Henry Miller

Cuando Henry Miller cumplió cien años ni Time, ni Newsweek ni The New York Time Books Review, ni los periódicos ingleses se ocuparon de él. Sólo Stern dedicó varias páginas al hereje.

Miller vivió en carne propia la época de disolución de los valores de la sociedad inventada por Cornelius Vanderbilt y John Pierpont Mor­gan, y fue uno de esos hombres “libres” de la América de Whitman, que tuvieron que exiliarse voluntariamente en otros mundos porque en casa no podían abrir la boca ni sus libros serían publicados. Apenas terminaban de morir Poe, Whitman y Thoreau, cuando los millonarios que habían ganado la Guerra de Secesión cambiaron el rumbo libe­ral y se transformaron en unos patanes imperiales, enemigos de la cultura y cerriles voceros de lo peor que habían incubado los fanáticos religiosos norteamericanos. Miller fue resultado de esos cambios. También Hemingway y Dos Passos y otros tantos intelectuales que perdieron sus almas en París durante los veinte.

Trópico de Cáncer fue publicada a instancias de Lawrence Durrell y Anais Nin. La vida que transita por la novela es apenas un pálido reflejo de las noches y los días vividos en el París ame­­ricano de la década, cuando por la ciudad cir­cu­laba un enjambre de buscadores de fama y riquezas. Ge­nios sin interlocutores, desquiciados mentales, ham­brientos, estafa­dores y camelistas. París es como una puta, dice Miller al comienzo del capítulo octavo: de lejos es bella, de cerca da asco.

Miller ganó audiencia, entre otros méritos, pues los lecto­res creían encontrar en sus novelas una comprobación y un camino para sus fantasías eróticas. Siempre encon­traban otra cosa. Lo escandaloso de la obra era más bien el fulgor de especula­ciones que hilaban los que no habían logrado leerlo, en un sen­ti­do literal, si no poético. Miller es­cri­bió para retratar la vida de los emigrados, con sus ino­pias y mezquindades, mien­tras los lectores llevaban a cuestas un moralismo que ahora está pasado de moda. Muchas de las cosas que cuenta quizá no llegaron a reali­zarse sino cuando la composición de los Trópicos permitió cele­brar la fiesta de la carne y la condena del puritanismo.

Convencido que la soledad es consustancial a la creación, máxime si es indigente y malogrado, durante la escritura de los Trópicos se propuso, como Lazarillo de Tormes, retratar sin juicio todo lo que iba encontrando en el camino de sus tribulaciones, y que, opinaba, omitía los libros de entonces, como lo estaba haciendo Céline. La vida era un continuo drama donde todo el mundo echaba a perder sus vidas cargando una tragedia tejida de infortunios, hastíos, aflicciones, suicidios, frustraciones y futilidades. Y sin embargo, como su estilo, en vez de hundirse en el fango, salta de contento, vive más y más. Un mundo muerto sin sepultura donde quien narra es mortaja.

Hijo de alemanes luteranos, Miller nació en Yorkville en el alto Manhattan, pero vivió nueve años en Brooklyn donde terminó la primaria. Luego fue activista del Partido Socialista y estuvo un semestre en City College. New York tenía más de diez millones de inmigrantes, en su mayoría desertores de las crisis económicas y las persecuciones religiosas. Y estaban en pie las mansiones de Washington Square, Plaza Lafayette, Quinta Avenida, Brooklyn Heights y Marcus Garvey Park donde la nueva burguesía vivía sometida a los códigos victorianos  y una clase media de artesanos, vendedores ambulantes y empleados hacía su lenta e imparable quimera.

A los treinta y dos años, empleado de Western Unión, casado por seis y una hija de cinco,  conoció a June Mansfield, de veintiuno  y  renunciando al empleo decidió ser escritor, como ha recordado con sus escapadas sexuales, fracasos, filosofía y amigos en The Rosy Crucifixion. Luego, en plena quiebra del mundo fue con June a Paris adonde volvió solo dos años más tarde y se puso a escribir Tropic of Cancer: “Mañana comienzo el libro de Paris, en primera persona, sin censura, sin forma, jodiendo a todo el mundo”. Y aun cuando tenía poco o ningún dinero, todo cambió al conocer a Anais Nin, que acabó manteniéndole, pagando incluso la renta de Villa Seurat. Anais fue su amante y como se sabe financió la primera edición con dinero de otro. En sus numerosos diarios recuerda sus enredos con Miller y June, a quien él dejaría en 1934. Esos fueron los años de trabajó en la edición parisina del Chicago Tribune, donde firmaba sus notas con un nombre ajeno, quien era quien cobraba, y cuando hizo migas con Lawrence Durrell y los surrealistas. En 1981 filmó Reds con Warren Beatty, sobre la vida de John Reed y Louise Bryant. Durante cuatro años, justo antes de su muerte, escribió mil quinientas cartas a una actriz porno que salía en Playboy. Fue pintor y pianista.

Senil, dijo que prefería el amor al sexo, que nunca quiso ser un macho cabrío. Sin embargo, sus deseos con­tribuyeron a que tengamos una idea diferente de las relaciones sexuales. A nadie incomoda hoy entender que los cuerpos deben unirse no sólo por amor sino en los esporádicos goces que depara la carne soltera. En este punto el cristianismo perdió una forma de dominio, al descubrir con Miller, la “primavera negra” de los hombres y mujeres amándose sin identi­dad, a lo Paul y Jeanne,  en los primeros minutos de El úl­ti­mo tango

 

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