Agustín Yáñez

Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez (Guadalajara, 1904-1980) es una de las novelas más importantes del siglo XX, pero también una de las más desconocidas. Según Octavio Paz, es «una tentativa por penetrar en ciertas zonas brumosas del hombre, ahí donde la humildad se confunde con la soberbia, la castidad se transforma en lujuria, la piedad en crueldad. […] se trata de una nueva versión del viejo diálogo entre la religión y el erotismo.»

La novela ofrece varias historias individuales y un drama colectivo donde participan conscientes o inconscientes los pobladores de una aldea mexicana antes de la Revolución de 1910. El conflicto surge al llegar Victoria, que pone en crisis el ascetismo y la hipocresía del lugar. Ella simboliza, sentimentalmente, la Revolución, su presencia propicia un nuevo orden, unos nuevos valores. Pero también hace que las vidas de los Otros se humanicen. Yáñez retrata la vida monástica, somnolienta en un pueblo encerrado, donde toda influencia y persona extraña es rechazada. Así, el protagonista de la novela no es un individuo sino el pueblo mismo. «No existe en nuestra amplia narrativa revolucionaria -dice Emmanuel Carballo- un texto que indique con mayor sentido, sin descender al documento o la demagogia, cómo se vivía durante los últimos periodos presidenciales de Porfirio Díaz y, al mismo tiempo, aclare por qué surge y qué se propone la Revolución de 1910».

El título significa literalmente «que algo nuevo va a suceder», y eso que va a suceder es la revolución, que debe ofrecer justicia y esperanza para el pueblo. Lucas Macías, una especie de profeta, ve la nueva luz en el cometa Halley y el surgimiento de Madero, que abolirá la centenaria opresión, de la cual, en buena parte, es culpable la Iglesia. Macías advierte a los curas que México está en el camino de la tormenta y que las primeras piedras serán arrojadas contra ellos.

El anónimo, seco y remoto pueblo está dominado por las campanas y las frustraciones. Yáñez examina los sueños y los pensamientos de las víctimas de unas pasiones que no siempre pueden controlar. Marta, María, Damián, Micaela y Gabriel viven entre la superstición, el fanatismo, la ignorancia, el calendario litúrgico y el temor a la Iglesia, que amenaza con el purgatorio y les previene, constante, sobre el pecado. Durante el día pueden controlar sus deseos, pero llegada la noche la vida se hace oscura, opresiva, estéril y sombría. Sus pesadillas y complejos de culpa, que ningún rito religioso puede aliviar, hacen de sus vidas cargas inaguantables. Muchos de los sacerdotes temen a los cambios morales y de costumbres, o del sistema político; y los curas jóvenes, que sienten la necesidad del cambio, no permanecen. La Iglesia es responsable de las represiones sexuales y los complejos de culpa que ni siquiera la Revolución misma podrá cambiar: Micaela no escapará y antes de causar problemas entre Timoteo Limón y su hijo Damián, pagará con su vida. Victoria, la forastera, símbolo de tentación, saldrá inmune, pero dejando atrás una víctima, Luis Gonzaga Pérez, un joven seminarista que enloquece. Gabriel, el campanero, y María, la sobrina favorita de don Dionisio a quien Gabriel ama, escaparán, él para estudiar música y ella para alistarse en las fuerzas de Madero. Merceditas Toledo, víctima de sus deseos, permanecerá casta y enferma. Don Dionisio María Martínez, el benévolo, sincero y caritativo sacerdote, verá su pesadilla hacerse realidad cuando María se marche con los revolucionarios. El Padre Reyes, simpático y progresista, y el Padre Islas, el intransigente director de Las hijas de María, se enfrentarán y excluirán mostrando los estados sicológicos y las motivaciones interiores de un mundo muerto, habitado por las sombras del miedo, el odio, el amor y los fracasos. Un purgatorio en vida, la vida de México antes de la revolución. La novela concluye con el inminente fin del antiguo régimen. Habrá más miseria, más dolor, quizás grandes injusticias, pero el hombre prevalecerá.

Paralela en problemas y temas a las novelas de Azuela y Guzmán, Al filo del agua es radicalmente distinta en su forma pues Yáñez, en vez de pintar la naturaleza del conflicto de una manera naturalista, recrea esa realidad usando los métodos de la novela contemporánea. La principal preocupación de Yáñez reside en describir la Revolución desde los comienzos de su evolución social. Gran parte de la exposición narrativa y sus momentos culminantes son monólogos de los protagonistas mientras tratan de alcanzar el sueño, o durante los momentos de físico cansancio, de desmayo sicológico, soñando despiertos o caminando. El incesante paso de un personaje a otro es manejado cuidadosamente. Ningún rasgo establecido en una instancia anterior es olvidado o abandonado cuando el personaje reaparece. Cualquier visión o información que encontremos de sus subsecuentes apariciones sirven para enfatizar la personalidad ya establecida y para penetrar mas en las razones de su comportamiento. La prosa de Yáñez tiene un ritmo interno que quiere asemejarse a los ires y venires de la vida cotidiana y fluye desde las simples formas narrativas hacia una altura poética inédita entonces y que sólo volverá aparecer en novelas como Pedro Páramo  o Grande Sertão-Veredas.

 

Véase Alfonso Rangel: Agustín Yañez y su obra, México, 1969. Emmanuel Carballo: Agustín Yañez, en Protagonistas de la literatura mexicana, México, 1986. John Brushwood: La arquitectura en las novelas de Agustín Yañez; José Vasquez Amaral: La novelística de Agustín Yañez, en Homenaje a Agustín Yañez, New York, l973. José Luis Martínez: La obra de Agustín Yañez, en Prólogo a sus Obras escogidas, México, 1979.

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Henry Miller

Cuando Henry Miller cumplió cien años ni Time, ni Newsweek ni The New York Time Books Review, ni los periódicos ingleses se ocuparon de él. Sólo Stern dedicó varias páginas al hereje.

Miller vivió en carne propia la época de disolución de los valores de la sociedad inventada por Cornelius Vanderbilt y John Pierpont Mor­gan, y fue uno de esos hombres “libres” de la América de Whitman, que tuvieron que exiliarse voluntariamente en otros mundos porque en casa no podían abrir la boca ni sus libros serían publicados. Apenas terminaban de morir Poe, Whitman y Thoreau, cuando los millonarios que habían ganado la Guerra de Secesión cambiaron el rumbo libe­ral y se transformaron en unos patanes imperiales, enemigos de la cultura y cerriles voceros de lo peor que habían incubado los fanáticos religiosos norteamericanos. Miller fue resultado de esos cambios. También Hemingway y Dos Passos y otros tantos intelectuales que perdieron sus almas en París durante los veinte.

Trópico de Cáncer fue publicada a instancias de Lawrence Durrell y Anais Nin. La vida que transita por la novela es apenas un pálido reflejo de las noches y los días vividos en el París ame­­ricano de la década, cuando por la ciudad cir­cu­laba un enjambre de buscadores de fama y riquezas. Ge­nios sin interlocutores, desquiciados mentales, ham­brientos, estafa­dores y camelistas. París es como una puta, dice Miller al comienzo del capítulo octavo: de lejos es bella, de cerca da asco.

Miller ganó audiencia, entre otros méritos, pues los lecto­res creían encontrar en sus novelas una comprobación y un camino para sus fantasías eróticas. Siempre encon­traban otra cosa. Lo escandaloso de la obra era más bien el fulgor de especula­ciones que hilaban los que no habían logrado leerlo, en un sen­ti­do literal, si no poético. Miller es­cri­bió para retratar la vida de los emigrados, con sus ino­pias y mezquindades, mien­tras los lectores llevaban a cuestas un moralismo que ahora está pasado de moda. Muchas de las cosas que cuenta quizá no llegaron a reali­zarse sino cuando la composición de los Trópicos permitió cele­brar la fiesta de la carne y la condena del puritanismo.

Convencido que la soledad es consustancial a la creación, máxime si es indigente y malogrado, durante la escritura de los Trópicos se propuso, como Lazarillo de Tormes, retratar sin juicio todo lo que iba encontrando en el camino de sus tribulaciones, y que, opinaba, omitía los libros de entonces, como lo estaba haciendo Céline. La vida era un continuo drama donde todo el mundo echaba a perder sus vidas cargando una tragedia tejida de infortunios, hastíos, aflicciones, suicidios, frustraciones y futilidades. Y sin embargo, como su estilo, en vez de hundirse en el fango, salta de contento, vive más y más. Un mundo muerto sin sepultura donde quien narra es mortaja.

Hijo de alemanes luteranos, Miller nació en Yorkville en el alto Manhattan, pero vivió nueve años en Brooklyn donde terminó la primaria. Luego fue activista del Partido Socialista y estuvo un semestre en City College. New York tenía más de diez millones de inmigrantes, en su mayoría desertores de las crisis económicas y las persecuciones religiosas. Y estaban en pie las mansiones de Washington Square, Plaza Lafayette, Quinta Avenida, Brooklyn Heights y Marcus Garvey Park donde la nueva burguesía vivía sometida a los códigos victorianos  y una clase media de artesanos, vendedores ambulantes y empleados hacía su lenta e imparable quimera.

A los treinta y dos años, empleado de Western Unión, casado por seis y una hija de cinco,  conoció a June Mansfield, de veintiuno  y  renunciando al empleo decidió ser escritor, como ha recordado con sus escapadas sexuales, fracasos, filosofía y amigos en The Rosy Crucifixion. Luego, en plena quiebra del mundo fue con June a Paris adonde volvió solo dos años más tarde y se puso a escribir Tropic of Cancer: “Mañana comienzo el libro de Paris, en primera persona, sin censura, sin forma, jodiendo a todo el mundo”. Y aun cuando tenía poco o ningún dinero, todo cambió al conocer a Anais Nin, que acabó manteniéndole, pagando incluso la renta de Villa Seurat. Anais fue su amante y como se sabe financió la primera edición con dinero de otro. En sus numerosos diarios recuerda sus enredos con Miller y June, a quien él dejaría en 1934. Esos fueron los años de trabajó en la edición parisina del Chicago Tribune, donde firmaba sus notas con un nombre ajeno, quien era quien cobraba, y cuando hizo migas con Lawrence Durrell y los surrealistas. En 1981 filmó Reds con Warren Beatty, sobre la vida de John Reed y Louise Bryant. Durante cuatro años, justo antes de su muerte, escribió mil quinientas cartas a una actriz porno que salía en Playboy. Fue pintor y pianista.

Senil, dijo que prefería el amor al sexo, que nunca quiso ser un macho cabrío. Sin embargo, sus deseos con­tribuyeron a que tengamos una idea diferente de las relaciones sexuales. A nadie incomoda hoy entender que los cuerpos deben unirse no sólo por amor sino en los esporádicos goces que depara la carne soltera. En este punto el cristianismo perdió una forma de dominio, al descubrir con Miller, la “primavera negra” de los hombres y mujeres amándose sin identi­dad, a lo Paul y Jeanne,  en los primeros minutos de El úl­ti­mo tango

 

RAMÓN PALOMARES

El reino (1958) y Paisano (1964), los dos más celebrados libros de poemas de Ramón Palomares (Escuque, 1935-2016)  aparecieron en los mismos años que La región más transparente, de Carlos Fuentes, y Los ríos profundos, de José María Arguedas, y son, como éstas, algunas de las obras que cambiaron el rumbo de las literaturas continentales a mediados del siglo pasado.

Con los poemas de Palomares el mundo se hizo «aldea global» y el habla de los pueblos, una entidad cosmopolita. En El reino y Paisano  hay un continente que muda de rostro: los latifundios se hacen campos de exploración y explotaciones minerales y agrícolas; las centenarias aldeas capitalinas amanecen violentas megalópolis; la vida cambia a medida que consumimos bienes y desperdicios:

 

He aquí que existimos en el límite de la mentira

que nuestra vida es impalpable

que estas personas representadas pertenecen

a un dueño de otro orden.

Cumplimos cabalmente en escena

ante el gran público. Así recreamos bajo los astros

y acudimos a una cita en los vientos

saliendo al paso de nuestras fiestas.

Nuestro corazón está prestado a otros personajes,

murmuramos un sueño y nuestros labios no son responsables,

somos bellos o nobles según la circunstancia.

Nos asalta un delirio azaroso

y caemos en los escenarios bajo una máscara extraña.

Y no tenemos vida,

pues andamos sobre ruedas en un país desconocido

cuyas flores nos interesan de manera frívola

y cuyas mujeres nos aman en alcobas de falsedad.

Producimos un fuego y su corazón azul

crepita con más fuerza que el nuestro

en tanto arden los leños a la manera de la sangre.

Nos permitimos ser extraños. Falsos.

Llevar una emoción no sincera.

Mientras andamos, desterrados de nuestro cuerpo

en un interminable paseo.

 

(Máscaras)

 

Desde entonces los registros de la voz de Palomares tuvieron un toque mágico y una visión alucinada que se expresaba con un lenguaje directo, coloquial, dejando en no pocas ocasiones la impresión de haber oído –un canto, más que un poema-, que nos invitaba desde el fondo de los tiempos a vivir el paraíso, a no dejarnos confundir en un mundo de grises y negros presagios. Los veintiséis poemas de Paisano recrean, como ningún otro libro publicado en ese tiempo, incluido Grande Sertão: Veredas, con fidelidad y cercanía, las leyendas locales y las pequeñas y quizás mezquinas vidas que desfilan desde el libro. Los poemas de Paisano son mutaciones de una naturaleza hecha de espíritus y fuerzas que desconocemos. Y si muda el lenguaje, también mudan los hombres, los animales, el fuego, etc.

Diez años más tarde publicó Adiós, Escuque (1974), un volumen donde se sumerge en el lenguaje comunitario para hacer de sus fábulas, y expresiones, un adelanto de las grandezas y miserias que nos esperaban y que fueron llegando. Aquí Palomares fundó un lenguaje, a medida que su alma fabulante se hizo uno con el cosmos, mediante esa «ciencia de lo concreto» que es el verbo de la poesía. En Adiós, Escuque, como en Dona Flor e seus dois maridos, de Amado, las cosas necesitan ser nombradas para cobrar existencia o resucitar.

 

Esa que le llamaba a las puertas de la muerte

Y que su nombre era su fe

Esa se llama Angélica

Prenda ese dije en su corazón

Que ai lo va buscando su suerte:

 

Angélica es para beber

Con ella no serás puro hueso

Y Si antes no encontrabas una flor

ahora de flores vas a ir preso

Y de puro llorar

risa te irás volviendo

 

Veme bien Veme bien Angélica

Y no me llames tan cerca de la muerte

Venga tu alma como el sol

Sea yo el alba y que en mí florezcas

 

(Alegrándose con ese amor que aún no ha llegado)

 

Otros de sus libros exploraron, con el uso de una novedosa retórica, la historia, para narrar, por ejemplo, las Honras Fúnebres (1965) del Libertador, o las vicisitudes de Santiago León de Caracas (1967). También fue autor de una plaquette de poemas místicos y amorosos: El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969).

Nacido en Escuque, un pueblecito del estado Trujillo, fue bautizado Ramon David Sánchez Palomares. A los diecisiete ya era maestro normalista y  a los veintitrés profesor de castellano del Instituto Pedagógico de Caracas donde Sardio publicó su primer libro, El Reino. Hacía parte de la Pandilla de Lautremont, un consorcio de dipsómanos, partidarios de la sedición y las tropelías de la carne, integrado por luminarias como Pepe Barroeta, Caupolicán Ovalles o Victor Valera Mora. De Sardio saltaría con Salvador Garmendia, Adriano Gonzalez León, Guillermo Sucre y el médico necrófago Carlos Contramaestre a El Techo de la Ballena y luego de una larga espera, al más vergonzante chavismo, cuyos corruptos terminaron premiándole, un poema al tirano, con las sobras de sus dilapidaciones. Fue un gran poeta porque nunca se lo propuso, o porque la poesía le era consustancial y no lo sabía. Murió tan solo, como la imagen de su propio féretro, custodiado por detritus humanos como el catire Hernández de Jesús, Tarek William Saab, Gustavo Pereira, el ministro Freddy Ñáñez y el mismísimo imbécil Nicolás Maduro, que procederá a manchar más su memoria empadronándole con la Orden Libertadores y Libertadoras, en su ínfima clase. ¡Que tristeza viejo lobo! Ya sabemos que sólo el tiempo separa el oro de la escoria.

FRANCISCO GARCÍA CALDERÓN

En París publicó Francisco García Calderón [Valparaíso, 1883-1953] Le Pérou contemporaine: étude sociale [1907] considerado, por la penetración de sus juicios, el primer ensayo de interpretación sociológica de la realidad peruana. Las democracias de América Latina, publicado originalmente en francés [1912] con un prólogo de Raymond Poincaré, fue traducido al inglés: Latin Amerique: It Rise and Progress [Londres, 1913] y al alemán: Die Lateinischen Demokratien Amerikas [Leipzig, 1913], pero conoció la versión española sólo en 1979.

Su contenido está distribuido en siete libros y una conclusión: el libro primero estudia los caracteres de la raza que hizo la conquista y traza los lineamientos de la historia de los pueblos latinoamericanos desde los tiempos cuando florecieron las sociedades nativas; el segundo, tercero y cuarto, la función que han desempeñado los caudillos en el desarrollo político de Venezuela, Perú, Bolivia, Uruguay y Argentina; el imperio del principio de autoridad en la organización estatal de México, Chile, Brasil y Paraguay; la influencia de las tendencias conservadoras, de inspiración religiosa, en Colombia y Ecuador; los problemas de estabilización y unificación política de las naciones Centroamericanas y del Caribe. El libro quinto ofrece un panorama de la evolución intelectual en capítulos dedicados a las ideas políticas, sociales, filosóficas y la literatura. El libro siguiente, luego de plantearse el problema de si los americanos del sur somos de raza latina, el autor llama la atención sobre los peligros que amenazan el desenvolvimiento autónomo de América Latina, vinculados a la expansión imperial de Alemania, Estados Unidos y Japón. El último libro analiza los problemas raciales, políticos, económicos y de unificación que afectan a nuestras naciones. En la conclusión examina el camino que más conviene a la acción que los países extraños a nuestra cultura ejercen sobre ella , y las funciones que esa comunidad de naciones está llamada a desempeñar en el renacimiento de la «raza latina».

García Calderón defiende la tesis de los gobiernos fuertes y de élite, elogiando a sus representantes más conspicuos como Porfirio Díaz, Diego Portales, Manuel Prado, Andrés de Santa Cruz y justifica, de alguna manera, a García Moreno y a Rosas. Contradiciendo a Sarmiento, encuentra en la «barbarie» nuestro nacimiento como naciones con características peculiares. Como los condotieros que levantaron las modernas ciudades italianas, nuestros cultos dictadores positivistas del siglo pasado habrían creado las bases de nuestra nacionalidad. En La creación de un continente habla del «milagro americano» que gracias a la acción conjunta del paisaje y cultura producirían en el hombre latinoamericano un nuevo tipo de solidaridad. El mestizaje y su cultura ofrecerían un nuevo ejemplar humano digno de la consigna «América para la humanidad».

Sus dos obras siguen en parte las tesis de Rodó pero contaminadas por las ideas racistas de los llamados organistas sociales a lo Gustave Le Bon. No hace sin embargo de la sicología racial el centro de sus ensayos, pero el «problema racial» medula sus tesis. No le importaba saber si el elemento europeo de nuestras culturas era inferior o superior, sino si las fuerzas culturales impuestas o elegidas podían crear una unidad y levantar nuevas naciones distintas a los estados conocidos entonces en las culturas europeas.

¿Es posible -se pregunta- la formación de una conciencia nacional en medio de elementos tan dispares? ¿Es posible que democracias de naturaleza tan heterogénea resistan la invasión de razas superiores? […] ¿La mezcla de razas de Sudamérica es completamente incapaz de alcanzar la cultura y la organización?

García Calderón creyó que el mestizo americano era superior al mestizo europeo. A la «purificación de la raza» mediante el mestizaje atribuye los «progresos» de Argentina, Uruguay y Chile y a la ausencia de mestizos, los fracasos de Centroamérica. Pero su concepto de raza muchas veces se convierte en los caracteres de la nueva cultura. «Hay una civilización latina; un ánimo latino; no hay raza latina» dice en Le Pérou contemporain. Son las fuerzas culturales las que pueden crear y modificar los individuos y las naciones. A pesar de haber sido, como muchos latinoamericanos de entonces, un europeizante, fue uno de los primeros en reconocer que había que sentir y estudiar, para lograr comprender nuestro destino, el pasado obliterado por la conquista.

Véase Alfredo Canepa: Evocación de Francisco García Calderón, en La Prensa, Lima, 28 de julio de 1977. Benjamín Carrión: Los creadores de la nueva América, Madrid, 1928. Gonzalo París: Francisco García Calderón, en Cultura, Bogotá, 1917. José Carlos Mariátegui: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, 1925. Mario Vargas Llosa: Francisco García Calderón, en Cultura Peruana, nº 97/98, Lima, 1956. Martín Stabb: América Latina en busca de una identidad, Caracas, 1969. Rubén Darío: Don Francisco García Calderón, en Mundial. París, Vol. II, n°9-12, 1912.