La retórica de Carlos Jiménez

Carlos Jiménez llegó a la universidad apenas cumplidos sus dieciséis años y desde entonces no ha dejado de estar vinculado a la docencia y las actividades culturales. Fue precisamente en los talleres de la facultad de arquitectura de la Universidad del Valle cuando le conocí, en cuya mesa de dibujo permanecía, día y noche, un libro de Louis Althusser, un argelino que había publicado en 1965 un pretencioso volumen titulado Para leer El Capital, que se convertiría en la Biblia de los supuestos marxistas de nuestro tiempo. Ambos hicimos parte de la llamada Federación de Estudiantes y fuimos responsables de sus actividades culturales. Durante varios años ejerció, desatinadamente, la política. Creía que se podía, en una vida, cambiar el mundo. Pero poco a poco, quizás y merced a los viajes, fue cayendo en el hondo pozo de donde ahora no saldrá: la interpretación del arte y sus miríadas de variantes, actos que ejerce en los periódicos y las revistas especializadas.

Desde aquellos años ha hecho gala de su infatigable memoria y de sus conocimientos enciclopédicos en las más variadas materias, desde la geografía, la historia, el psicoanálisis, la terapéutica, la botánica, los alicorantes, la prosodia o los viajes imaginarios, que con el tiempo, hizo realidad. Yo recuerdo vivamente como me asombraba citando nombres de raras capitales como Bagdad, Lhasa, Ankara, Ulam Bator, Samarcanda o Islamabad, así muchos de ellos aparecieran en los libros de uno de sus autores preferidos de entonces, Álvaro Mutis. Y como, en medio de las más arduas noches de juerga, Jiménez recitaba largos fragmentos de su libro de bebecera: Rayuela de Julio Cortazar, donde Morelli, uno de sus personajes, delira a lo largo de la novela construyendo intrincadas teorías sobre la literatura y el pensamiento.

Morelli es un escritor sin amigos y sin lectores. No obstante, en sus teorías encontramos un manifiesto que atañe a la literatura como liberación. Ante las vicisitudes de la historia contemporánea, el intelectual se encuentra solo, perseguido muchas veces por la izquierda y la derecha, por los gobiernos legítimamente constituidos y por las convenciones sociales. Para él, la mayoría de las veces, solamente queda el lector como destinatario de una posible comunicación. Pero este hipotético lector está masificado, acosado por los medios de información modernos. Entonces Morelli propone  “Intentar un texto que no atrape al lector pero lo haga obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos esotéricos”. El lector debe dejar de ser un ente pasivo que adquiere la obra, la almacena, la lee y la elimina y se convierte en un compinche, un camarada de camino del autor.

Luego de publicar varios libros sobre arquitectura, poesía y crítica de arte, Jiménez ofreció al respetable una suerte de extendida metáfora sobre la creación y/o sobre la existencia. Los rostros de medusa, estudios sobre la retórica fotográfica, fue según sus editores, una exploración sobre la fotografía asumida como persuasión y verosimilitud, mejor que como imagen o fuente de verdad. Es decir, más como juego que como realidad.

Medusa fue una de las monstruosas hijas de Forcis y Ceto. Parecida a un dragón, cubierta de escamas y con serpientes en la cabeza en vez de cabellos, tenía alas, colmillos y una enorme lengua que como un perro acezante llevaba siempre fuera de su boca. Pero si sus hermanas eran inmortales, Medusa fue mortal. Muerta por Perseo, de su sangre nació el caballo alado Pegaso. Con su mirada podía convertir en piedra a las personas y como la fotografía, según Carlos Jiménez, mataba.

La retórica es hoy concebida como una práctica cuyo propósito es influir en la opinión o en los sentimientos de la gente y de alguna manera es uno de los rostros de la propaganda. Para Corax de Siracusa fue el arte supremo de la seducción. Y aun cuando desde la modernidad había caído en franco desprestigio, la posguerra atómica, con sus dislates y ruinas de la realidad y la política, la han resucitado como el artificio supremo de la distracción filosófica. La gran mayoría de los prestigiosos pensadores franceses de nuestro siglo no son más que retóricos y nuestro Jorge Luis Borges, el más grande de todos ellos, no a partir de un deseo de engañar al lector sino más bien de tomarle del pelo.

Por estas y otras razones que no puedo exponer ahora, aquel libro de Jiménez es un tratado o critica de arte y una especie de prolongada metáfora del entretenimiento y la errancia, usando de la fotografía y las medusas como símbolos de la ruina del pasado, es decir, de todo aquello que fue joven ayer. Todo presente con conciencia es una penosa vejez. Y para olvidar lo que fue supuestamente feliz, nada mejor que un libro como ese. Los rostros de medusa son un bello poema a la obsolescencia y el fracaso de la vida. “Mirar al espejo y subrayar los avances de la decadencia”, había ya dicho en Icaro, uno de los textos de Travesía del ojo, su libro de poemas. Y como su amado Morelli de los años de juventud, Jiménez nos hace cómplices de sus imaginarios y esotéricos viajes por las cavernas de las ideologías y la memoria.

Escorpio con ascendiente en escorpio, Jiménez [Cali, 1947] estudió arquitectura en la Universidad del Valle donde fue Profesor Titular de Teoría e Historia del Arte y decano de Cultura, cargo que abandonó luego de verse envuelto en una historia de fábula sobre una inmensa escultura de Eduardo Ramirez Villamizar que no se supo dónde fue a parar ni si acaso existe. Maestro de la Universidad Nacional de Colombia, ha escrito en revistas y periódicos de España [El Pais, El Mundo] y América [El Pais, Art Nexus] y hace ya una década en El arte de husmear. Entre sus libros figuran Extraños en el paraíso: ojeadas al arte de los ochenta; el poemario Travesía del ojo; Arquitectura, subdesarrollo y revolución (con la colaboración de Emilio Pradilla), Del espacio arquitectónico a la arquitectura como mercancía (con la colaboración de Hugo García) y La escena sin fin. El arte en la era de su big bang.

 

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One response to “La retórica de Carlos Jiménez

  1. Extraordinario texto que nos permite ver la imagen más allá de lo que muestra una gráfica. La fotografía es sin duda un misterio tan grande como la vida. Nos presenta en veces “realidades ” que no existen y que gracias al congelador de las horas, el producto se corrompe sin expedir mal olor, pero altera la imaginacion.

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