Los años de la primaria

Hice los últimos años de primaria donde Joaquin Torres y sus hijos Antonio y Álvaro. Venía de donde  una mulata que olía a benjuí de Sumatra y me había enseñado a escribir en hojas de pizarra. A Luisa Bonilla de Saavedra debo mi clara caligrafía, que entonces hacia parte de la buena urbanidad, y ha sido admirada por quienes recibieron mis cartas y billetes postales. Ella me enseñó a leer en La alegría de leer y en las cartillas de historia nacional y religiosa de Bruño, porque católica, tenía un altarcillo a la Virgen de Fátima en su casita de bahareque con rosales, dalias, limoneros y naranjos que refrescaban el patio habitado por enormes sapos y una divina iguana del Cauca que reinaba en un guanábano al final de las tapias donde terminaba el mundo. Varios de mis tíos estudiaron con ella y también con Joaquin Torres, pero a mí me tocó en suerte don Antonio, que aparte de matemático era geógrafo y lector de novelistas de la postguerra y tan liberal de boca para afuera y a veces tan de boca para adentro como mi abuelo paterno que baleaba a todo aquel que sospechara godo.

la alegria de leer de evangelista quintana

No recuerdo en qué momento desaparecieron las pizarras. Casi todos los niños de mi tiempo las usaron, o al menos en los pequeños colegios donde aprendimos caligrafía de estilo. Eran las mismas tablillas de piedra grises o azuladas que usaron comerciantes y tenderos en la edad de la fe y luego los talleres de escritura y lectura para remplazar las de cera y hollín con punzones de madera donde aprendió a escribir a los setenta Karl der Große, Imperator Augustus. Sus tamaños variaban según el bolsillo, nunca mayores de veinte por cuarenta centímetros con un marco de madera y los cantos redondeados, en el as una cuadrícula de líneas rojas para operaciones aritméticas y en el envés un rayado de líneas paralelas que obligaba hacer las letras del mismo tamaño. Se escribía con duros pizarrines que hacían un quejido espantoso o con unos blandos redondeados que se deslizaban que daba gusto. Los párvulos aprendíamos primero los nombres de las letras y luego trazábamos su forma.  El constante borrado sometía la memoria al recuerdo del dibujo y el nombre del objeto. Cuando ya entrada en años volví a ver a mi maestra y le preguntara porque habían desaparecido las pizarras dijo que por asuntos de higiene y porque los cuadernos de papel conservaban los ejercicios y se podían repasar. Yo creo que fue un asunto de negocios y comodidades. Es más fácil hacer cuadernos industrialmente que pizarras y el porte de ellas era engorroso porque había que llevar los pizarrines y las pizarras en unas bolsitas de tela y cuidar que no se rompieran al caer.

catecismo del padre astete

Hace años, caminando cerca del Teatro Municipal de Cali, Tomas Quintero hizo que viera a un altísimo anciano mulato que pasaba a nuestra vera diciendo que ese señor, con un arrugadísimo vestido completo de lino de Alejandría, era el autor de La alegría de leer. Luego supe que había nacido en Cartago, estudiado derecho en Popayan y luego en Lovaina se había hecho pedagogo, y casado con una maestra que vino de Chile hizo el cuadernillo no para enriquecer, como ciertamente ocurrió, sino para demostrar que era posible enseñar a leer usando ejemplos y arquetipos desemejantes a los que imponía el Vaticano, cuando todo lo controlaba merced al concubinato del presidente Nuñez con una ardiente señora cartagenera. Los dólares de la indemnización de Panamá exigían la modernización “sin comillas” del país y así su educación, de manera que Evangelista Quintana o se mostraba liberal o lo era, al sustituir las jerarquías del conservatismo derivadas del poder que da la tierra, por un mundo basado en el trabajo o los saberes como fuentes de riqueza y superioridad social. Tanta democracia exhibía la cartilla que hablaba, como si fuera un apéndice del Manifiesto de Cordoba, de la elección de un gobierno escolar por los alumnos, del respeto por la ideas del Otro, y cómo un joven pobre pero responsable podía vencer aquellos que ofrecían dadivas a los electores. Quintana enseñaba a leer a partir de la comprensión de la frase completa como se hace ahora en todas partes y no en la lectura silábica, resultando tan aliterativas que todo parece poesía: Elena tapa la tina; El enano bebe; Yo soy el rey y amo la ley; Olano une la lona; Boto el lulo a la tina; Polita, no vote el apio ni el poleo; El pato no tiene pelo.

 

Los años que pasé en el José María Cabal de Antonio Torres, antes que me expulsaran y terminara viviendo en Bogotá definieron en buena parte mi destino, mis gustos y aprensiones. El arte, la muerte, la conciencia del poder y Knut Hamsun son algunos de los sucesos que nunca olvidé. El colegio estaba en una gran casona que había sido de Luis Felipe Campo, un abogado y político que fuera por un momento ministro de gobierno de Carlos E. Restrepo, uno de los hombres más ricos del viejo Cauca, dueño de haciendas que en el centro del Valle del Cauca hoy suMarían unas diez mil hectáreas. La leyenda agrega que casó con tres hermanas, de la mayor a la menor, y otra vez viudo con la sobrina de estas. Del matrimonio con la segunda de las hermanas Rivera, su hija Luisa casó con el ingeniero Peregrino Ossa, padres de Luis Ernesto Ossa Campo, mejor conocido como El Jorobado Ossa, padre a su vez de quien fuera el sucesor de la fortuna de Jesús Ordoñez el librero de La Nacional. El Jorobado fue siempre recordado por Alvaro Torres como uno de los hombres más excéntricos que haya existido en Buga. No solo era extremadamente deforme a causa de un accidente ecuestre de su niñez, sino que imbuido por la riqueza de sus ancestros vestía trajes de paño ingles con chaleco y corbata en pleno trópico, presumía de ser poeta y perito en libros viejos y curiosos, experticia que según Alvaro Bejarano no era paja, y adicto a Venus, dilapidó su enorme herencia en prostíbulos que olían a especifico, sitios en La 14, o Zona de Tolerancia, y en queridas de pelo teñido, una de ellas muy prestigiada por sus trifulcas con el contrahecho, quien le dotaba la casa con vajillas francesas, muebles estilo imperio franceses, inmensos jarrones chinos, alcobas de cobre de Persia, le hacía vestir de Balenciaga y tras cada disgusto, Mona La Peluda, transponía a su mozo de turno los bienes que al regreso el jorobado pagaba a precio de oro al afortunado camaján con bicicleta y pantalón de boca corta, tan parecido a Jotamario de los años sesenta, que consumía bareta venteada día y noche. Ossa gastó fortunas comprando objetos pretendidamente antiguos, ofrecidos a menudo por un abogado medio bandido de apellido Terreros, que le había vendido la espada con que Bolivar había asesinado a Santander, las cadenas con que sujetaban a las esclavas vírgenes que cuidaba San Pedro Claver, la cama donde había muerto Tirofijo por primera vez y las calaveras de Humboldt, una cuando estaba viejo y la otra, cuando estaba niño.

teatro municipal de buga1

A mediados del cuarto año me aficioné al cinematógrafo. Madre me daba treinta centavos diarios y a una cuadra del colegio había una sala de cine donde Don Arpad Guttman, un anciano judío, tenía encima de su escritorio, sobre la pared, un inmenso cartel de Marlene Dietrich en Der Blaue Engel. Durante años difundió los filmes del neorrealismo en dobletes vespertinos a veinte centavos. Todavía existe el edificio y ha sido restaurado como teatro. Fue levantado a comienzos de los veinte por un arquitecto y escultor local, usando el estilo de los teatros italianos de ópera, con un vestíbulo de acceso antepuesto a un pórtico y un balcón en el segundo, tercero y cuarto, donde quedaba “el gallinero”, unas cuantas tablas en tarima de circo, que usaban los pobres y los niños y donde estaban las máquinas de proyección.  Me dicen que sus cuatro columnas corintias siguen allí, las exteriores asociadas a pilastras almohadilladas que delimitan los vanos más elaborados del edificio con su propio marco, un entrepaño rehundido que encuadra dos jambas lisas y rematadas en capitel toscano impostando a un arco de medio punto articulado en fajas. Sobre los arcos, que ocupan completamente la parte superior del panel, se despliega un festón que en su centro exhibe, encima de las claves de los arcos de oriente a occidente, los rostros de Mozart, Beethoven y Liszt elaborados por Enrique Figueroa, el padre de Dorita, una de las amigas de mi tía Agustina.

Por las tardes, cuando caía el calor, en el foyer del tercer piso, un amplio espacio con unas enormes y altas ventanas con persianas de madera que daban a la calle, los curiosos, recién iniciados en el voyerismo, podrían presenciar a la hija de un filatelista que sin falta se quitaba las prendas para entrar en el baño del atardecer y exhibía sus pequeñas tetas y su nada redondeado culito, lentamente, unas veces en mudo y otras bailando El Bayón, que se alcazaba a oír y a sabiendas que muchos ojos le estaban espiando. El Gallinero era el reino de los recién estrenados amantes del mismo sexo, en especial de un rollizo Oscar Alzate Campo disfrutaba de dos hermanitos ardientes de boca y rabo. Yo recorría esos escenarios en los momentos más inesperados de la tarde, cuando ponían la segunda película, en general un western o uno de terror o ciencia ficción pues don Arpad también gozaba mucho con los viajes a la luna o los navegantes espaciales, que saltando sobre un almohadón en la puerta de su casa iniciaban un viaje al otro mundo en esas seriadas que repetían al comienzo de cada capítulo la misma escena. A las tres y media o faltando un cuarto para las cuatro uno regresaba al colegio al momento del segundo recreo y nadie se daba cuenta que había faltado casi toda la tarde. Tardes que eran las mejores del mundo, cuando había religión o educacion física o cívica o banda de música.

Dicen que don Arpad tenia copias propias de La terra trema, Bellisima, Roma, città aperta, Paisà, Germania anno zero, Stromboli terra di Dio, El limpabotas, Ladri di bicilette, Umberto D, Riso amaro y La Strata. Yo creo que de pronto era cierto porque Arroz amargo creo haberla visto unas diez veces y tengo vivo el recuerdo del momento cuando Silvana Mangano baila con Vittorio Gassman, que huye de la policía porque ha robado una joyería. El viejo judío húngaro odiaba tanto el nazismo que repetía incansable los filmes de Rossellini porque son los que mejor han retratado la opresiva vida de la ocupación nazi de Italia. Alemania año cero debí verla unas cinco veces y Paisà muchas más porque la secuencia final de la lucha de los partisanos contra las tropas nazis era una de las que más comentaba don Arpad, que siempre trataba de inculcarnos cuál era el buen cine. A él debo haber visto muchas películas francesas de cine negro como Rififí o Ascensor al cadalso.

Antes de convertirlo en sala de cine el Municipal sirvió a numerosas compañías de variedades y teatro que venían a Colombia. Su aforo era de unas mil personas y tenía buena acústica como para que se presentara allí Hipólito Lázaro, la Bella Otero, Berta Singerman, María Felix y dieran conferencias Jose Vasconcelos y recitales Guillermo Valencia, Rafael Maya, Porfirio Barba Jacob y Eduardo Carranza. Pero el rey de la escena fue Ernesto Salcedo Ospina, un tenor que era también soprano coloratura y por jugar como local gozaba de enorme prestigio y taquilla.

Buga no estuvo exenta esos años de actos violentos como los que ocurrían en los municipios vecinos y que cada mañana La Linterna, un periódico mural del tamaño de los carteles de cine ponía en las puertas de los mercados de carnes y verduras o al lado de un gigante que junto a un cóndor se exhibía por cincuenta centavos todo el año para asombro de niños y animales. Yo fui testigo de varios de ellos, como aquella mañana en que yendo para el colegio en mi bicicleta desde la vieja casa de mi abuela Ercilia Pérsides donde filmarían parte de María con la hija de Tyrone Power, pasando por el anfiteatro al lado del cementerio católico vi sobre el andén más de diez cabezas degolladas en fila india y unas mulas que sostenían costales sangrantes con los cuerpos de las víctimas. Yo almorzaba en la tienda de mi abuela en Santa Bárbara donde habitualmente antes de salir de regreso al colegio tomaba un vaso de avena con pan fresco y caminaba por la carrera octava o la novena mientras oía los capítulos radiales de El derecho de nacer y Lejos del nido y a medida que avanzaba de tienda en tienda iba viendo los velatorios de algún asesinado en una de las cordilleras, el muerto en su cajón de pobre, con la mandíbula sostenida con un pañuelo blanco y en los ojos y en la boca tapas de limón mientras al fondo una lánguida compañía oraba entre los cirios y el olor a flor de muerto o bebían café o agua ardiente.

Ya había muerto don Joaquin Torres, que siendo pequeño se había vuelto una criatura diminuta y venerable con sus botines ingleses y sus pantalones de paño a rayas. Había sido maestro en la escuela de otro insigne pedagogo del pueblo, José María Villegas y en su juventud había creado una escuela con el nombre de Olaya Herrera, demostrando su talante liberal, espíritu que heredó su hijo Antonio, quien fuera mi maestro y protector. Su hermano Alvaro, pensando más en el comercio que en la pedagogía abrió en esos años un internado en una casa aledaña al Teatro Municipal que hoy es la Academia de Historia. Allí puso unos catres de hierro con estampados al fuego de flores y frutas y una improvisada cocina regentada por dos negras de Buenaventura que atendían a unos veinte muchachos venidos de los pueblos vecinos y las cordilleras. Uno de ellos, un pelirrojo de Ginebra, que decía se había criado pescando sabaletas en el rio Guabas, fue el primer suicida que vi en mi vida. Tenía unos quince años y era pariente o sobrino de una jovencita de apellido Tascón, que habría de ser asesinada vilmente por uno de los hijos de don Saulo Patiño, dueño de la más grande ferretería de entonces, que decían se había hecho rico escondiendo hierro comprado a los nazis durante la segunda guerra con la ayuda del hijo del ejecutivo, que había ayudado en la empresa de perseguir y expropiar bienes de alemanes, japoneses e italianos en el Valle del Cauca, materia de uno de los filmes de Carlos Palau. Este muchacho dicen se suicidó al saber que su tía era obligada por su marido a salir en paños menores en una gigantesca moto Harley a media noche cuando el Loco Patiño la paseaba para excitarse y luego hacer el amor con ella en un hotelito que daba a un costado de la Basílica del Señor de Los Milagros donde la asesinó luego de engañar a un mozo enamoradizo que le puso una cita con el cuento de que le rebelaría secretos amorosos de su marido. Lo cierto es que el cuarto daba a la calle y la ventana de dos cuerpos, el alto permanecía abierto para airear el recinto y por ahí el Loco les disparó a ambos y luego desvistió los cuerpos y dijo que les había encontrado haciendo el amor. Tan corrupta era ya la justicia, que el Loco Patiño terminó pagando, por el doble homicidio, seis años de cárcel en Popayán, donde tenía su moto y un Volkswagen en el cual salía a beber a los burdeles caucanos. El día que mató a su mujercita yo estaba haciéndome el corte Humberto en una peluquería del Teatro María Cristina y desde ahí oímos los disparos y luego a un hombre que gritaba, la mató, la mató. Su sobrino se suicidó una semana más tarde. Luego del almuerzo, el celeste pelirrojo, robusto y muerto de la risa, algunas veces descubría su urbano artefacto a sus condiscípulos y con él cacheteaba el pupitre mientras el padre Carvajal escribía en el tablero la bitácora del día. Yo le vi, en la sala de baño más grande de la casa del millonario Campo, al que habían suspendido la ducha dejando apenas un muñón de galvanizado, donde colgó el cinturón y con él se ahorcó. Tenía los pantalones de dril sobre los inmensos zapatos Corona negros, cuyos tacones dejaban ver dos rutilantes carramplones, como se acostumbraba entonces para ahorrar ir al zapatero, y se había hecho en sus amplios calzoncillos de colores como los que usaban los vaqueros en las películas del oeste. Era blanco hasta el cansancio y todo su cuerpo lo cubría un bello rojizo. Los fiscales le desnudaron totalmente para ponerlo en una camilla y pudimos ver su mata de vello zanahoria que disimulaba su enorme verga ya sin vida, todavía extensa y gozosa.   Cosas que pudieron suceder a comienzos de mil novecientos cincuenta y cuatro porque ese enero vino a Buga la reina Luz Marina Cruz con la señorita Cundinamarca, Colombia Botero, y papá nos llevó al aeropuerto de Farfán para verlas y luego las siguió en caravana hasta el Club Guadalajara donde les hicieron un cocktail party que decían entonces. Nosotros nos metimos toda la tarde a la piscina con las hijas de ***, *** la rubia e ***, la morena, divinas ambas, cuya esposa y madre, *** nos enseñaba a bailar rock and roll en su casa de la calle quinta, una esquinera donde tenía unos equipos de música traídos de Miami, gigantescos, y cuya sala mantenía a oscuras porque sufría fotofobia y allí recibía, cuando *** se ausentaba de pesca o de caza días tras días y hasta semanas, a su primo de este  ***, con quien terminó viviendo el resto de sus días. Mi abuela contaba que el día que se fueron le vació la casa al marido en dos camiones de Olimpo Garcia y se llevaron hasta los recibos de la luz y el agua recién pagados. Una tarde de un agosto muy caluroso, en el porche de la casa de mi abuela, entre lágrimas y ayes le había contado la historia de su fracaso amoroso, sin hacer mención de sus intensas aventuras de juventud, cuando era bello, rico e inútil, con otras señoras y sobrinas e hijas de sus parientes y amigos. Buga era un Payton Place, cuyas vidas turbulentas se dejaban leer a plena luz durante las procesiones nocturnas en honor del Señor de los Milagroso, donde pecadores y pecadoras desfilaban entre el murmullo del pueblo, o en la semana de ferias agropecuarias cuando la vida privada de Sodoma y Gomorra era un lejano reflejo del presente.

TEATRO MONTUFAR

Un poco después, cuando llegó el verano y vinieron las vacaciones de medio año, ocurrieron unas inesperadas e inauditas crecientes de las quebradas y los rios. El Cauca se desbordó hasta llegar a Yotoco y el agua subía hasta los tablones del puente de Mediacanoa. De pronto aparecieron grupos de negros e indios que pescaban y vivían sobre los buchones de agua, levantando casuchas con cartones y telas y eran parte del éxodo de los habitantes de las orillas desaparecidas. Y ofreciendo pescado frito o cocido hacían algún dinero. Como estábamos cerca de rio y a pocos kilómetros de la laguna de Sonso por las tardes caminábamos por los resquicios secos de la carretera y veíamos las vacas con las patas metidas en el agua y los pescadores en sus guayucos y las negras fumando para dentro o masticando pescado que introducían por una parte de la boca y arrojaban las espinas por la otra.  Una tarde a uno de nuestros vecinos, un señor Arango que cocinaba adobes, que vivía solo y apenas tenía un perro viejo que le hacía compañía y a quien el agua lo tenía cercado hacía semanas comenzó a gritar auxilio, auxilio y ante la alharaca saque una vieja carabina Winchester a trombón calibre 22 de 1906 que había sido de mi abuelo paterno y yo mantenía debajo del colchón de mi cama   y me fui en auxilio del vecino que ya había logrado someter al pretendido ladrón pero que seguía insultando al señor Arango con gruesas palabras dando la impresión de que estuviese drogado o borracho. En un alarde de valentía se me ocurrió meter en su boca el cañón de la carabina y exigirle silencio al agresor. Cosa que no hizo sino que a patadas me desarmó y estando amarrado a una soga intento pegarme. Entonces le hice dos disparos que fueron a dar quien sabe dónde porque no dieron en el blanco. Al poco rato de estar en esas llegó una patrulla de la policía que había solicitado mi tía Rita y todo terminó en el decomiso de la carabina y una reprimenda tremenda de tío a mi persona.

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Niño y durante los castigos leí dos novelas que marcaron mi vida y maneras de enfrentarla. No es que yo no viviera directamente experiencias similares o equiparables, sino que me impresionaron tanto que nunca las he olvidado. Fueron Hambre y Pan de Knut Hamsun, un autor que muchos años después supe había sido partidario de Hitler y otras cosas desagradables, pero que nunca dejo de ser gran escritor, como lo fue, y ha sido también para mi haber leído y releído  Voyage au bout de la nuit de Louis Ferdinand Auguste Destouches.

Era una manoseada edición mexicana que no he vuelto a tener en mis manos. Dicen que eran traducciones del alemán porque solo hasta ahora las han hecho del noruego. Para algunos eruditos Hambre es la primera novela del siglo XX, antes de Kafka, porque en la ciudad se cocina el monstro que somos.  Widel-Jarlsberg es sometido a crudas penurias, a las que sobrevive gracias a su insolencia, en un pueblo llamado Christiania. Sumergiéndose en un voraz pozo de miserias su fábula termina por ser metáfora de la sociedad que agonizaría en la primera guerra mundial. Las nuevas traducciones, de las cuales he leído fragmentos, demuestran el lujo de la prosa de Hamsun, que escribía impelido por los recuerdos de los malos tiempos, había nacido pobre, se educó en la calle, tuvo que trabajar desde joven y debió irse de casa. Nunca olvidó, a pesar de sus éxitos y riqueza, su origen odiosamente humilde, un destino muy parecido al de García Márquez, ambos se hicieron a sí mismos, erigieron su propia estatua sin ayuda de nadie, solo con su voluntad de hierro y genialidad. En Pan, un cazador y antiguo soldado que vive solo en una cabaña del bosque junto a un perro, durante un verano conoce la hija de un comerciante y sintiéndose atraídos no entienden que les está sucediendo y sus destinos se apartan luego de numerosos desencuentros. Toda mi vida he recordado esas historias, incluso ahora, cada vez que sueño que quedaré en la miseria, que no volveré a ser amado por nadie y que puedo morir de un momento a otro.

LA TIENDA DE SAMUEL KREMER

Antonio Torres hacia vivir a los muchachos de sus cursos de último año de primaria una suerte de película geográfica describiendo los diferentes climas, cordilleras, nevados, paramos, humedales, nacimiento de los rios, ensenadas, puertos y las razas y mestizajes de los colombianos. Quizás por esas horas tan divertidas y alucinantes en sus descripciones es que he querido tanto los paisajes de mi país. Vivamente recuerdo cuando al describir la topografía del país sostenía que era ella la que había permitido la supervivencia de la democracia porque al no existir un centro y una gran ciudad donde un tirano pudiese dominar la nación, sino que las diversas regiones se disputaban el mantenimiento del orden y la libertad, aquí no se había podido repetir las tiranías que pululaban en esos años de nuestra infancia. Quizás no fuese cierto pero algo de verdad alumbraba en esas descripciones cuando decía que si el influjo de Bogota se extendía hasta los más remotos rincones, era a su vez influida por Pasto, Cúcuta, Popayan, Bucaramanga, Santa Marta, Neiva, Cartagena, Montería, Manizales, Barranquilla, etc. Y como si fuera hoy, sostenía que éramos un país donde los caudillos no arraigaban porque tendrían que dominar todo el territorio y eso era imposible por las vicisitudes de los relieves de los territorios por su carácter de barreras donde los hombres tienen distintos intereses y simpatías y repetía que por eso los únicos que habíamos tenido venían del Gran Cauca pero sus prestigios iban desapareciendo a medida que ascendían las montañas o intentaban llegar a los mares. Y en la medida de lo posible hacía con nosotros excursiones a lugares donde pudiéramos vivir los climas y las topografías.

Una vez nos llevó en tren a Buenaventura, casi al final del quinto curso. Durante el viaje en ese tren de carbón que nos dejaba hora tras hora la cara tiznada de humo de hollín en un viaje que duró casi veinte horas por los derrumbes y cambio de vías y quien sabe que más cosas, horas que matábamos comiendo perros calientes y coca cola en el vagón comedor, don Antonio, con un viejo mapa de mano, trazado por él mismo, describía la bahía y su canal de acceso donde podían fondear buques de mediano aforo, contaba como llegaban buques de todo el mundo, cosa que acreditamos directamente porque los días que allí pasamos los vivimos en una larguísima calle llamada La Pilota, un burdel bajo la lluvia constante, con tablones de madera para circular porque no tenía adoquinado y donde vi una adolescente que vestida de hombre, bailaba, en la punta de sus mocasines italianos de hombre, un twist que salía de una diminuta rockola de pared a la que introducían veinte centavos por cada vinilo de dieciséis revoluciones. La chica, más que danzar, incorporaba a su cuerpo el frenético ritmo de Chubby Checker cuando repetía let’s twist again like we did last summer, let’s twist again like we did last year. Eran cientos los marineros que deambulaban por esa calle y se bañaban desnudos delante de todo el mundo bajo chorros gigantescos de agua que salía de mangueras colgadas de los techos de las casas o de los tanques elevados. Fue la primera vez que vi un navío mercante por dentro y cangrejos, como que compré uno que traté de mantener vivo pero murió en el camino de regreso porque al negro Zósimo Gonzales le dio por refrescarlo con cerveza.

Mi conflicto con la iglesia comenzó el día en que me dio por llevar al colegio una revista que regalaba la embajada soviética en México a la cual estaba suscrito mi tío. Creo que se llamaba URSS y no fue el único problema que me causó, porque ya entrado en años, y queriendo obtener una visa para los Estados Unidos, uno de los peros que me pusieron en el consulado de Cali fue que yo aparecía en una lista de receptores de esa revista, cosa que había sucedido casi diez años atrás. El Padre Tobías Carvajal, preceptor sectario de religión, me había encargado, porque era proverbial su pereza y mala letra, de llevar los registros de clase, unos asentamientos en un gran libro como de contabilidad donde se ponía el contenido de cada clase y luego el profesor firmaba. Como el padre era odioso pues de habitual nos abofeteaba por cualquier cosa, yo decidí escribir en los asentamientos toda clase de barbaridades relativas al avance del comunismo en la Union Soviética sin pensar en las consecuencias, solo pensando en la burla a que sometía al sacerdote. Así, en vez de escribir que el padre había estado hablando de la transustanciación, que ocurre cuando al consagrar el pan y el vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la del Cuerpo de Cristo y de toda la substancia del vino en la de su Sangre, yo ponía Éxito en la visita de Anastas Mikoyan a La Habana, o en vez de escribir que la masonería es una secta oculta y amoral encaminada a combatir la iglesia, yo asentaba que Una perrita de raza no identificada llamada Laika había sido enviada al cosmos en un satélite donde había muerto porque era comunista y a Dios no le gustaba que los perros aspiraran a llegar al cielo en satélites rusos. Todo el registro de casi seis meses tenía cosas como estas.

Un día llegaron al colegio los inspectores de la secretaria de educación del departamento con los prefectos religiosos que enviaba el obispo de Palmira, diócesis que había sido creada recientemente y donde mandaba un Castro Becerra hijo de bugueños, muy amigos del padre Carvajal. La sorpresa fue mayúscula al encontrar las burlas a la religión y la exaltación al pecado y la masonería. De inmediato solicitaron la presencia del padre y este a su vez me acusó, no sin antes darme tres cachetadas y romperme la nariz, de ser el autor de los engendros exigiendo la inmediata expulsión del colegio a riesgo de pedir la cancelación de la licencia de funcionamiento de la institución. Don Antonio optó por expulsarme dándome la posibilidad de presentar los exámenes finales. El mismo me ayudó a preparar varias de las materias, y pidió ayuda a un joven sacerdote para que me examinara en religión. Así pude terminar el quinto de primaria.

los maestros del academico

Como no podía seguir estudiando el bachillerato en el José María Cabal, donde se hacía hasta cuarto, me presenté a los exámenes para ingresar al Colegio Académico, donde pasé luego de un entreno pagado por mi madre a uno de esos maestros cuyo nombre no recuerdo. El hecho es que ingrese a primero de bachillerato y mis conflictos continuaron porque ya me había aficionado a lecturas non santas como La isla de los pingüinos, que me había regalado mi tío Antonio, empastada por él en la cárcel de Palmira, donde Anatole France hace una crítica a la naturaleza y las costumbres humanas a través de la historia de un monje que aterriza en una isla del norte de Europa y confunde a las alcas gigantes con una civilización pre-cristiana y medio ciego, las bautiza. Las leyendas de santos, crónicas y otras fuentes históricas son parodiadas con un alto nivel de sofisticación, cuestionando su poder en la mente colectiva; o El manual de filosofía de Victor Afanasiev, La Madre de Máximo Gorki y el Manifiesto Comunista, que habíamos comenzado a leer y discutir con el padre de los Akerman, hijos de Julio Akerman, un judío ruso que nos había enseñado, en su venta de leche del barrio El Molino, a jugar ajedrez y practicar algunas de las partidas maestras de Capablanca, a quien admiraba. Todo condimentado con un rechazo visceral a la figura del jefe de disciplina apodado el Indio Payan, un horrendo personaje que trataba a los escolares como si fuesen reclutas de ese ejercito de entonces, tan terrorífico y tan criminal según decía todo mundo. Hoy como si fuera Gide, recuerdo la belleza no de sus hermanos, que se parecían más a su madre campesina caucana, sino de Raklia, su única hija, de una hermosura bíblica realzada por su tez aceitunada con unas formas del cuerpo, las caderas, los brazos y en especial el rostro, que imaginaba la belleza descrita en el manual de Bruño cuando habla de Esther o de Ruth.

Decidí entonces crear mi propia religión atea, me hice hateista, militante de HAT, una suerte de teísmo propio que no entendía ni conocía el profesor de religión, ex seminarista hijo de la más prestigiosa madama de Cali, Victorita Lozano, quien decidió ponerme en manos del ultra católico rector Narciso Cabal Salcedo, hermano cristiano de sangre azul que había estudiado en la Alemania Nazi, luego ejercido en Sevilla, un pueblo azotado desde su nacimiento por la violencia conservadora, y a quien la dictadura había convertido en patriarca de la educacion, quien decidió ponerme en cuarentena, hasta el funesto día en que puse bajo el escritorio del profesor de música, Miguel Barbosa, que estaba sobre una tarima, unos tacos redondos de madera que al intentar asirse, para sentar su inmenso culo, rodó hacia adelante saliendo al corredor y casi que saltando la cancela del segundo piso. Hasta allí llegó mi dicha. Otra vez expulsado, otra vez rogando a Dios que me dejaran terminar el año presentando exámenes de manera externa, otra vez en manos de un preparador y condenado para siempre a no poder estudiar en Buga. Fue así como terminé haciendo el bachillerato en Santa Fe de Bogotá, de donde soy, según ha dicho Borges, porque uno es de donde hace el bachillerato.

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