominia por otro, que sumido en las incertidumbres de la vejez, los alcaloides y la lubricidad, desea ver sus pares de clase padecer las angustias y desgracias de Venezuela y Cuba. Y que ha dilapidado más de DOS BILLONES de pesos del fisco untando de mermelada, directa o indirectamente, a los periodistas y opinadores de Caracol, El Tiempo, El Espectador y Semana a favor de la “paz”, obteniendo un pírrico apoyo para sí mismo del 34% y para su confirmación en el falso plebiscito de un 13.

Según Human Rights Watch [HRW] el acuerdo del 15 de diciembre entre los apátridas negociadores del gobierno y las FARC [representada por asesinos como alias Carlos Antonio Lozada (1960), Gentil Duarte, Iván Marquez (1955), Jesus Santrich (1967), Joaquín Gómez (1947), Leonel Paz, Lucas Carvajal, Marcos Calarcá (1957), Matías Aldecoa, Pablo Catatumbo (1953), Pastor Alape (1959), Rodrigo Granda (1950) y Victoria Sandino],  prevé la creación de una “Jurisdicción Especial para la Paz”, con un tribunal que “aplicará” un régimen de sanciones que NO reflejan los estándares aceptados sobre el castigo adecuado frente a abusos graves y hacen que sea prácticamente imposible que Colombia cumpla con sus obligaciones vinculantes conforme al derecho internacional de asegurar justicia por delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra, porque la práctica y los estatutos de los tribunales penales internacionales muestran que este principio exige penas de prisión—privativas de la libertad— para delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra.

La banada negociadora de las FArc black

El acuerdo estipula que los responsables que confiesen atrocidades quedarán no solo eximidos de prisión o cárcel, sino también de cualquier “medida de aseguramiento equivalente”. En cambio, quedarán sujetos a “sanciones” que tendrán una “función restaurativa y reparadora”—en lugar de punitiva— y que consistirán en llevar a cabo “proyectos” para asistir a las víctimas del conflicto. Las únicas “restricciones de libertades y derechos” que enfrentarán los responsables que hayan confesado sus crímenes serán las “necesarias para [la] ejecución” de estas sanciones restaurativas y reparadoras. Los asesinos y secuestradores que hayan confesado deberán residir en los lugares donde serán ejecutadas las sanciones, y permite la posibilidad de realizar desplazamientos “que no sean compatibles con el cumplimiento de la sanción”, de cinco a ocho años e incluso más breve, solo  si han tenido una “participación determinante” en las “conductas más graves y representativas”. Sin embargo, el acuerdo no especifica ninguna consecuencia para quienes, habiendo confesado delitos incumplan las sanciones, lo cual deja abierta la posibilidad de que puedan continuar gozando de los beneficios de la jurisdicción especial incluso si no respetan las condiciones impuestas por el Tribunal. También el acuerdo indica de manera categórica que quienes reconozcan sus crímenes NO quedarán sujetos a ningún tipo de restricciones a sus derechos políticos, incluido el derecho a participar en política, cuando en cualquier cabeza con cinco sentidos ningún asesino y narcotraficante que cumpla una pena por un crimen de guerra, de lesa humanidad o una grave violación de derechos humanos puede postularse para un cargo público ni desempeñarlo. Y para colmo de los colmos el acuerdo no indica quién y cómo van a elegir los jueces del Tribunal Especial para la Paz y sólo estipula que las FARC y el gobierno establecerán mecanismos y criterios de selección “de mutuo acuerdo y antes de la firma del acuerdo final”. Falta de garantías muy grave considerando la gravedad de los delitos sobre los cuales tiene competencia y las obligaciones de justicia frente a las víctimas.

Porque como piensa y comenta en privado Pater Sergio Jaramillo Caro, [“Su trabajo se centró en la denuncia de los falsos positivos dentro del Ejército, promoviendo que la Fiscalía asumiera las investigaciones por homicidios y que se excluyera a la justicia militar, y fue clave en la posterior expulsión de 27 altos oficiales del Ejército”] –el decano y más astuto refractario que han tenido las fuerzas armadas dentro del Ministerio de la Defensa, bichozno de José Eusebio y chozno de Miguel Antonio–, con el proceso de paz “no sólo vamos a favorecer a unos ciento cincuenta insurgentes sino que más de veinte mil obedientes de la policía y el ejército tendrán que acusar a la línea de mando”. Sin contar lo que las FARC llama estructuras para militares, y otros, narco paramilitares, que dicen estar en 24 departamentos con unos 5000 integrantes, los Doppelgänger de los reales 8000 guerrilleros activos y armados de las FARC.

Una de las grandes falacias históricas que han servido de caldo de cultivo de las concesiones del gobierno de Santos a las FARC es la narrativa de que el Estado y sus representantes son los autores del exterminio del partido político armado de las FARC llamado UP. Como lo ha expuesto con lujo de detalles Fabio Castillo en Los jinetes de la cocaína, y Stephen Dudley en Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in Colombia, ese exterminio tuvo como origen el incumplimiento por parte de las FARC de los acuerdos que para operar en las regiones controladas por la guerrilla había hecho Gonzalo Rodriguez Gacha, quien les pagaba hasta un 15% sobre el valor de la coca y en diciembre de 1983 miembros del Frente 1 Armando Rios, con mil hombres al mando del Negro Acacio saquearon uno de los laboratorios del Vaupés y se llevaron medio millón de dólares en coca y quince rifles; luego atacaron Tranquilandia y secuestraron dieciséis personas que liberaron a cambio de seiscientos kilos de coca, veinticinco millones de pesos y grandes cantidades de éter y acetona, desencadenando un guerra cuyo blanco fue la Union Patriótica. Para fines de 1986 El Mexicano había asesinado a unos trescientos de ellos, tanto como para que Alvaro Salazar del directorio de la UP se reuniera con Rodriguez Gacha a fin de parar la masacre. El Mexicano se sostuvo en que las FARC no hacían otra cosa que robarlo, que le había quitado tres cocinas avaluadas en tres millones de dólares, que le robaban la coca, le retenían los empleados y le robaban la plata. Salazar le dijo entonces a Jacobo Arenas que lo único que pedía El Mexicano era que lo dejaran trabajar, y este le respondió que no negociaba con bandidos y con narcos, a lo cual Alfonso Cano, que estaba presente, le advirtió a Morantes que había que pactar porque si no Rodriguez Gacha le aliaba con el ejército y la policía y los jodía. Así fue como en el Magdalena Medio El Mexicano y sus aliados mataron más de 2800 integrantes de la UP. Algo iba de Morantes a Cano, abismo que ya no existe porque en las FARC de la mesa de La Habana todos son como El Mexicano: narcos puros.

¿De donde habrá sacado Enrique Santos Calderón la peregrina idea de que cincuenta millones de colombianos deben someterse a la voluntad de ciento cincuenta asesinos multimillonarios? La única manera de explicarlo es que la vejez y las supersticiones le han llevado a concluir que, habiendo muerto su padre a los ochenta y cuatro y su madre a los cincuenta seis, el promedio de vida que le ofrece el futuro son apenas los setenta que acaba de cumplir, y debe, por tanto apresurar la copa del odio contra Colombia y hundirla en el caos y el horror de nos deparará un gobierno de los facciosos de las FARC. A Juan Manuel las cábalas le dan seis años más, pero a Enriquito sólo le ofrecen la incertidumbre.

¿Por qué, como admitir, y perdonar, a unos asesinos como Pablo Catatumbo, que ha secuestrado miles de ancianos en jaulas de hierro y zulos inmundos, o al médico de los ochocientos abortos y los cuerpos de sus víctimas usadas en clases de anatomía en los campamentos farcsianos, o a esa niña de 16, Valentina, que estando embarazada y no aceptando malograr, negoce a caminar largos trechos y hacer duras tareas, y supo, un día de noviembre, que por no estar en la lista de tareas del campamento le iban a dar muerte?

Tenéis que estar muy locos, Juan Manuel, Enriquito, para hacer lo que hacéis y pedir que perdonemos a esa tracamanada de monstros.

Living in Downtown Manhattan

Que el destino no hace acuerdos lo demuestran mis encuentros con Julian Velasquez de Cuellar, un infrecuente que conocí el último año de bachillerato cuando él trabajaba como dependiente en la librería Buchholz. Caucano, había vivido buena parte de su puericia en New York apoyado por uno de sus hermanos que aprendía escultura y aun cuando soportaba desde pequeño una parálisis de sus piernas causada por la polio, recibía fondos de la municipalidad para seguir viviendo. Le encontré en una de esas fiestas de entonces, en la casa victoriana de Teusaquillo que ocupaba Valeria Guarnizo, una pelirroja que enseñaba inglés en la Nacional y era amante de Miguelito Torres. Guarnizo, que estuvo casada con un nacional que había conocido en Venecia y había vivido con él en Ortega, un lejano municipio  del Caquetá, influida por el hipismo tenía en esa mansión una suerte de comuna donde se realizaban toda clase de tenidas eróticas y etílicas, ideadas a menudo por José Luis Diaz Granados, un mitómano que se decía pariente de otro camelista profesional de la literatura, Pepe Stevenson, consumado cotilla de chismes del celuloide que obtenía, como lo hacía con las noticias guerrilleras José Pubén en las revistas del Centro Colombo Americano, y que como José Luis, resultó un día también primo de Gabriel García Marquez, cuando todos evitaban mencionarlo en las tertulias de la Librería Gran Colombia, donde mataban las tarde de tedio y de pobreza.

Fue gracias a Julián que conocí las canciones de Dylan y las novelas de Kerouac y Miller, que promovía en la librería alemana, al tiempo que la saqueaba con la pelirroja, que había diseñado una bolsa de canjuro con la cual, arropada con el inmenso abrigo negro de invierno londinense, al salir exhibía una enorme tripa de preñada donde llevaba ejemplares de los Trópicos impresos en México por Diana y la edición de En el camino de Losada traducido por Hernani con cubierta de Baldessari, que vendían en los cafetines del centro por la módica suma de cinco pesos. Creo que fueron cientos las copias que cedieron sin que el señor Buchholz dijera esta boca es mía. Era ese el momento de la gloria perpetua de Nicolás Suescún, cuando el viejo contrabandista de piezas de artillería para aviones, partidario de Hitler y avezado en lavado de tesoros de los condenados a los campos de concentración, hizo de todas las suyas, y Nico, entre inmensos tabacos de Santa Martas Golden, mientras flotaba por la séptima pensando en los huevos del gallo, dejaba en brazos de Enriquito a su divina lagarta santandereana, más hembro que ninguna, el mejor polvo con gatillo de todos los tiempos, que decía Gabito había conocido el horrendo hermano del presidente farcsiano, prendido en esos años de una crítica de teatro que le llevaba más de quince años pero era adicta a la fellatio senex.

Las Noches de Valeria, como las llamaba el negro Augusto Díaz, eran tan memorables que Fredy Tellez las siguió recordando en los desiertos tratados de su vida en Leipzig, cuando entre la sed de sexo y la pobreza de la Alemania de Ulbricht las resonaba en voz alta ante los ojos atónitos de Pacho Gato y su amante Dolores, la mamerta Jaramillo, y el jefe del partido en Berlín oriental, voz de El Mundo al Vuelo y la presentaciones del dictador, Alvaro Leal Gamboa,  quien por cierto regresó a Colombia justo un año antes de la caída del muro gracias al esquirol Marco Palacios que lo hizo director de la nueva emisora de la Universidad Nacional.

El hemiciclo de esas madrugadas era el inmenso salón de estar de la desvencijada casona de tres plantas que ocupaba la británica. Un par de básculas de madera y un enorme cama tresillo era todo el moblaje, aparte de un trillado tapete que había abandonado el antiguo propietario. El sofá sangre de toro con manchas de diversas formaciones florales estaba en frente de la chimenea eduardiana, de hierro fundido con una marquesina de azulejos, a la prudente distancia de casi tres metros, lo que permitía departir sintiendo el vaho tibio del fuego sin molestarse. El entorno delataba el gusto de los primeros dueños con unas superficies que asemejaban la plata pulida, las antiguas maderas, el nácar, los cristales, las sedas y el oro, dando al salón un cálido sentido entre los cuatro altos ventanales que daban a la calle. El papel de las paredes exponía antigüedades sirias con consolas de maderas en colores mármol y madreperla, los espejos ovales, las alfombras persas y una repetida coffe table de varios matices.

Allí participé en la liturgia predilecta de los aficionados a los libros de Miller. Una sesión de amor en grupo, siete machos gustando de una tierna hembra que les complacía sin pausa ni término. Asistidos apenas por luz de la chimenea, un grupo que había pasado las primeras horas celebrando la lectura de poemas que había hecho Darío Samper en la Casa de la Amistad Colombo Soviético, recaló  esa noche en aquel salón, guiados por una divina aspirante a actriz estudiante de letras de los Andes que los fines de semana se disimulaba de lustrabotas y con un mono carmín y una caja de madera atendía los asiduos chic que descendían del norte aterrizando en El Cisne, donde habían salido esa noche. Diaz Granados había presentado al rojo de Piedra y cielo cuya fama de dipsómano siempre le precedía, en especial entre el gremio de bujarrones, que como nube de moscas le seguía a todas partes. José Luis le hizo declamar otra vez el poema de Arias:

En un ángulo turbio miro desde mi mesa

a un pálido chiquillo que sonríe y me mira

y a través de las gotas rubias de la cerveza

mi lujuria conspira.

Tiene catorce años y en sus hondas pupilas

cercadas por paréntesis lívidos de violeta,

ojeras prematuras del vicio, ojeras lilas

de onanista o asceta.

¿Quién eres tú?, le dije,

rozando sus cabellos ondulantes de eslavo.

Se llama Roby Nelson, flor del barrio,

que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,

este chico vicioso de cabellos de eslavo

vende cocaína y amor.

Es hijo de la noche y huésped del suburbio,

hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,

desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio

que un arroyo se llevó.

 Y en un rapto etílico, mientras levantaba hasta su orificio la botella de Dimple, con ojos incontinentes mirando a la entrepierna de Julian le gritaba escúpeme en la boca, escúpeme en la cara, eyacula en mi alma.

Antonia Limpiabotas era una preciosura de estatura mediana, con el cuerpo macizo y bien hecho, de unos ojos azules tachonados de ámbar, pelo bruno y una tez limpia y fresca, de un rosado casi vino, unas téticas tiernas y las nalgas divinas levantadas de gloria. Hasta allí había llegado cuando el grupo le pedía que hiciera un desnudo a la luz de la estufa. Y quitándose las braguitas de algodón pudimos ver el rosado del fuelle, mientras se iba ofreciendo a Enrique Gomez, el más bello del grupo, mulato de ojos claros que había hipnotizado la verborrea de Estanislao Zuleta en los cafetines de la Santiago, cuando como un angel caído oficiaba para los Rodriguez Orejuela, y el flaco de Palmira, hijo de un borracho, aspiraba desde entonces a algún puesto público donde no pasara más hambres ni afugias. Tendría no más de quince años y estaba tan bien dotado y sabía ya tanto que en menos de lo que canta un gallo se despojó de todo y pudimos ver su energúmeno y la mata que rodeaba sus huevos y los vellos del culo. Fue el primero en montarla y fue tan grande el deleite que Antonia gemía bajo el yugo de Enrique y el resto de los machos rodeaba el tresillo como si asistieran a una misa de cinco. Luego vinieron otros hasta que Francisco, un subalterno de Dina Moscovici, ya entrado en la treintena intentó darse gusto y Antonia, después de varios intentos, le rechazó diciendo que así era imposible, que se hiciera capar el albornoz, y que el olor que emanaba no podía soportarlo. Solo otra vez he visto cosa igual en mi vida. Fue en los años de Metrallo, cuando desde una ventana vi en Sabaneta como una poetisa entrada ya en años se despachó en la noche veinte vates drogados hasta la coronilla que después instaló en una antología.

Cuando volví a encontrarme con Julián en New York y le contara que la librería del alemán había desaparecido y que los restos de la revista Eco los habían vendido por kilos a un destazador de libros colombianos, me dijo que durante los dos años que había trabajado allá mantuvo escondidos en una bombonera de madera en el sótano sus cuatro cucarrones faraónicos hasta que el señor Buchholz se los compró tras comprobar que eran verdaderos y provenían del Museo Metropolitano donde Velasquez de Cuellar los había sustraído.  Ni Augusto Diaz, ni Téllez le creímos que esos coleópteros que mostraba en cajitas de fósforos El Diablo eran tan antiguos ni valían tanto. Julian insistía en sus verdades traduciendo versos de Ezra Pound del El libro de los muertos donde aparecen numerosas veces en papiros con forma de joyas que sustituyen el corazon de los faraones, o entre sus vendas, o en amuletos de la buena suerte.  Pero lo más fascinante que contaba o inventaba Julian era que la manera de sobrevivir y aparearse el escarabajo había inspirado a los primeros sacerdotes egipcios la momificación de los cadáveres. Porque los cucarrones antes de salir el sol recogen, atraídos por el hedor, pelotas de excrementos de ganado que ruedan hacia sus túneles guiados por el brillo de la Vía Láctea creando al final de ellos cámaras nupciales donde tras aparearse la hembra pone los huevos y las larvas se alimentan del detrito. Entonces las crisálidas emergen de las bolas y se convierten en adultos.  Los sacerdotes creían que la cabeza del bicho era Osiris, el sol naciente, y la bala de excremento que empuja es el dios que avanza hacia el fin del dia para ser enterrado en una tumba. Pero el sol resucita al amanecer y las larvas, semejantes a una momia, vuelven a la vida en sus cámaras funerarias convertidas en Horus, el hijo de Osiris. Los suyos eran, dijo mostrándome unas viejas instantáneas, una Anthaxis hungarica o Carcoma metálica de franjas metálicas azules y doradas en el tórax y el abdomen de un verde oro con bandas rosa brillantes; una Chalcophora mariana como si fuese plata mezclada con oro; un Hoplia coerulea o escarabajo azul, con un añil metálico marino en la parte superior del carapacho y un Buprestis sanguínea de tono negro azulado con franjas amarillas en las alas. Le dije que no le creía nada de eso, que eran puras invenciones para asombrarme con sus erudiciones sobre coleópteros, que todo eso lo sacaba de las novelas de Lezama, que era un pantallero y entonces poniéndose muy serio y muy majo me dijo que iba a irse de la lengua con un tapado que nadie sabía y menos yo sobre el señor Buchholz.

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The Flatiron

Según el chisme la Marlborough, que desde los años de López Michelsen promovía pintores nacionales con inusitado éxito, no solo era una lavandería de los narcos, sino que se había hecho célebre expoliando la obra pictórica de miles de judíos perseguidos por los nazis por considerar que esas obras eran decadentes. Eso le habría relatado un mafioso que quiso ser pintor y adoraba el arte de Balthus,  a quien imitaba desde los días de la Universidad Nacional cuando jugaba al izquierdismo con Bernardo Correa y Zuleta los comunistas que más le atraían por su compleja vida sexual, en especial este último, que durante un tiempo había vivido por igual con la sobrina manca de Hernando Santos y el poeta Eduardo Gómez, quien según Diaz Granados iba los sábados a las puertas de las penitenciarías preguntando por los recién liberados siempre y cuando hubiesen estado condenamos a más de veinte años y fueran peludos. Bernardo Fernández había comprado, con copias falsas de periódicos y revistas que certificaban sus éxitos como artista plástico, la décima quinta planta del edificio Fuller, uno de los rascacielos Beaux Arts con perfil de cuña más antiguos del bajo Manhattan, entre Broadway y la Quinta Avenida, justo a la altura del 175, donde mutiló a varios de sus enemigos porque creía que la mejor venganza era la separación de miembros ya que la muerte era un premio y una venganza incompleta. Los dieciocho ventanales carecían de cortinas y pero podían ser cubiertos con Roller Shades de lino y cada uno tenía un telescopio para espiar el vecindario y calmar la paranoia del dueño que veía enemigos por todas partes. Todo el enorme loft de 750 metros cuadrados era ocupada por este monstro que vivía solo a pesar del tamaño de su pandilla, que reunía en los restaurantes de Little Colombia en Jackson Heights donde rotaba las bolsas colmadas de coca durante los festines a los que no asistían mujeres pero eran amenizadas por El Charrito Negro o El Caballero Gaucho. El hermano de Julian, que antes de convertirse en tallador de resinas era ebanista, le había construido una suntuosa cocina en madera y hierro con una suerte de barra de bar donde se comía y se bebía y al fondo del piso un serrallo con una enorme cama que podía empotrar en la pared, rodeada por cinco perezosas Morris Chair y un tresillo de cuero de piel de cebra que le había vendido un mercader etíope apodado Kagaja, que decía era falso, donde intentaba joder mujeres improbables, porque de tanta perversidad el único deleite que sentía era cuando lo calaban las travestis y creía que las pollas de esos pobres campesinos que iban y venían con los cargamentos de droga eran clítoris de hembras fabulosas mientras el mafio asesino repetía con saliva con saliva y les colocaba unas pelucas traídas de Hong Kong, de pelo natural, lacias y morenas, olorosas a orín de chivo, lo que más le arrechaba.

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La proa del piso de Bernardo Fernández

Debido al desprecio que el Führer tenía por el arte moderno, quizás a causa de sus fracasos como acuarelista en su juventud y porque encontraba decadentes las vanguardias europeas a menudo bolcheviques, comunistas y cosmopolitas, ordenó a Goebbels purgar el “arte degenerado” de las principales colecciones y museos. Unas veinte mil obras fueron almacenadas o destruidas y cientos vendidas a precios irrisorios luego del éxito de la exposición de 650 cuadros y esculturas del dadaísmo, expresionismo, cubismo, surrealismo y abstraccionismo en Múnich, en julio de 1937, bajo la enseña Entartete Kunst, que anticipó las persecuciones, expulsiones, encarcelamiento y asesinatos de muchos artistas e intelectuales. Un año después, el 8 de agosto de 1938, Karl Buchholz de 36 años, nacido en Gotinga, escribía al ministro de propaganda preguntando cuando iba a poner en venta aquellas obras pues tenía clientes en el extranjero que podían comprarlas y él y sus socios en New York podrían ganar entre un 5 a 25 por ciento de comisión con el compromiso de mantener esos dineros todos en una cuenta secreta. Eran pinturas de, entre muchos otros, Pablo Picasso, Henry Matisse, Marc Chagall, Paul Klee y Max Beckmann. Era lo que ahora se dice “un robo masivo y asesino”, como la revista que reveló que 1500 de ellas dadas por perdidas habían aparecido arrumadas y maltratadas en el apartamento del hijo de un tal Hildebrand Gürlitt uno de los socios, junto con Curt Valentin de Hamburgo, de Buchholz.

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Antes de dedicarse a vender obras robadas, Karl Buchholz era un joven librero berlinés que organizaba exposiciones de expresionistas como Beckmann o Kokoschka, en la Leipziger Strasse 119-120. Fue la búsqueda de mercados para las miles de expropiadas, que abría librerías donde las soslayaba pero se podía leer y manosear la mercancía impresa, mientras él se dedicaba a lavar dinero y a importar toda clase de vituallas de la parafernalia para los ejércitos de América Latina. En el único país que no pudo permanecer fue España porque el primo de Francisco Franco, su secretario Pacón, nunca quiso a Don Carlitos, como se hacía llamar en los países de lengua española. Abrió librerías de fachada  en New York [1937] con su socio y coetáneo Curt Valentin, otra en Bucarest [1938], otra en la Avenida da Libertade en Lisboa [1943] donde incluso iba Oliveira Salazar, una más en Paseo de Recoletos 3 de Madrid, pero no encontrando apoyo oficial en Brasil ni Argentina decidió quedarse en Bogotá en 1950 protegido por un excéntrico reaccionario a quien haría conocer en Alemania, Nicolás Gomez Dávila, amigo personal del presidente Laureano Gomez, a quienes hizo creer que su exilio era resultado de las persecuciones de la Cuarta Internacional Comunista. En Bogotá construyó, al norte, una casa campestre donde puso treinta mil libros y unos cuantos objetos de arte, con una sala de estar para recibir a sus adeptos Alvaro Mutis, un timador profesional que trabaja para la Esso, admirador como Dávila del Jacob Burckhardt de los aristocratismo y acérrimo enemigo de la democracia; los dipsómanos Jorge Rojas y Arturo Camacho Ramírez, cuñado este de otro camelista de alarde Alvaro Castaño Castillo marido de la reina de la tele Gloria Valencia; Mario Latorre Rueda, teórico del Movimiento de Renovación Liberal que llevó a Alfonso Lopez Michelsen al poder e inventor de la receta gobierno-oposición durante el alzhéimer de Virgilio que terminó en una constituyente a favor de los narcos; el padre Guillermo Hoyos, que solo hablaba español para pedir salchichas con mostaza, el charlatán que más daño hizo a los estudios de filosofía repartiendo marxismo de sotana o los figurones Ramón de Zubiria, Bernardo Hoyos y Fernando Martinez Sanabria, el inolvidable Chulí de las sonadas fiestas de La Macarena donde se vieron los primeros desnudos de varones de nuestro tiempo, etc.,etc., y Fernando Botero, el invento más perdurable de Gloria Zea y Buchholz con quien resolvía de los constantes problemas con las aduanas y alcabalas del mundo. Y de la tacañería, porque de eso se trataba, una especialidad que compartían con suma lealtad. Fue Hoyos, un locutor que había aprendido en Londres a hablar con acento británico, prosodia que convertía cada marrulla en verdad de a puño, cosa que ejercía sin rubor, quien le hizo saber a Karl que todo el mundo le robaba libros en sus siete pisos, tantos, que uno de los ladrones había decidido devolverlos y al reunirlos tuvo que contratar una zorra de mano, recibiendo como respuesta que eso no le importaba porque aquí los libros no pagaban impuestos y nadie le había preguntado nunca como importaba y siempre vendía de contado.

Bernardo Fernández c. 1983

Bernardo Fernández c. 1998

El pintor más vendido por Buchholz fue Botero, y es allí donde vuelve a la memoria el dueño del piso en el Flateron donde luego de los años Velasquez de Cuellar dice habérsele aparecido Gómez Cruz contándole como lo había asesinado en uno de esos apartamentos de invasión donde terminó sus días.

aEnrique entró a Estados Unidos por Atlanta con un cargamento de coca de Guacarí de José y Miguel Toro a quienes había conocido en una manifestación en la Buga de los sesentas contra el asesinato de un escolar cuando un grupo de bomberos había asaltado el Colegio Académico que estaba en huelga. Había aterrizado en la Memorial Drive de Belvedere Park en un C-123 Fatlady que usó el General William Westmoreland en Vietnam, con una tonelada de la que sabemos y ayudó a llevarla hasta Queens a un apartamento donde la tuvieron por el año durante el cual él la cuidaba de noche y de día se iba a vender bisutería falsificada en los bajos del Empire State Building de la Quinta Avenida, aretes de hoja de lata que pintaba de dorado a los que ponía un sello de joyería auténtico de 14 quilates. Hasta el día que decidió abandonar sus vínculos con los viejos amigos de Atlanta porque se enamoró de una divina chica que limpiaba al amanecer las dependencias de la Malborouth y le llevó a vivir a uno de los Railroad Aparments del 424 de la 9th St en el East Village. La chica había vivido en Italia donde había estudiado algo de arte en Florencia pero había aprendido con otros paisanos el arte de robar en grandes tiendas y luego de limpiar los pisos de las más famosa de las galerías de New York iba de obtienes y tomaba lo más caro que podía como que un día le regaló a Enrique una chaqueta Valentino de cuero blanco con cremalleras doradas de tres mil dólares. Sin que sepamos cómo, Dalila, que así se hacía llamar la chica, le prestaba servicios eróticos a varios de los clientes de la galería, que había conocido no solo allí sino en El retiro de Platón un club de sexo en el sótano del Hotel Astonia que detestaba a los homosexuales pero promovía el lesbianismo. Para de los setentas la galería había pasado a los herederos de Curt Valetin pero el verdadero dueño seguía siendo Buchholtz asi se llamara Marlborough-Gerson Gallery, jugando un enorme papel en negociados de arte con fines de lavado de dinero para el narcotráfico con obras de Oskar Kokoschka, Henry Moore, Francis Bacon, Victor Pasmore y Lucian Freud, tanto, que fueron abriendo sucursales en Tokio, Madrid, Chile, Florida, Mónaco y Barcelona. El año que conoció a Dalila se hizo la muestra de La corrida de Botero, cuando según contaban la galería obtuvo descomunales ingresos en cash-flow, tantos como para que la pareja sirviera de Courier mail trasladando cientos de cajas de zapatos repletas de dólares a un sótano de Astoria de donde salían de nuevo hacia Atlanta y los viejos amigos regresaban a Colombia. Pero de la noche a la mañana, sin que supieran porque ni como, el director de la galería les envió al infierno del invierno, pagando el pato Enrique que echado por Dalila terminó ocupando un piso abandonado en la Avenida C.

Habían vivido un año inigualable en placeres, dicha y bajezas. Cada fin de semana visitaban el enorme loft del mafio Fernandez que tenía de invitados a buen número de travestis, entre ellas una que vestida de Marilyn Monroe y en altas horas, usando un ventilador de mano que alguien sostenía, repetía la escena de The Seven Year Itch, el filme de Billy Wilder donde la rubia se posa sobre una rejilla de los respiraderos del metro de la 51 con Lexintong y el vestido blanco con pliegues se eleva dejando al descubierto sus deliciosas piernas. Cuantas noches habían vivido exhaustos de placer, ella feliz de la vida con esa enorme tranca de cíclope de Enrique adentro o en las permutas aquellas, cuando Bernardo se hacía discernir manualmente con un dildo negro con ventosa de una de las travestis, y ella separaba la bragueta a Velasquez de Cuella y poniéndose el instrumento en la boca le ordenaba a Enrique que la desentrañara con fanatismo por el ano, todo mientras Sinatra repetía And now, as tears subside, I find it all so amusing, el verso de Paul Anka y Enrique sacándosela eyaculaba setenta segundos sobre la lomo de ella, con ese semen caliente de los veranos húmedos, de olor a ámbar que producen las gónadas de los drogados. Cuando la luz abría sus ojos todos estaban fumando en grandes pipas chinas que habían comprado esa tarde en el barrio luego de atragantarse de ravioles cantoneses, más gustosos y pulcros que los que estaban a esa hora preparando en Beijing.

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A punta de tacos de dinamita había Enrique expulsado del viejo edificio de la Avenida C a los vendedores de crack. Era un Redstone de seis plantas ocupado apenas por dos colonos, uno en el tercero y Enrique en el sexto con las paredes en el suelo, los pisos sin parqué, dos sillas y una inmensa mesa rectangular de hierro forjado que habían dejado hacia siglos unos suecos vendedores de salmón crudo.  Su valor radicaba en la vista que sobre el bajo Manhattan ofrecía el piso, porque podían verse las Gemelas, parte del Brooklyn Bridge y hacia el oeste el rio y al norte las torres de Con Edison, Metropolitan Life, Empire State y el Chrysler Building. Allí pasó el último año de su vida cocinando sancochos colombianos, jugando al ajedrez, comprando, pesando, cortando, empacando y distribuyendo en pequeñas cantidades perica en los bares de las avenidas A, B y C, hundiéndose cada día en el pavoroso vicio que tanto le gustaba al flaco que le había vuelto trotskista en Colombia y ahora ocupaba altos cargos oficiales y se había casado con una puta de postín que se había follado a medio partido comunista mientras él se hundía en New York en el fango más terrible del mundo.

Según Julián hace unos tres años, una noche cualquiera, se despertó a las tres y media de la mañana sintiendo una presencia en la habitación, el peso de algo en la cama y ciertamente allí estaba Enrique Gómez Cruz viéndole dormir y cuando le dijo que si estaba muerto qué hacia allí, con una sonrisa burlona y el brillo de sus ojos achinados replicó que había venido a contarle la historia de cómo Dalila lo había asesinado, como lo había desaparecido y que le hiciera una foto y todo el mundo supiera y en especial yo, como había que contar su historia.

Una tarde, mientras fumaba crack, apareció Dalila en su destartalado piso con un supuesto hermano de ella que él no conocía y luego de varios pases el chico se puso a cuestionarle y acusarle de la mala situación que pasaba su hermana, a lo cual Enrique respondía que nada de eso, que no tenía ninguna deuda en lo que ahora sucedía, que ellos habían vivido una historia y ahora todo era distinto. El supuesto hermano se abalanzó sobre Enrique y trató de golpearlo en la cara y Enrique tomando un taburete se lo descargó varias veces en la cabeza y atónita, Dalila echó mano de un inmenso cuchillo de carnicería y golpe tras golpe apuñaló a Enrique en la nuca, en la espalda, las piernas, los brazos, el estómago y el cuello hasta que cayó sangrando convertido en un cadáver que apenas despedía un tufo pestilente.  Al ver que la sangre había salpicado las paredes, las ventanas, el techo y corría por el suelo empujando la basura, Dalila trancó la puerta con un manojo de toallas viejas y en un barreño fue exprimiendo la sangre y vaciándola en el sumidero del retrete. Luego puso el cadáver en la mesa, separó con una tijera la ropa del cuerpo, le cortó el inmenso pene convertido en recuerdo y poniendo dos inmensas ollas de sancocho de pescado y tres telas fue destazando los brazos, el pecho, las nalgas, las piernas y cocinando a fuego vivo las piezas, durante dos semanas produjo cientos de bocadillos que repartía entre los hambrientos de Thomkins Square Park y aserró los huesos del cuerpo y la cabeza con una oxidada segueta de plomero, los puso en una bolsita de seda y los colgó en la parte más alta de uno de los tilos La Plaza Cultural donde Enrique encendía en las mañanas su pipa de bazuco.

Le tomé entonces la foto, me dijo Velasquez de Cuellar. Y muerto de la risa dijo dile a Alvarado que no se olvide que yo llegué a Atlanta con el Negro Locoló, mi amigo de primaria que fue uno de los duros de Queens y terminó en Sing Sing convertido en la sirvienta de los Crips Vatos Locos que le hacían vestir de mucama francesa con delantal y cofia, y con Erik el Grana, el único pelirrojo del M que sobrevivió al Karina pero apareció en la puerta del consulado de la cuarenta y seis con un tiro en la nuca y una carta en la mano.

Al otro día, repostó Julián, revisé mi móvil y nada había allí, los muertos como los fantasmas no salen en las fotos.

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Bernardo Fernández con su caballo Emilio c. 1975

Juan Luis Panero [1942-2013]

A finales de los setentas, quizás en noviembre del setenta y ocho, María Mercedes Carranza, que llevaba casi cuatro años trabajando con Carlos Lleras Restrepo en Nueva Frontera, frente a un costado de la Catedral, me llamó para pedirme el favor de acompañarle a ver a alguien que acaba de regresar de Quito, “con una mano adelante y otra atrás”. No quería ir sola a encontrarse con esa reminiscencia, que no veía desde la navidad del setenta, porque después de un viaje relámpago a Madrid, pagado por Fernando Garavito con plata prestada a Hernando Santos, para quien redactaba la sección Con usted, con respuestas a asuntos domésticos o baladíes, comprobó que ni él ni Félix Grande le perturbaban como en los años ardientes de su juventud castellana, y decidió irse a vivir por la libre con Fernando, que la acorralaba desde cuando Carlos Lleras Restrepo había nombrado primer director de Colcultura a Jorge Rojas, y por indicación de Eduardo Carranza, Garavito fue encargado de la todo poderosa secretaria general del instituto, que prácticamente controló durante el final del gobierno Lleras y los años del gobierno Pastrana, cuando se inventó el Tren de la cultura, un museo rodante sobre seis vagones de ferrocarril, donde vendía libros a cincuenta céntimos, el claro antecedente de la Poesía por centavos de hoy, hasta cuando Daniel Samper y Felipe Lleras Camargo, que habían convencido a un par de  viejos millonarios de fortuna non santa, de hacer un periódico seudo liberal, se llevaron a Cali, en una de las avionetas de los nuevos ricos, a la extraña pareja para que confeccionara Estravagario, uno de los más bellos semanarios literarios que ha tenido Colombia.

Garavito también redactaría, en esos años del gobierno de López Michelsen, los editoriales que ordenaba Marino Rengifo Salcedo, su director, como aquel que glorificaba el ascenso a General de Luis Carlos Camacho Leyva y su ingreso al gobierno antes del asesinato de José Raquel Mercado por el M 19, el 19 de abril de 1976. Garavito escribía y después vomitaba estruendosamente, o se refugiaba en su casa caleña del parque de El Perro, en la parte alta de San Fernando, a masticar trozos de helechos para aliviar el asco que le causaba el liberalismo del llerista bugueño.

María Mercedes no quiso revelar el nombre del personaje, que había albergado en un modesto hotelito que aún existe, el Dann Colonial. Salimos al medio día de las oficinas de Nueva Frontera y, tomando séptima arriba hacia el norte, entró en uno de esos almacenes cercanos al Ley y compró un jersey de cuello de tortuga, verde, recuerdo. Cuando llegamos el visitante esperaba en el lounge, notoriamente confuso, pálido, ojeroso, con una resaca que le hacía temblar las manos, mal peinado su escaso cabello, con un traje maltratado y con gestos de ansiedad que aliviaba fumando un Nacional tras otro. De inmediato le reconocí.

Se trataba de Juan Luis Panero, el hijo mayor de Felicidad Blanc  y Leopoldo Panero, uno de los poetas falangistas más favorecidos por Pacón, el primo de Francisco Franco, y ella, según decía todo el mundo al verla en la garita de la portería del ministerio de cultura de Pio Cabanillas, la mujer más bella que había tenido Madrid durante los años de la república, tanto, como que Luis Cernuda se había embelesado, creyéndola más un querube que una hembra, género que no apetecía. Juan Luis también había merecido, en su niñez, las carantoñas del sevillano, mientras su madre le insistía en el Londres devastado de la posguerra que saludara amablemente a ese alto señor TS Eliot, a quien su marido y padre cortejaban para que pusiera alguno de sus poemas en The  Criterion. Cosa que nunca hizo el transterrado.

Yo le había conocido en Oliver, un bar de copas de la calle Almirante, a finales del setenta y cuatro, cuando la crisis del petróleo fue acabando con la vida nocturna madrileña. Me lo presentó Paco Umbral y por supuesto, nunca simpatizamos, primero, porque yo era un sudaca más, uno de los miles de refugiados que fueron llegando a España tras los golpes de estado, y luego, porque se veía que yo era un don nadie, ante tan bien pagá, su pinta de caporal del oeste y la sibilina dipsomanía y autosuficiencia que exhalaba. Juan Luis Panero era una de las fatalidades rutilantes de Oliver, escoltado unas veces por Paco Brines, un rico heredero valenciano y gran poeta de la generación del cincuenta, o de partner de la otra estrella de esos tiempos, el transformista Luis Antonio de Villena, con quien siempre iba de desdén con la realidad y los triunfos de las medianías literarias del tardo franquismo. Todo como secuela de sus desplantes y despropósitos filmados durante los días que en Astorga descubrieron una estatua a la memoria de su padre y Jaime Chavarri, por sugerencia del menor de los Panero, decidiera grabar el acto y entrevistarles.

Pero su fama entre el mundo cateto del Madrid de entonces alcanzaría la mayor cota tras el estreno de El desencanto, la virulenta película producida por Querejeta, que usando de los Panero y sus relaciones, es una brutal andanada contra la entidad familiar y sus vínculos con el poder, al tanto que una mirada a los rincones más sombríos de la naturaleza humana, que muchos asumieron como un retrato de la familia del tirano y su destino después de muerto.

Con un total impudor, el día que la municipalidad descubría la estatua en honor del padre y esposo, Felicidad Blanc, la viuda y sus tres hijos, Juan Luis, Leopoldo y José Moisés Santiago, “Michi”, instauran ante la cámara un juego de confesiones cenagosas y pérfidas de la vida de una familia de la burguesía provinciana española de postguerra, donde saltan, como chispas de la forja de un herrero, momentos de asco, odio y no poca poesía, mientras se van cobrando con lujo de detalles las hipocresías padecidas entre un orbe de cartón piedra.

Tanta fue la gloria, que una de las primeras actividades del nuevo embajador de Colombia en Martínez Campos, el seudo marxista Belisario Betancur, íntimo colaborador de Jesús de Polanco y sus amantes colombianas, visitó Astorga en compañía de Juan Luis, quien le regalaría varias de las cartas de su padre que se descomponían en la sombra y el olvido de ese chalé del siglo XIX junto a la catedral con un jardín romántico que todavía da a tres calles y el palomar donde escribía el poeta.  “Allí nos tomamos varias botellas de vino que se conservaban con todo el añejamiento desde García Lorca, confesaría BB años después. Comencé a ojear la biblioteca, cuando me dijo: ‘Por aquí debe haber, en los escritorios de papá, algunas cartas de los miembros de la Generación del 27. ¿Te interesarían?‘ ‘¡Por supuesto!’, dije. Y empezó a sacar cartas y cartas, mientras yo iba eligiendo una de Vicente Aleixandre, otra de Dámaso Alonso o Luis Cernuda“.

El Juan Luis Panero que ahora recalaba en Bogotá no era aquel altanero invicto de entonces sino un monumento a la derrota. Tampoco era aquel mancebo exultante de sensualidad que había cantado Francisco Brines en los años sesentas, haciendo honor al desparpajo de su carne y la deslumbrante lucidez que producían en él los excesos de alcohol y sexo.

En este vaso de ginebra bebo

los tapiados minutos de la noche,

la aridez de la música, y el ácido

deseo de la carne. Sólo existe,

donde el hielo se ausenta, cristalino

licor y miedo de la soledad.

Esta noche no habrá la mercenaria

compañía, ni gestos de aparente

calor en un tibio deseo. Lejos

está mi casa hoy, llegaré a ella

en la desierta luz de madrugada,

desnudaré mi cuerpo, y en las sombras

he de yacer con el estéril tiempo.

Todo pudo haber concluido mal o peor aquella tarde bogotana, de no haber sido por un golpe del destino.

Luego de dejarle aquel mediodía en ese pequeño cuarto de hotel de la Candelaria, regresamos hasta las oficinas de Nueva Frontera y María Mercedes me contó cómo le conocía prácticamente desde la niñez, cuando junto con su padre gastaban los veranos en Astorga junto a los Panero, en tiempos en que Carranza fue diplomático de los gobiernos de Gómez y Rojas Pinilla. Me dijo incluso que Juan Luis había sido su verdadero amor, tras sus primeros encuentros eróticos con Álvaro Bonilla Aragón,  y que siempre que le veía su vida comenzaba a resbalar sobre el frío de la hoja de la navaja. Luego del almuerzo, en el pequeño restaurante  que había en la Sociedad de Amigos del País, ya casi a las tres y media, le dije a que tenía que marcharme a cumplir una cita con alguien que había llegado a Bogotá para dirigir una editorial. Se trataba de  Edgar Bustamante, un patojo que haría unos bodrios titulados El gran libro de Colombia y el gran libro de Ecuador.

Serían las cuatro cuando tomé un taxi en la plaza de Bolívar rumbo al norte. Al pasar por la esquina de la 14 vi a Panero. Le dije al taxista se detuviera y le pregunté qué estaba haciendo. Me respondió que nada, que iba de garbeo. Le pregunté si quería acompañarme a la visita que iba a hacer y se subió al taxi. Cuando llegamos a casa de Bustamante, que vivía en un lujoso apartamento en Rosales, nos presentó a su mujer, y ¡oh milagro!, resultó que era de Astorga, el mismo pueblo de Panero. El resto de la velada trascurrió con la ingesta de enormes litros de vino primero y luego de escocés. Serían ya las cuatro de la mañana cuando luego de interpretar a Lear con una piel de cebra sobre los hombros, Bustamante le preguntó a Panero si tenía trabajo y este le recordó que acaba de desembarcar en Bogotá y en esas estaba. Bustamante le dijo que necesitaba un redactor para la revista del Círculo de Lectores, alguien que le confeccionara las reseñas y las solapas de las decenas de libros que publicaban entonces.

Así fue a dar con sus huesos desnudos Juan Luis Panero a la editorial Círculo de Lectores donde haría varias antologías y conocería a una de sus más notables benefactoras colombianas, una ex de un poderoso político, dueño de un diario y ministro en varias ocasiones, a quien embaucó con la peregrina receta de que preparar gambas con cáscara era la torre Eiffel de la culinaria francesa de entonces. Cazueladas de crustáceos con su dura piel eran servidas en las soirée erotiques de la adicta, rociadas con caldos de San Andresito, sin estampilla y chiveados, que después pasaría a manos de un derelicto del nadaísmo, a quien dio un premio nacional y paseó, como una oveja negra, por más de media docena de países con fondos del erario público.

Otra de sus fabulosas y rentables amistades, digna de sus perversidades y torceduras, fue el ex ministro de Guillermo León Valencia, miembro del grupo Mito, anfitrión de Borges y firmante de los decretos con que bombardearon Marquetalia y Rio Chiquito, el honorable demonólogo Pedro Gómez Valderrama, que prologó dos de sus plaquetas y que recordando las visitas nocturnas a las casonas de la cuarta con veintitrés en pleno centro bogotano, guiaría luego durante los años [1986-1991] de la embajada española del obeso biógrafo de Geo von Lengerke, por los mejores establecimientos de la calle de la Ballesta en Madrid. Allí repetirían, incansables, ese prestigioso ejercicio de peer meando. Gómez Valderrama, que fue durante años gerente de Asograsas en la capital colombiana, se preparaba primero en Chicote de Gran Vía, ingiriendo una buena dosis de la famosa mezcla de vermut, ginebra y gran marnier lapostolle, hasta sentir que explotaban los gases, e invitando a Panero ascendían hasta la calle de la putas y deteniéndose en uno de los portales más concurridos, comenzaban a descargar el dorado liquido mientras reían y peían a gusto, como diría Camilo José Cela, que había enseñado ese arte al colombiano. De todo ello fue testigo durante esos años el prodigioso poeta Caballero Bonald, pero nada dice en sus memorias.

María Mercedes le soportó casi año y medio, arrastrándole a un fango que permanece en muchos de sus poemas de entonces. Prácticamente Panero destrozó lo que quedaba de su vida luego de las tormentas de celos de Garavito y la dura vida que le fue deparando su trabajo en Nueva Frontera, donde incluso llegó a redactar varios de los plagios que Lleras Restrepo hacia pasar como suyos, como la serie sobre famosas prostitutas, que él mal traducía del italiano y Carranza decentaba para su publicación. Panero, en sus ataques de alcoholismo y desprecio por la pobreza de María Mercedes, destruyó en ininterrumpidas secciones de resaca las decenas de autógrafos de famosos españoles que conservaba desde su niñez y que ahora había puesto en las paredes de su apartamentico del primer piso la carrera quinta con treinta y dos, diagonal del Centro de Investigación y Educación Popular de los jesuitas, donde tenía a Rogelio Echavarría por vecino. Panero, borracho, gritaba a voz en cuello: hoy le toca a Vivanco, y rompía el cuadro con la dedicatoria; hoy le toca a Cote Lamus y rompía el poema mientras Rosa Coronado abría sus pobres enormes ojos y la poeta callaba de rabia y desencanto. Por eso, cuando logró librarse de tremendo desquiciado, que nunca la quiso, escribió este doloroso poema:

Una tarde que ya nunca olvidarás

llega a tu casa y se sienta a la mesa.

Poco a poco tendrá un lugar en cada habitación,

en las paredes y los muebles estarán sus huellas,

destenderá tu cama y ahuecará la almohada.

Los libros de la biblioteca, precioso tejido de años,

se acomodarán a su gusto y semejanza,

cambiarán de lugar las fotos antiguas.

Otros ojos mirarán tus costumbres,

tu ir y venir entre paredes y abrazos

y serán distintos los ruidos cotidianos y los olores.

Cualquier tarde que ya nunca olvidarás

el que desbarató tu casa y habitó tus cosas

saldrá por la puerta sin decir adiós.

Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,

reacomodar los muebles, limpiar las paredes,

cambiar las cerraduras, romper los retratos,

barrerlo todo y seguir viviendo.

Panero volvió a Bogotá en 1981 y María Mercedes, para crearle de nuevo un ambiente agradable entre la grey bogotana, llamó a Santiago Samper del Centro Colombo Americano para que le prepara un recital de sus versos y publicara una plaqueta, que titularon Doce poemas, otra vez con una presentación de Gómez Valderrama. El primero de ellos, fue un agradecimiento lírico a todo lo que ella había hecho por él, uno de los poetas más miserables que han existido en la tierra:

Terribles son las palabras de los amantes

aunque estén bañadas de falsa alegría,

cuando llega la desolada hora de la separación.

Fuera la lluvia galopa tercamente

y su eco retumba tras la ventana.

Los poderosos pájaros de la dicha

un breve instante anidaron en sus brazos

y dorados plumajes cubrieron los cabellos

que ahora sudor y hastío sólo guardan.

La estatua que quiso ser eterna

herida de reproches tiembla y cae.

Ya el combate de anhelo ha terminado

y húmedos restos las sábanas acogen.

Hombre y mujer en traje y documento 

ceremoniosamente se despiden.

Sus manos por costumbre se enlazan

y banales sonrisas desfiguran sus labios.

Terribles son las palabras de los amantes

cuando llega la desolada hora de la separación.

Esqueletos de amor buscan nuevo refugio

y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.

 La última vez que estuvo en Colombia fue para celebrar el matrimonio de Belisario Betancur con Dalita Navarro, todo pagado por Bogotá, que llevaba ya cuatro años cercada por William Antonio Marín, alias ‘Hugo’, comandante del Frente 22 de las FARC, asesino que controlaba La Palma, La Peña, Villeta, Guayabal de Síquima, Guaduas, Caparrapí y Topaipí. Carranza convenció a Enrique Peñalosa que nada mejor podía hacerse para celebrar su aniversario de alcalde y cautivar al autista del Palacio de Justicia, que una fiesta poética que glorificara la felicidad y el amor en medio de tantos desatinos, como dejó consignado en El Tiempo ese agosto del 2000:

“En medio de la tristeza, la desesperación y la rabia, ocurren de tarde hechos amables que nos recuerdan que aún no pertenecemos al mundo de los muertos, como parece serlo el territorio colombiano; que nos recuerdan que existe un afecto que se pronuncia amor y una palabra que se deletrea f-e-l-i-c-i-d-a-d y que no es imposible que ellas pasen de la boca al corazón.”

 Al festejo acudieron 102 escritores de 42 países que en Casa Silva, la Luis Angel Arango, la Nacional, el Gimnasio Moderno y el Jorge Eliecer Gaitán, en presencia de la pareja de ancianos entonaron loas al amor y el erotismo, el amor y las ciudades, el amor y el misticismo, el amor y el odio, el amor a sí mismos y el amor y el poder. Todos declararon amar a Colombia en un horroroso libro de fotos y firmas, confeccionado por El Catire Hernández e impreso por sus socios de ArteDosGráfico. Entre los colombianos que acompañaron a Panero figuran pumas de la talla de Alvaro Castaño Castillo, Andres Hoyos, Arturo Alape, Bernardo Hoyos, Carlos Arboleda, Carlos Enrique Ruiz, Carlos Gaviria, Cristo Figueroa, Dario Jaramillo, El Indio Romulo, Enrique Serrano, Fabio Jurado, Fanny Buitrago, Felipe Garcia Quintero, Germán Espinosa, German Santamaria, Gloria Valencia de Castaño, Gonzalo Mallarino, Hector Abad Facio Lince, Ignacio Chaves Cuevas, Jorge Cadavid, Jorge Orlando Melo, Jose Mario Arbelaez, José Pubén, Juan Felipe Robledo, Juan Manuel Roca, Julian Malacresta, Lucia Estrada, Luz Mery Giraldo, Margarita Vidal, Marianne Pondsford, Mario Jursich, Nicolás Suescún, Orieta Lozano, Patricia Ariza, Piedad Bonnet, Rafael del Castillo, Roberto Burgos Cantor, Rómulo Bustos Cantor, Rosa Jaramillo, Samuel Jaramillo, Santiago Mutis y William Ospina.

“Yo solía llamarla Caballo Loco, era una persona muy desbocada y quería casarse, lo que no entraba en mis planes”, escribió de ella en sus memorias de 1999. Una pobre loca, solía decir a sus amigos catalanes, mientras imitaba a Maqroll el Gaviero, de quien, ciertamente, fue encarnación viva.

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Juan Luis Panero con chambergo en el Madrid de los Austrias, c. 1970.

Onetti: “Todo en la vida es mierda”

El pozo (1939), de Juan Carlos Onetti Borges (Montevideo, 1909-1994) rompió las convenciones literarias de su tiempo anunciando la nueva novela. Nadie había narrado hasta entonces con lirismo tan cruel y amordazado [«Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender»] el desarraigo del hombre, en el mismo momento que el mundo se venía abajo con el auge del nazismo, los estragos de la Gran Guerra y los conflictos económicos e ideológicos de entonces, con sus oligarquías dominantes, sus dictadores y caciques.

Este libro hondamente pesimista, creó, en Eladio Linacero, el arquetipo del antihéroe onetiano, «sólo y entre la mugre». Soñador, enamorado de la juventud y la inocencia, no encuentra otra forma de realizar su sueño que raptando una adolescente, Ana María. Lázaro, el militante, tiene un ideal; Cordes, el poeta, sus bellos pensamientos, pero para Eladio no hay sino un sentido de culpa y la certeza de vivir aislado en un mundo de eterna oscuridad.

La vida breve (1950) es una larga novela que marca el punto culminante de su carrera como narrador. No sólo cuenta la vida novelesca de un novelista, Juan María Brausen, sino la novela o el guión cinematográfico que escribe, la crónica que hace durante el relato que Onetti hace de su vida y que llega a confundirse con ella, trascendiéndola y salvándola. El personaje central es un alienado e introspectivo publicista que vive con su esposa, [Gertrudis, que ha perdido un seno a causa de un cáncer], una atroz intimidad de mutuo desamor. Al ser cesado del trabajo, incapaz de enfrentar la nueva situación cae en una serie de fantasías, o argumentos, tratando de dar sentido a la confusión: unas veces es el bandido Arce, que vive con una prostituta y vende drogas en las calles, o el médico cínico Díaz Grey, para quien Brausen inventa un amor con la joven Elena Sala y un completo escenario: un lúgubre puerto de río llamado Santa María. De esa manera Brausen lleva a cabo su batalla contra el anonimato, queriendo vivir y morir sin memoria.

Puerto de Santa María es el lugar, la tierra, el nombre feliz lleno de sol, de gentes, de árboles y soledad donde el autor y los personajes hallan salvación. Una ciudad irreal, limbo terrestre donde viven el tormento de la vida breve sin importarles el futuro, ausentes de pasado y sin necesidad ni interés por comunicar algo a los otros. En Santa María los personajes existen absortos en un tiempo que es un presente invulnerable al pasado y al futuro. De allí que mientras Brausen escribe una novela, Onetti escriba la que leemos y los personajes tengan que huir de Buenos Aires o de Montevideo, a Santa María, para encontrar libertad, porque sospechan que es el otro mundo, un país de maravilla, una ciudad literaria.

Santa María está hecha de los sueños de Brausen como Brausen de los sueños de Onetti, quien deja a aquel crear en su memoria y sus delirios la ciudad. Brausen sabrá de la realidad de sus sueños mientras su mujer llora, dormida, y Onetti, que comparte con él un despacho, le hace buscar la salvación en la habitación de la Queca, su vecina de aquel. En esa habitación, «naturaleza muerta» donde se oyen todos los ruidos del mundo y desde donde siente los suspiros de su mujer que sufre en sueños, Brausen, -que se finge Arce para gozar de la pureza ilusoria de no tener pasado y se realiza en Díez Grey haciendo que el ayer no importe y la historia de su personaje sea impotente ante el hoy de Santa María-, se mueve adentrándose en sí mismo como por el espacio irreal de un cuadro. Los objetos, sucios y podridos, reposan con obstinada inocencia, ajenos al devenir, desnudos en su existir, mudos y discretos pero apoderándose del intruso. Absorto en esa paz que contagian los objetos llega a la existencia pura, recorre el alma, el cuerpo, la persona toda de la Queca, logrando una intimidad irrecuperable con ella. Decide entonces asesinarla para lograr el vacío total. Pero un otro, real, la mata por él. Brausen alcanzará la plenitud del ser cuando, en compañía del asesino real, se entrega a la policía:

Esto era lo que yo buscaba desde el principio -se dice-, desde la muerte del hombre que vivió cinco años con Gertrudis: ser libre, ser irresponsable ante los demás, conquistarme sin esfuerzo en una verdadera soledad.

La vida breve  es una elegía-despedida a la vida sin pasar por la muerte; la conciencia de la soledad y de nuestros falleceres diurnos y nocturnos. Y el rechazo, también, a todos los valores que se nos han impuesto. Brausen inventa una realidad para vengar la realidad no elegida pues, como artista, tiene la facultad de crear otros mundos para escapar de la insoportable continuidad de la existencia.

La imposibilidad de comunicación rige El astillero (1962), su pieza maestra. La novela está dominada por la persona de Junta Larsen, un hombre duro, lacónico y rebuscador, antiguo propietario de un burdel que había aparecido por primera vez en Tierra de nadie y que también forma parte del elenco de La vida breve. Las visiones ideales de la juventud de Larsen, sus subsecuentes sueños de riqueza y poder, le han eludido; ahora está al final de su larga maniobra. Vuelve a Puerto de Santa María y se convierte en un muy bien remunerado gerente de un astillero. De hecho, el astillero es un despojo del tiempo y el salario mera imaginación, pero Larsen, como los otros empleados, entran a gusto y con aparente convicción en este juego kafkiano: estudian archivos envejecidos, hablan de barcos que hace tiempo desaparecieron, cortejan a la enferma hija del patrón. La crisis se precipita cuando uno de los empleados se rebela contra este mundo absurdo, y Larsen, fallando al intentar asesinarle, enloquece y muere.

Para Larsen la vida se nos va haciendo nada, una cosa tras otra sin interés ni sentido. Pero a pesar del fracaso y las degradaciones, su heroísmo reside en tratar de encontrar algún sentido a su constante lucha por sobrevivir, sabiendo que crecer es fallar pues sólo en la juventud somos capaces de amar y tener esperanzas. Al cerrar el libro tenemos la certeza de que la muerte es la única que puede salvarnos del absurdo de vivir, librarnos de esa pesadilla que es la vida adulta.

El asunto de Juntacadáveres (1964) es un fragmento de la vida de Larsen, cuando, al establecer un burdel en Puerto de Santa María, asiste a la realización de su ideal. Refiere paradójicamente los precedentes de la expulsión decretada por el gobernador, de Larsen o Junta, quien murió, según se cuenta en El astillero, de pulmonía en un hospital de El Rosario.

Santa María es ya una ciudad en plenitud ciudadana. Pero la verdadera historia hay que buscarla en el ánima de los personajes: Larsen, con su extraña vocación de ser siempre y sobre todo una figura escatológica, un ave de mal augurio que anuncia la muerte, un junta-cadáveres, hiena coleccionista de carroñas, y su grupo de grotescas putas, decrépitas, buscando en el lupanar el naufragio definitivo.

Onetti ha puesto en esta novela toda la sabiduría de su larga existencia a fin de someternos al asfixiante clímax de una ciudad alucinada que renace cada día, desde su provincialismo, entre un río y una colonia de labradores suizos, con la tranquilidad conmovida por la presencia súbita e insólita de una casa de putas, autorizada por el Consejo Municipal mediante votación y luego de un nudo de discordias y conflictos que termina en una tragedia y una curiosa cruzada impulsada por el cura Bergner, con militancia de jóvenes que «quieren novios castos y maridos sanos». Larsen, el proxeneta, significa el «progreso» en una sociedad atemorizada y conservadora. El prostíbulo es el mundo futuro y las putas, la infinita ternura que necesitan los hombres.

Toda la obra de Onetti es una honda reflexión que nos empuja al desamparo, el desencanto, el desarraigo, la pasividad, el aburrimiento. Sus personajes se mueven entre las miserias de la angustia y la resignación, que asumen sin ira ni rebeldía, con cierto fatalismo cristiano digno de nuestras tradiciones, así sea sin fe. Sus personajes son contemplativos a la manera de Díaz Grey o Jorge Malabia, seres incapacitados para crear relaciones orgánicas con sus comunidades y son por tanto relegados a la soledad y el aislamiento. El mundo, para ellos, es un suplicio que deben evitar pues representa la decrepitud e insolvencia de unos valores que la pequeña burguesía abandonó hace ya tiempos, pero que parece serán pronto remplazados por otros. Un mundo de indiferencia moral, sin fe ni interés por el destino. El asunto central de su obra es la imposibilidad del hombre para resistir el peso de la realidad, como dice Eliot en uno de sus poemas. Incapaces de aceptar que sus vidas carecen de sentido, sus personajes tratan de modificar la realidad y se destruyen a sí mismos.

Notable cuentista, la trama de sus narraciones se construye a menudo alrededor de una acción fundamental ofrecida en versiones o claves varias, contadas a través de terceros, pasivos espectadores -como el lector- que evocan con maledicencias, chismes y rumores la vida de otros, dejándonos en la incertidumbre al tiempo que teje un personaje colectivo al que nos vamos integrando, una sociedad a la que terminamos por pertenecer: la gente de Puerto de Santa María.

Onetti fue calificado de anti novelista a causa de su escaso interés en los argumentos tradicionales. La acción en sus libros está generalmente subordinada a describir detalles que enfatizan el paso del tiempo. Su estilo, plano desde los primeros libros, fue cambiando gradualmente hacia un denso y oblicuo instrumento pleno en encubrimientos, reiteraciones, monólogos elípticos de acuerdo con las características complejas y confusas de sus personajes y la estática visión de la vida que tienen.

Juan Carlos Onetti Borges abandonó la escuela secundaria y trabajó como portero, oficinista, mesero y vendedor. En 1932 se trasladó a Buenos Aires, donde vivió por dos años, y publicó sus primeros cuentos en los suplementos literarios de La Prensa y La Nación. Sus intereses literarios se fueron desarrollando paralelamente a sus intereses políticos. De regreso a Montevideo fue nombrado editor de Marcha (1939-1942) donde promovió la nueva literatura. Al dejar la revista pasó a trabajar en la agencia noticiosa Reuter, primero en Montevideo (1942-1943) y luego en Buenos Aires (1943-1946). En esta última ciudad permanecería hasta 1955 trabajando como editor de las revistas Vea y Lea. Durante la década del cuarenta escribió varias novelas y tradujo a varios escritores norteamericanos, en especial a Faulkner, uno de sus favoritos. En 1957 fue nombrado director de las bibliotecas públicas de Montevideo. En 1974 premió un cuento de Nelson Marra. La historia fue publicada en Marcha, que fue clausurado por diez semanas y Marra, Onetti y otros miembros del jurado fueron puestos en prisión y golpeados, para hacerles entender que nadie podía afirmar que la policía uruguaya golpeaba y torturaba a los detenidos. Onetti sufrió una crisis nerviosa, tuvo que ser recluido en una clínica por algunos días y luego partió para Madrid [1976], donde permaneció hasta la hora de su muerte, sin otra enfermedad que una pereza de  vivir, tumbado en una cama leyendo patrañas policiales  y paladeando licor de malta en compañía de una perrita llamada Biche.

“Vivía, ha escrito José Manuel Caballero Bonald, en un piso algo sombrío, retenido en una de sus más obstinadas fases de acostado. Esa situación de residente estable en la cama dotaba al novelista de un manifiesto aire de enfermo imaginario o de excéntrico personaje de alguna novela no escrita todavía… Cuando lo conocí se había pasado del vino tinto al whisky -por prescripción facultativa, según decía- y sólo leía novelitas negras de frágil calidad y curioso enredo. También oía de vez en cuando algún tango de la buena época y algún bolero clásico… Lo cierto es que aquel señor con aspecto convaleciente no podía ser el mismo que había escrito páginas tan definitivamente seductoras. Pero de todo eso, como él mismo había dicho, hacía ya muchas páginas”.

 Sus Obras completas aparecieron en México en 1970. Recibió el Premio Nacional de Literatura (1962) y el Cervantes (1980). Mario Vargas Llosa ha dedicado a su memoria una espléndida biografía titulada El viaje a la ficción: el mundo de JCO.

ONETTI Y GABOFIX

Gabito y Onetti en Madrid

La realidad y el deseo de Luís Cernuda

Manuel Altolaguirre puso en circulación el 1 de abril de 1936, impreso en los talleres de su Cruz y Raya, La realidad y el deseo de Luís Cernuda, uno de los libros capitales de la lírica española del siglo pasado. Valía ocho pesetas de entonces.

En una tasca de la calle Botoneras de Madrid presentó el libro Federico García Lorca, diciendo que La realidad y el deseo, le “había vencido con su perfección sin mácula con su amorosa agonía encadenada, con su ira y sus piedras de sombra. Libro delicado y terrible al mismo tiempo, como un clave pálido que manara hilos de sangre por el temblor de cada cuerda. No habrá escritor en España, de la clase que sea, si es realmente escritor, manejador de palabras, que no quede admirado del encanto y refinamiento con que Luis Cernuda une vocablos para crear su mundo poético propio.” (García Lorca: Obras completas páginas 486-488).

Luís Cernuda fue uno de los más raros y singulares poetas del siglo XX. Hizo estudios de leyes y literatura en las universidades de Sevilla, (con Pedro Salinas, quien le puso en contacto con la poesía moderna francesa y los clásicos españoles) y en la de Madrid, donde conoció y trató a los miembros de la Generación de 1925.  Vivió exclusivamente de la enseñanza, trabajando en Toulouse, Glasgow, Cambridge, Londres  y varias universidades de los Estados Unidos. Durante la Guerra Civil se afilió fugazmente al Partido Comunista, en las Milicias Populares y participó en la redacción de revistas que favorecían la República, pero su colaboración fue repudiada por  funcionarios que encontraron su poesía «poco ortodoxa». Octavio Paz, que le trató a través de varios años dice que «Su intransigencia era de orden moral e intelectual: odiaba la inautenticidad (mentira e hipocresía) y no soportaba a los necios ni a los indiscretos. Era un ser libre y amaba la libertad en los otros… Fue siempre un rebelde y solitario». Juan Gil Albert, otro de los miembros de su promoción, ha dejado uno de los más vivos retratos del poeta en plena juventud:

Era esbelto, cenceño, de atezada piel, con negro pelo ceñido cual un casquete a la cabeza -como lo seguían llevando los lechuguinos del gran mundo-, y la nariz acusadamente respingona sobre un pequeño bigote retocado… Daba la impresión de precavido, de encogido por dentro, pero con la apariencia de alguien que establece distancias… No hablaba nunca de literatura y abominaba de las peñas de café. Prefería pasar por fútil y dar a la elección de una corbata, o a la preferencia por alguna Star  de moda, el carácter de seriedad suma, que otros conceden, con exclusividad, a las tareas del intelecto. Llegaba por esos vericuetos, a negar a Tolstoi y a declarar que sólo le interesaban las correrías del que iba a convertirse, por independencia de criterio -o eso nos pareció entonces-, de rey de Inglaterra, en Duque de Windsor.

 El título La realidad y el deseo  alude a la idea de la vida como una fuerza devorante, el deseo, que se alimenta de sí misma pues fuera de ella no hay nada que la sacie.  La vida, tormento sin fin, como lo entendieron los románticos alemanes. El mundo ofrece al hombre, por un lado, realidad, y por el otro, moderación, convirtiendo al poeta y al lector en la víctima de los presentimientos, nunca de la realidad. Vivir será desengañarse, ir arruinando el encantamiento inicial que  ofreció la niñez y  juventud.

Paz ha propuesto una lectura del libro dividida en cuatro partes que se corresponderían con la vida del poeta: La adolescencia «los años de aprendizaje, en los que nos sorprende por su exquisita maestría»; la juventud, «momento en que descubre la pasión y se descubre a sí mismo»; la madurez, «que se inicia como una contemplación de los poderes terrenales y termina en una meditación sobre las obras humanas» y la vejez, «la voz más real y amarga».

Las primeras poesías de Cernuda están pobladas de sombras, fantasmas e intuiciones con aleteos de seres inmateriales, aéreos, ligeros, delgados en su espíritu y concreción. Poesía que no dejará de ser la voz de un solitario, uno entre el universo. Abandonado por la familia y los hombres, detestando al Otro, el poeta curará sus heridas mediante el rescate de lo olvidado, que al tomar cuerpo en el poema, dejará vacía su alma, liberándola incluso del olvido mismo. En ellos alguien se aleja, escapa, huye, deserta y vuela entre hojas, fuerzas naturales, brisas, plumas, testimoniando el paso del tiempo, la mudanza de los cuerpos y las almas, la caducidad de la vida, el envejecimiento, la corrupción y la muerte. El poeta, ansia misma de eternidad, constata que el tiempo es su verdugo y el ejercicio de la poesía, una lucha por no morir, por arrebatar a la muerte la belleza, el amor y los deseos.

A partir de Los placeres prohibidos  la voz y los asuntos de su poesía se acendran con el descubrimiento del Surrealismo y la moral gideana. Cernuda encontró en el movimiento de vanguardia francés un camino para negar las opresivas tradiciones culturales y poéticas de Occidente y en Gide, a quien leyó también por sugerencia de su maestro Salinas, la posibilidad de aceptar su homosexualidad, no como un mal o un pecado, sino como otro de los cuerpos del amor. Su lenguaje adquiere otras dimensiones, se hace irónico y amargo, hablando, desde un escenario urbano, mediocre y sin rostro, de las degradaciones del exilio y del cansancio y el asco de vivir. Fue entonces cuando escribió sus mejores poemas, como Soliloquio del farero, La gloria del poeta, Dans ma péniche, Lamento y esperanza, Niño muerto  o Impresión de destierro, cuyo tono surgirá a través de los años y el decaimiento, otra vez, en La familia, A un poeta futuro, Birds in the night  y A sus paisanos.

Se ha dicho que su poesía no brinda un tono hispánico por ser resultado de influencias inglesas y escocesas. Quizá ni lo uno ni lo otro.  Mejor es decir que su voz, que canta desde la lengua oral,  no aspira al tumulto, ni al culteranismo y la garrulería,   tan habituales en nuestras poesías desde el romanticismo. Su condición de apartado le confirmó la necesidad de escribir una poesía donde el interlocutor, de sus monólogos,  fuera él mismo, y quizás alguien más en igual condición de desamparo. Está escrita para conscientes de la soledad. Por eso sus poemas son miradas sobre el mundo, no reflexiones. Allí reside la diferencia de esta poesía, en nada equiparable siquiera con la de muchos de sus contemporáneos, tan aparentes en sus visiones y tan reiterativos en sus asuntos: ellos y España.

Mirar y esperar que la palabra atrape, es el ocio creador, según Cernuda. Nada de elucubraciones, nada de intrincados alambiques para terminar diciendo lo mismo. Ni siquiera en los poemas eróticos se deja atrapar por el pensamiento. La importancia y primacía de su poesía es notoria si tenemos en cuenta que, mientras la poesía de posguerra insistió en el tema patriótico estando roto el contacto con el público, Cernuda asumió como definitivo su extrañamiento. Se fue convirtiendo, desde América, en la figura trágica del poeta contemporáneo, llevando a cuestas su condición de homosexual, de poeta y exiliado.

El poeta –escribió en 1935– es casi siempre un revolucionario… un revolucionario que como todos los hombres carece de libertad pero que a diferencia de éstos no puede aceptar esa privación y choca innumerables veces contra los muros de su prisión.

Damaso Alonso  Luis Cernuda  Federico García Lorca y Vicente Aleixandre fixed
De izquierda a derecha, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.

 

Ángel González [Oviedo, 1925 – 2008]

Ángel González [Oviedo, 1925 – 2008] fue uno de los poetas del siglo pasado que mejor bebió en las prosodias y sintaxis de la lírica este lado del Atlántico, y cuya obra, habiendo vivido muchos años en América, no recibió, entre nosotros, el reconocimiento ni las lecturas que merece. Es González quien mayores influjos recibió de Neruda o Vallejo dando expresión a las frustraciones de un disidente, larga y tempranamente aleccionado en la paciencia y reposición de los ideales pisoteados, en un régimen represivo que parecía no terminar nunca. Su tono, frugal en colores y tonalidades, se ocupó también de las amarguras de los amores contrariados, la nostalgia de los días de la infancia y las ilusiones que depararía el porvenir, así concibiera que la vida y la literatura estaban separadas, en su hora, por la cruda realidad vivida y las grandilocuencias de las vanguardias de los años de entreguerras.

Huérfano de padre cuando apenas llegaba los dieciocho meses, hijo y nieto de maestros de escuela, tenía once años al estallar la Guerra Civil Española que descompuso su familia cuando los nacionales asesinaron uno de sus hermanos y otro tuvo que exiliarse por sus actividades abiertamente republicanas, mientras a su hermana se le impedía ejercer la docencia por las mismas causales. A los dieciocho, como muchos de los jóvenes sobrevivientes a la contienda, enfermó de tisis. Le enviaron, para recuperarse, a un milenario pueblecito leonés, Páramo del Sil, donde contrajo la afición por la poesía. Estudió luego derecho en la Universidad de Oviedo y en Madrid, periodismo.

Aquí, Madrid, mil novecientos

cincuenta y cuatro: un hombre solo.

 Un hombre lleno de febrero,

ávido de domingos luminosos,

caminando hacia marzo paso a paso,

hacia el marzo del viento y de los rojos

horizontes –y la reciente primavera

ya en la frontera del abril lluvioso…-

 Aquí, Madrid, entre tranvías

y reflejos, un hombre: un hombre solo.

 -Más tarde vendrá mayo y luego junio,

y después julio y, al final, agosto-.

 Un hombre con un año para nada

delante de un hastío para todo.

[Aquí, Madrid, mil novecientos]

En 1954 obtuvo una plaza en el Ministerio de Obras Públicas y al año siguiente, con una excedencia, fue a Barcelona para trabajar como corrector de estilo, donde conoció a quienes fueron algunos de sus compañeros de viaje, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo. Durante esa permanencia recibió uno de los honores del Premio Adonais por Áspero mundo (1956), primero de sus libros, y de regreso a Madrid conoció a Juan García Hortelano, Gabriel Celaya y JM Caballero Bonald, otros de sus amigos entrañables y con los cuales, estos y aquellos, haría parte de la nómina de los poetas y narradores de la Generación del 50.

Vendría luego ese cuarto de siglo de luchas sordas contra una tiranía que parecía no tener fin y que cerrará una puerta con su incorporación a la nómina de profesores de español de una universidad norteamericana y la muerte de Franco en 1975. Años que le llevaron de un sitio a otro, a Inglaterra, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Alemania, Checoslovaquia, a vincularse y separarse del Partido Comunista de España, a Colliure para hacer parte de los actos que conmemoraban los veinte años del fallecimiento de Antonio Machado mientras huía del fin de la guerra; a recibir el premio homónimo de Ruedo Ibérico en Paris y a reunir toda su poesía bajo la seña de Palabra sobre palabra, reeditada sin descanso hasta los mismos días de su muerte, viejo y desilusionado para siempre de este mundo, recibiendo el cariño de miles de sus compatriotas y la admiración creciente del mundo intelectual de su lengua mientras tomaba el whisky del atardecer en una añosa cafetería de su barrio madrileño en la plaza de San Juan de la Cruz, donde moriría.

González fue el poeta de su generación que con mayor insistencia defendió el com­promiso en poesía, aunque distinguiendo entre compromiso y mediatización. Para él, la poe­sía es conocimiento porque expresa al poeta en sus sentimientos y sus ideas. Frente a la poesía combativa y entusiasta de los celayistas, la suya fue ambigua y teñida de ironía, desilusión y crítica, una invectiva a la sociedad que reclama en el lector conciencia frente al entorno. No obstante, sostuvo que aquella poesía política fue inevitable y res­pondía a una necesidad. Incluso recuerda que su poesía y la de muchos de sus compañeros compar­tió aquel optimismo que quería cambiar el mundo con un verso: “Todo eso no duró mucho, es cierto, y además nunca dejamos de ser fieles a nuestra experiencia personal ni a nuestras ideas(Campbell). De todas maneras, si “Celaya hablaba de la poesía como herramienta para transformar el mun­do, en realidad debemos reconocer que nuestra poesía no transformó nada. El mundo no se trans­forma con poemas” (Alvarado). Su poesía es en­tonces “expresión de una actitud moral, de un compromiso respecto a las cosas más graves que suceden en la historia que, de alguna manera, es­tamos protagonizando” (Ribes: Poesía última, 58).

La poesía de Ángel González es urbana, hecha de paisajes con es­cenas, vividas o contempladas, individual o social­mente, en grandes ciudades. Lo rural no fue materia del presente en sus poemas, será el pasado y la nostalgia, nunca lo que se tiene o se padece hoy.

Pronto, en su juventud, encontró la poesía anterior a la guerra civil y mucha de sus contemporáneos teñida de ruralismo. “Des­de la generación del noventaiocho, la temática de la poesía española, los símbolos, ha­bían cambiado poco, estaban muy amanerados, muy reducidos a una España de agricultura casi medieval, de arado romano, y esa España ya es­taba cambiando en los años cincuenta, estaba de­sapareciendo” (Alvarado). Por ello centrará su aten­ción en el mundo citadino, mostrando que su ex­periencia se correspondía a la de una mayoría de gentes que vivían un renacer de España durante los cincuentas.

Cuando publica Áspero mundo (1956), tiene treinta y un años. Un libro de imaginarias experiencias amorosas desde las derrotas individuales hasta las colectivas, donde sin recato imita tradiciones de la lírica juanramoniana, de Antonio Machado, los más hábiles sonetistas o tonos y ritmos de Celaya y Otero. El testimonio de un universo social que no ha elegido, un mundo duro de vi­vir o compartir, “El éxito de todos los fracasos. / La enloquecida/ fuerza del desaliento”. La vida, arduo ejer­cicio de hipocresía donde nadie es feliz:

 … y sonríen, a veces, cuando hablan.

Y se dicen, incluso,

palabras de amor. Pero

se aman

de dos en dos

para odiar de mil

en mil. Y guardan

toneladas de asco

por cada

milímetro de dicha.

 (Todos ustedes parecen felices)

La segunda sección del libro ofrece otra visión, esta vez nostálgica, de la experiencia. Desfilan los recuerdos, lo que hacía acariciable la infancia: la lluvia, “un vapor dulce, como el alien­to/ de un buey, cálidamente exhalan/ los árboles“; el jardín con sus girasoles, rosas, jazmines, dalias, begonias, pensamientos, violetas, claveles, alhelíes; añoranzas de pájaros, árboles y el recuerdo de unos amores junto al mar, donde “tus piernas, tus dulces piernas,/ enternecen las olas”.

La dureza que depara los asuntos y el lenguaje de Áspero mundo fue la respuesta de González a una realidad social que no eligió y que tampoco pudo cambiar: “Lo que ocurre es que nosotros, o por lo menos yo, vi­vimos una realidad en la que no estamos integra­dos. Me refiero a la realidad social, no a la natu­ral o puramente física. Esa realidad social me ha sido dada. Yo no intervine para nada en su forma­ción, ni veo el medio de luchar contra ella para modificarla” (Campbell).

Sin esperanza, con convencimiento (1961) fue escrito “en unos años de optimismo, de fe en unas teorías estéticas próximas a cierto realismo socialista”. Pero el desaliento mácula muchas páginas que como en “Campo de batalla” re­construye posibles escenas finales para la Guerra Civil, o que en “Sé lo que es esperar”, hace vocación de fe en el futuro, después de “esperé tantos/ días y tantas cosas en mi vida”. La palabra muerte rige muchos de los textos donde las ciudades son apenas escenario de la desolación y el desamor. Un pesimismo resultante de la situación particular de la España de posguerra, y que vivían casi todas las sociedades europeas que sentían la derrota del humanismo en la Guerra Fría. Un sentimiento general de frustración y abandono cosido a la violencia urbana, repe­tida en soledad, aún llegada la vida adulta y la madurez del espíritu. En Muestra (1977) las cucarachas pro­testan cuando lee de noche, la luz les mo­lesta para pasearse por las habitaciones:

Ahora hablan de presentar un escrito de queja

al presidente de la República.

Y yo me pregunto:

¿en qué país se creerán que viven?

estas cucarachas no leen los periódicos.

  (Dato biográfico)

 Esperanza hecha dolor porque no llega nunca.

Te llaman porvenir

porque no vienes nunca.

………………………………………….

Y mañana será otro día tranquilo,

un día como hoy, jueves o martes,

cualquier cosa y no eso

que esperamos aún, todavía, siempre.

 (Porvenir)

 El paso, inexorable, del tiempo. Otro de sus poemas arremete contra las estatuas, que sobreviviendo generaciones  un día serán también pasto del olvido:

Pero

vuestra arrogancia

inmóvil, vuestra fría

belleza,

la desdeñosa fe del inmutable

gesto, acabarán

un día.

El tiempo es más tenaz.

La tierra espera

por vosotras también.

(Mensaje a las estatuas)

Luego vendría Grado elemental (1962), que ganó el premio Antonio Machado; Palabra so­bre palabra (1965) y Tratado de urbanismo (1967), que sigue siendo su libro más interesante.

Amor, tiempo y muerte sustanciarán de ahora en adelante, y por partes iguales, la obra del poeta. Sentir que el presente está controlado por la alienación, por la violencia citadina, la inutilidad y cambio de carácter de las palabras, hace que el hombre sea una parodia de sí mismo, un golem a su imagen y semejanza. Todo está cosificado en las ciudades y es irrecuperable el mundo del ayer, los nostálgicos días rurales de la infancia.

Tratado de urbanismo es el libro donde Gonzalez alcanzó su más alto tono y significación. En él confluyen los recursos que fue capaz de emplear desde las tradiciones hasta los vanguardismos. Pero es su tono, esa distancia brechtiana que también sus compañeros de generación, Caballero y Gil, digamos, crearon como personajes poéticos y les hicieron únicos en la segunda mitad del siglo XX. Ellos, críticos del entorno, la historia, y de sí mismos, sepultureros de su propio cadáver. En estos versos yace Ángel González, que sobrevivía gracias a él Ángel Gonzalez de Áspero mundo o Grado elemental. La palabra es ahora sarcasmo y mero juego, escoria, nada. En Los sábados, las prostitutas madrugan mucho para estar dispuestas, mientras se van levantando entrada la mañana, fuera de sus casas el mundo rueda, inexorable, como cosa. Todo carece de sentido. La somnolencia con que se visten es el ritmo de toda vida:

Elena despertó a las dos y cinco,

abrió despacio las contraventanas

y el sol de invierno hirió sus ojos

enrojecidos. Apoyada

la frente en el cristal,

miró a la calle: niños con bufandas,

perros. Tres curas

paseaban.

En ese mismo instante,

Dora comenzaba

a ponerse las medias.

Las ligas le dejaban

una marca en los muslos ateridos.

Al encender la radio —”Aída;

marcha nupcial”—,

recordaba palabras

—”Dora, Dorita, te amo”—

a la vez que intentaba

reconstruir el rostro de aquel hombre

que se fue ayer —es decir, hoy—de madrugada,

y leía distraída una moneda:

“Veinticinco pesetas”. “… por la gracia

de Dios”.

(Y por la cama)

Eran las tres y diez cuando Conchita

se estiraba

la piel de las mejillas

frente al espejo. Bostezó. Miraba

su propio rostro con indiferencia.

Localizó tres canas

en la raíz oscura de su pelo

amarillo. Abrió luego una caja

de crema rosa, cuyo contenido

extendió en torno a su nariz. Bostezaba.

y aprovechó aquel gesto

indefinible para

comprobar el estado

de una muela careada

allá en el fondo de sus fauces secas,

inofensivas, turbias, algo hepáticas.

Por otra parte,

también se preparaba

la ciudad.

El tren de las catorce treinta y nueve

alteró el ritmo de las calles. Miradas

vacilantes, ojos

confusos, planteaban

imprecisas preguntas

que las bocas no osaban

formular.

En los cafés, entraban

y salían los hombres, movidos

por algo parecido a una esperanza.

Se decía que aún era temprano. Pero

a las cuatro, Dora comenzaba

a quitarse las medias —las ligas

dejaban una marca en sus muslos.

Lentas, solemnes, eclesiásticas,

volaban de las torres

palomas y campanas.

Mientras

se bajaba la falda,

Conchita vio su cuerpo

—y otra sombra vaga—

moverse en el espejo

de su alcoba. En las calles y plazas

palidecía la tarde de diciembre. Elena

cerró despacio las contraventanas.

La nostalgia de la infancia es evidente en Tra­tado de urbanismo, incluso en Muestra. Al preguntar cuál fue ese mundo perdido dijo que la pérdida de la causa que representaba la Guerra Civil, “una causa a la que todo mi mundo infantil había apos­tado y esa derrota colectiva se va a transformar también en una derrota personal y familiar muy concreta, de manera que todo eso que se perdió en la guerra, una serie de ilusiones, esperanzas, posiblemente transformadas por mí en algo ma­ravilloso porque yo entonces era un niño que no sometía a análisis las vivencias, la pérdida de to­do eso es lo que también se aprecia en mi poe­sía, pérdida de la infancia, paso del tiempo, pér­dida de una serie de ilusiones representadas en la derrota sufrida y después, pequeñas batallas per­sonales perdidas en el terreno del amor”.

La poesía de González se debate entre dualidades: paraíso perdido y vida adulta, sueños y realidad, deseos y realidad, apariencias y verda­des, el ser y lo que no quisiera que fuese, la apa­riencia y su máscara rota. Los recursos estilísticos serán la ironía, el disimulo o la ignorancia fingida que contrasta la vida urbana y el mundo rural, o el monólogo dramático que usó con eficacia inigualable Robert Browning y perfeccionó Kavafis, y el correlato objetivo de Eliot, visualizado en el cinematógrafo y carnaza de los filmes de Chaplin. Monólogo, correlato e ironía están en estas fragmentarias Lecciones de buen amor:

Se amaban.

No demasiado jóvenes ni hermosos,

algo marcados ya por la fatiga

de convivir durante aquellos años,

una alimentación con excedentes

de azúcar y de grasa había dañado

su silueta,

desdibujando la esbeltez del cuello,

añadiendo volúmenes al vientre

y cierta pesadez a las caderas.

Pero se amaban y se mantenían

juntos. Juntos se les veía

en la misa de doce, los domingos,

ella con su astracán y sus carrillos

empastados en rosa, él con su aire

de hombre abstraído y su corbata

de seda natural, made in Italia.

Juntos con otros seres también juntos

pasaban las veladas de la tarde

exponiendo al unísono

idénticas creencias,

defendiendo los mismos ideales,

atacando los vicios más comunes

……………………………………………………………….

del volumen, decía, de su carne

húmeda y abundante, trasladada

solamente por las piernas

cortas hasta el asiento

delantero de un coche americano

donde, a solas, pensaban

en esa cosa extraña que es la vida

y se veían

tal como eran por dentro, justamente,

con toda exactitud el uno al otro,

pasando

mental revista a un asco introvertido

en la letal penumbra de las glándulas

y a un mutuo horror basado en experiencias

más lúcidas —no mucho más—, es lógico. Pero

no se lo decían nunca, porque

—como afirmaban todos sus amigos—

¡se amaban tanto, tanto, tanto!

 De un amor urbanizado, dice Gon­zález, sólo queda, a la larga, una apariencia que regalamos al público.

Ángel Gonzalez vivió muchos años en Albuquerque, yo le conocí en el Madrid del tardo franquismo, antes que cayera en manos de sus últimos usureros,  cuando aún departía con Barral y Gil de Biedma, o Aurora de Albornoz y Pepe Esteban o Caballero Bonald, caminando noche arriba al dejar el Gijón, entrando a Oliver y Bocaccio y más tarde a los drugstores de Velásquez y Fuencarral donde aparecerían Paco Brines, Bousoño, Claudio Rodriguez para terminar la faena en los mercados apestosos a pescado de San Fernando o la Cebada, bebiendo entre camioneros con las reses al hombro, descendiendo a los bares cutres de esos años donde todo parecía venir pero no llegaba. Y las curdas inolvidables, de los tres que ahora evoco, en el piso de San Juan de la Cruz: Hortelano, Caballero y Gonzalez haciendo picadillo una frase sin duda inolvidable de Carlos Bousoño mientras contradecía a Jaime Gil de Biedma. Han pasado los años, habría dicho el poeta.

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La retórica de Carlos Jiménez

Carlos Jiménez llegó a la universidad apenas cumplidos sus dieciséis años y desde entonces no ha dejado de estar vinculado a la docencia y las actividades culturales. Fue precisamente en los talleres de la facultad de arquitectura de la Universidad del Valle cuando le conocí, en cuya mesa de dibujo permanecía, día y noche, un libro de Louis Althusser, un argelino que había publicado en 1965 un pretencioso volumen titulado Para leer El Capital, que se convertiría en la Biblia de los supuestos marxistas de nuestro tiempo. Ambos hicimos parte de la llamada Federación de Estudiantes y fuimos responsables de sus actividades culturales. Durante varios años ejerció, desatinadamente, la política. Creía que se podía, en una vida, cambiar el mundo. Pero poco a poco, quizás y merced a los viajes, fue cayendo en el hondo pozo de donde ahora no saldrá: la interpretación del arte y sus miríadas de variantes, actos que ejerce en los periódicos y las revistas especializadas.

Desde aquellos años ha hecho gala de su infatigable memoria y de sus conocimientos enciclopédicos en las más variadas materias, desde la geografía, la historia, el psicoanálisis, la terapéutica, la botánica, los alicorantes, la prosodia o los viajes imaginarios, que con el tiempo, hizo realidad. Yo recuerdo vivamente como me asombraba citando nombres de raras capitales como Bagdad, Lhasa, Ankara, Ulam Bator, Samarcanda o Islamabad, así muchos de ellos aparecieran en los libros de uno de sus autores preferidos de entonces, Álvaro Mutis. Y como, en medio de las más arduas noches de juerga, Jiménez recitaba largos fragmentos de su libro de bebecera: Rayuela de Julio Cortazar, donde Morelli, uno de sus personajes, delira a lo largo de la novela construyendo intrincadas teorías sobre la literatura y el pensamiento.

Morelli es un escritor sin amigos y sin lectores. No obstante, en sus teorías encontramos un manifiesto que atañe a la literatura como liberación. Ante las vicisitudes de la historia contemporánea, el intelectual se encuentra solo, perseguido muchas veces por la izquierda y la derecha, por los gobiernos legítimamente constituidos y por las convenciones sociales. Para él, la mayoría de las veces, solamente queda el lector como destinatario de una posible comunicación. Pero este hipotético lector está masificado, acosado por los medios de información modernos. Entonces Morelli propone  “Intentar un texto que no atrape al lector pero lo haga obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos esotéricos”. El lector debe dejar de ser un ente pasivo que adquiere la obra, la almacena, la lee y la elimina y se convierte en un compinche, un camarada de camino del autor.

Luego de publicar varios libros sobre arquitectura, poesía y crítica de arte, Jiménez ofreció al respetable una suerte de extendida metáfora sobre la creación y/o sobre la existencia. Los rostros de medusa, estudios sobre la retórica fotográfica, fue según sus editores, una exploración sobre la fotografía asumida como persuasión y verosimilitud, mejor que como imagen o fuente de verdad. Es decir, más como juego que como realidad.

Medusa fue una de las monstruosas hijas de Forcis y Ceto. Parecida a un dragón, cubierta de escamas y con serpientes en la cabeza en vez de cabellos, tenía alas, colmillos y una enorme lengua que como un perro acezante llevaba siempre fuera de su boca. Pero si sus hermanas eran inmortales, Medusa fue mortal. Muerta por Perseo, de su sangre nació el caballo alado Pegaso. Con su mirada podía convertir en piedra a las personas y como la fotografía, según Carlos Jiménez, mataba.

La retórica es hoy concebida como una práctica cuyo propósito es influir en la opinión o en los sentimientos de la gente y de alguna manera es uno de los rostros de la propaganda. Para Corax de Siracusa fue el arte supremo de la seducción. Y aun cuando desde la modernidad había caído en franco desprestigio, la posguerra atómica, con sus dislates y ruinas de la realidad y la política, la han resucitado como el artificio supremo de la distracción filosófica. La gran mayoría de los prestigiosos pensadores franceses de nuestro siglo no son más que retóricos y nuestro Jorge Luis Borges, el más grande de todos ellos, no a partir de un deseo de engañar al lector sino más bien de tomarle del pelo.

Por estas y otras razones que no puedo exponer ahora, aquel libro de Jiménez es un tratado o critica de arte y una especie de prolongada metáfora del entretenimiento y la errancia, usando de la fotografía y las medusas como símbolos de la ruina del pasado, es decir, de todo aquello que fue joven ayer. Todo presente con conciencia es una penosa vejez. Y para olvidar lo que fue supuestamente feliz, nada mejor que un libro como ese. Los rostros de medusa son un bello poema a la obsolescencia y el fracaso de la vida. “Mirar al espejo y subrayar los avances de la decadencia”, había ya dicho en Icaro, uno de los textos de Travesía del ojo, su libro de poemas. Y como su amado Morelli de los años de juventud, Jiménez nos hace cómplices de sus imaginarios y esotéricos viajes por las cavernas de las ideologías y la memoria.

Escorpio con ascendiente en escorpio, Jiménez [Cali, 1947] estudió arquitectura en la Universidad del Valle donde fue Profesor Titular de Teoría e Historia del Arte y decano de Cultura, cargo que abandonó luego de verse envuelto en una historia de fábula sobre una inmensa escultura de Eduardo Ramirez Villamizar que no se supo dónde fue a parar ni si acaso existe. Maestro de la Universidad Nacional de Colombia, ha escrito en revistas y periódicos de España [El Pais, El Mundo] y América [El Pais, Art Nexus] y hace ya una década en El arte de husmear. Entre sus libros figuran Extraños en el paraíso: ojeadas al arte de los ochenta; el poemario Travesía del ojo; Arquitectura, subdesarrollo y revolución (con la colaboración de Emilio Pradilla), Del espacio arquitectónico a la arquitectura como mercancía (con la colaboración de Hugo García) y La escena sin fin. El arte en la era de su big bang.

 

Los cien años de Miller

Cuando Henry Miller cumplió cien años ni Time, ni Newsweek ni The New York Time Books Review, ni los periódicos ingleses se ocuparon de él. Sólo Stern dedicó varias páginas para recordar al hereje.

Miller vivió en carne propia la época de disolución de los valores de la sociedad inventada por Cornelius Vanderbilt y John Pierpont Mor­gan, y fue uno de esos hombres “libres” de la América de Whitman, que tuvieron que exiliarse voluntariamente en otros mundos porque en casa no podían abrir la boca ni sus libros serían publicados. Apenas terminaban de morir Poe, Whitman y Thoreau, cuando los millonarios que habían ganado la Guerra de Secesión cambiaron el rumbo libe­ral y se transformaron en unos patanes imperiales, enemigos de la cultura y cerriles voceros de lo peor que habían incubado los fanáticos religiosos norteamericanos. Miller fue resultado de esos cambios. También Hemingway y Dos Passos y otros tantos intelectuales que perdieron sus almas en París durante los veinte.

Trópico de Cáncer fue publicada a instancias de Lawrence Durrell y Anais Nin. La vida que circula por la novela es apenas un pálido reflejo de las noches y los días vividos en el París ame­­ricano de la década, cuando por la ciudad cir­cu­laba un enjambre de buscadores de fama y riquezas. Ge­nios sin interlocutores, desquiciados mentales, ham­brientos, estafa­dores y camelistas. París es como una puta, dice Miller al comienzo del capítulo octavo: de lejos es bella, de cerca da asco.

Miller ganó audiencia, entre otros méritos, pues los lecto­res creían encontrar en sus novelas una comprobación y un camino para sus fantasías eróticas. Siempre encon­traban otra cosa. Lo escandaloso de la obra era más bien el fulgor de especula­ciones que hilaban los que no habían logrado leerlo, en un sen­ti­do literal, si no poético. Miller es­cri­bió para retratar la vida de los emigrados, con sus ino­pias y mezquindades, mien­tras los lectores llevaban a cuestas un moralismo que ahora está pasado de moda. Muchas de las cosas que cuenta quizá no llegaron a reali­zarse sino cuando la composición de los Trópicos permitió cele­brar la fiesta de la carne y la condena del puritanismo.

Convencido que la soledad es consustancial a la creación, máxime si es indigente y malogrado, durante la escritura de los Trópicos se propuso, como Lazarillo de Tormes, retratar sin juicio todo lo que iba encontrando en el camino de sus tribulaciones, y que, opinaba, omitía los libros de entonces, como lo estaba haciendo Céline. La vida era un continuo drama donde todo el mundo echaba a perder sus vidas cargando una tragedia tejida de infortunios, hastíos, aflicciones, suicidios, frustraciones y futilidades. Y sin embargo, como su estilo, en vez de hundirse en el fango, salta de contento, vive más y más. Un mundo muerto sin sepultura donde quien narra es mortaja.

Hijo de alemanes luteranos, Miller nació en Yorkville en el alto Manhattan, pero vivió nueve años en Brooklyn donde terminó la primaria. Luego fue activista del Partido Socialista y estuvo un semestre en City College. New York tenía más de diez millones de inmigrantes, en su mayoría desertores de las crisis económicas y las persecuciones religiosas. Y estaban en pie las mansiones de Washington Square, Plaza Lafayette, Quinta Avenida, Brooklyn Heights y Marcus Garvey Park donde la nueva burguesía vivía sometida a los códigos victorianos  y una clase media de artesanos, vendedores ambulantes y empleados hacía su lenta e imparable quimera.

A los treinta y dos años, empleado de Western Unión, casado por seis y una hija de cinco,  conoció a June Mansfield, de veintiuno  y  renunciando al empleo decidió ser escritor, como ha recordado con sus escapadas sexuales, fracasos, filosofía y amigos en The Rosy Crucifixion. Luego, en plena quiebra del mundo fue con June a Paris adonde volvió solo dos años más tarde y se puso a escribir Tropic of Cancer: “Mañana comienzo el libro de Paris, en primera persona, sin censura, sin forma, jodiendo a todo el mundo”. Y aun cuando tenía poco o ningún dinero, todo cambió al conocer a Anais Nin, que acabó manteniéndole, pagando incluso la renta de Villa Seurat. Anais fue su amante y como se sabe financió la primera edición con dinero de otro. En sus numerosos diarios recuerda sus enredos con Miller y June, a quien él dejaría en 1934. Esos fueron los años de trabajó en la edición parisina del Chicago Tribune, donde firmaba sus notas con un nombre ajeno, quien era quien cobraba, y cuando hizo migas con Lawrence Durrell y los surrealistas. En 1981 filmó Reds con Warren Beatty, sobre la vida de John Reed y Louise Bryant. Durante cuatro años, justo antes de su muerte, escribió mil quinientas cartas a una actriz porno que salía en Playboy. Fue pintor y pianista.

Senil, dijo que prefería el amor al sexo, que nunca quiso ser un macho cabrío. Sin embargo, sus deseos con­tribuyeron a que tengamos una idea diferente de las relaciones sexuales. A nadie incomoda hoy entender que los cuerpos deben unirse no sólo por amor sino en los esporádicos goces que depara la carne soltera. En este punto el cristianismo perdió una forma de dominio, al descubrir con Miller, la “primavera negra” de los hombres y mujeres amándose sin identi­dad, a lo Paul y Jeanne,  en los primeros minutos de El úl­ti­mo tango