De Gabito a Gabriel García Márquez

“La única ciencia que existe en el mundo es la poesía”.

GGM.

La tercera resignación (1947), donde un niño permanece en su catafalco dieciocho años hasta que rancio, convertido en un ser abstracto e incorpóreo, sólo falta que los ratones le descuarticen a dentelladas, es la primera de las narraciones que publicó Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927-2014), luego de descubrir que Kafka, en la sintaxis de Margarita Nelkin, su traductora de 1925, narraba de la misma manera que su abuela.

Hijo de un telegrafista y la hija de un coronel que participó en la Guerra de los Mil Días (1899-1903), fue criado por Francisca Simodosea Mejía, la tía Mama, rodeado de parientes y los recuerdos de tres sirvientes guajiros que sus abuelos maternos habían comprado por cien pesos.

Gabriel Eligio García, el padre, descendiente de un natural de Madrid asentado en Caimito, a orillas del río San Jorge en el actual departamento de Sucre a comienzos del siglo XIX, que había sido partero y farmaceuta e improvisaba décimas, romances y sonetos para las fiestas de la familia o los eventos políticos, enamoró a la madre, Luisa Santiaga Márquez, de veinte años, cuando ella iba a cantar en el coro de Aracataca y él tocaba el violín de sus veinticuatro.

Primos hermanos, los criollos abuelos maternos Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán fueron prósperos orfebres en Barrancas, un diminuto pueblo en la margen izquierda del río Ranchería en la Guajira, fundado por conquistadores españoles a finales del siglo XVII, cuando él diseñaba y confeccionaba anillos, pendientes, pulseras, cadenas y toda clase de peces en oro de cuerpo articulado y ella los pulía, limpiaba e incrustaba minúsculos ojos de esmeralda en su cabeza. Muy pronto se hicieron dueños de las colinas de la Sierra Nevada y los Montes de Oca donde sembraron maíz, frijol, yuca, plátano, café y caña de azúcar con cuyo guarapo el abuelo destilaba, en un alambique de mentiras, chirrinchi, un agua ardiente que los indios wayuu beben en los velatorios mientras lloran y consumen carne de chivo.

Según las leyendas el coronel Nicolás Márquez, a quien Gabito llamó Papalelo, aprendió su arte en Riohacha, luego de haber participado en alguna de las escaramuzas de las guerras civiles y aun cuando se había instalado en una casona de la Calle del Totumo de Barrancas donde distribuía ilegalmente licores y tabaco a los contrabandistas de las inmensidades de Bolivar y Magdalena, al estallar la Guerra de los Mil días se levantó en armas al lado de Uribe Uribe participando en numerosos combates contra el ejército legítimo del gobierno conservador, sitiando y ocupando a Riohacha, justo al final de la contienda en 1902, año en el cual regresó a Barrancas junto a Tranquilina, pero seis años después y a uno de haber nacido Luisa Santiaga, la madre de Gabito, acosado por las murmuraciones, los celos de su mujer y su donjuanismo, en un enredo que involucraba una supuesta amante, el lunes 19 de octubre de 1908,  a las cinco de la tarde mientras caía una lluvia persistente y la Virgen del Pilar recorría las calles, el coronel mató de dos tiros de revolver uno de sus subalternos de armas, hijo de la recia viuda. Preso por el asesinato pero puesto en libertad por leguleyadas de tinterillos, o los acostumbrados sobornos de la justicia colombiana, Nicolás Marquez se mudó con su familia a Ciénaga y luego y para siempre a Aracataca donde llegaron en 1910 con la ayuda del General José Rosario Durán, terrateniente liberal que había participado en varias de las guerras civiles contra los gobiernos centralistas, justo cuando empezaron las engañifas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano. El coronel adquirió propiedades en Ariguaní y Aracataca y mientras desfallecía esperando su pensión de jubilado fue recolector de impuestos y tesorero municipal, pero lo cierto es que fue el mandamás del pueblo, con una inmensa casa perfumada por jazmineros que habitaban loros, guacamayas, turpiales; equipada con nevera y estufa eléctrica, manteles de lino egipcio, cubiertos de plata y una vajilla inglesa con el monograma de su mujer.

Tranquilina Iguarán apodada Mina, como el coronel descendía de tercos gallegos y había conservado en la memoria historias, eventos sobrenaturales, inverosímiles y conmovedores que trasmitiría al nieto poniendo una cara de palo mientras las iba desgranando como si acabaran de suceder. Crédula sin límites, tuvo un altar con imágenes de numerosos santos, algunos tan grandes como los de las iglesias, o en estampas que enmarcaba preciosamente para que recibieran la luz de una lámpara de aceite eternamente encendida a fin de que le fuera bien a su marido, que velaran por sus nietos o que nadie enfermara. Víctima de los engaños amorosos de Papalelo, cuando horneaba los panes o los postres y curaba los jamones, organizaba la vida de los suyos en función de los mensajes que recibía en los sueños, consultaba hechiceras y adivinas, cantando barría siempre hacia fuera, rociaba con agua de limón y albahaca los quicios de las puertas y aplicaba sahumerios al umbral de la casa para que no entraran ni el mal ni los ánimes, o si su marido lo traía en el cuerpo, fuese ahuyentado.

Abandonado a los dos años de nacido, por causa de la pobreza de sus padres y las costumbres, al amor de sus abuelos, Gabito vino a conocer su madre a los ocho, cuando aprendió a leer y escribir, luego de haber atravesado la infancia entre los recuerdos de su abuelo y los delirios de Tranquilina, con un discurrir de eventos que incluye una plaga de langostas que devastó todo y solo las artes de la brujería pudo ahuyentar; los frecuentes huracanes que destruían los plantíos de banano cubriendo las casas de polvo; las sequias veraniegas que liquidaban los rebaños de vacunos y caprinos que como humanos morían gritando; los diluvios que sacaban de sus casas de gallinas a los gringos de la compañía flotando en balsas de hule y la maleza de aventureros que los trenes arrojaban en las calles del pueblo, subsistiendo en toldas de lona de mineros de películas del oeste, bajo cuyos sombríos los hombres se mudaban de ropas y las mujeres esperaban sentadas en gigantescos arcones de madera con los parasoles abiertos, frente a cientos de acémilas muertas de hambre y sed convirtiendo a los habitantes originales del pueblo en los últimos advenedizos sin dios ni patria.

El caserío se había convertido en un país sin fronteras ocupado por cachacos, canarios, italianos, sirios, libaneses, venezolanos que huían de la dictadura de Juan Vicente Gómez, como Juana de Freytes, rozagante matrona que narraba a los niños la vida de Genoveva de Brabante, Ulises de Ítaca, Orlando el furioso, Quijote de la Mancha o la de Edmundo Dantes, un marinero que un día ve contrariados sus amores por la perfidia de sus amigos, o la que había escuchado de la propia boca del protagonista, René Belvenoit, condenado por motivos políticos a la Isla del Diablo y que luego narraría en un libro famoso donde recordaba como en Cataca había conocido hombres tan ricos, que en los burdeles de la eterna parranda, desnudas, las parejas bailaban la cumbia, iluminándose con el fuego de la quema de cientos de billetes de banco.

Durante los seis años que el niño pasó separado de sus padres quien más influyó en la creación de su prosodia fue la tía Mama, Francisca Simodosea Mejia, prima hermana de la pareja de abuelos, “la misma de los desparpajos insólitos y los refranes ríspidos.” Muerta virgen a los setenta y nueve años, de mediana estatura, con una cabellera que le llegaba hasta la corva de las piernas, fumaba incesante calillas de tabaco maduro con el fuego hacia dentro de la boca, vestía pollerines y corpiños blancos y calzaba abarcas de pana.  Más de medio siglo guardó las llaves del cementerio y asentaba y expedía las partidas de defunción y cocía las hostias. Dos semanas antes de palmar de sufrimiento alguno, tramitó los formularios y el protocolo para su entierro y sentada en la puerta de su cuarto confeccionó con sus sábanas limpias un sudario a la medida de su cuerpo.

Gabito tenía diez años cuando la neumonía, ganada luego de caer de una escalera tratando de capturar un loro, acabó con la vida del coronel a los setenta y tres. Había aprendido a leer y escribir a los ocho, cuando recorrió Las mil noches y una, pero los abuelos cataqueños ya le habían instalado para siempre en esos tres mil días de su infancia con una Weltanschauung de aprensiones, deslumbramientos, supersticiones y desesperanzas cuya morriña le procuraría la materia, las cartografías y los protagonistas de sus grandes libros, incluyendo al Libertador Simón Bolívar, que en efigie de cámara ardiente presidió durante años el salón del comedor donde el coronel le había celebrado de niño cada mes su cumpleaños y cuya tragedia, oída de boca de su abuelo, recordaría las diez veces que navegó el río durante los años de bachillerato.

Sus padres se mudaron a Barranquilla donde concluiría la primaria, pero la familia, abandonada de nuevo por las aventuras amorosas del padre, vivió momentos de extrema pobreza. Y si en el colegio se vinculó a un grupo de admiradores de Eduardo Carranza, comandados por un gurrumino alto y melenudo llamado líricamente César del Valle, hubo de ganarse el pan de cada día pintando carteles publicitarios o repartiendo folletos en las calles del único puerto cosmopolita y moderno de Colombia, invadido por alemanes, italianos, holandeses, árabes y norteamericanos que regentaban la aviación, los alimentos, las inmobiliarias, los burdeles y la eterna parranda de lascivia y soberbia.

A los quince, terminando el primer curso del bachillerato, el pichón de piedracielista le presentó a Martina Fonseca, la mujer que le enseñó el arte de amar y le sacó del pantano de la pubertad.  Martina le doblaba en edad, era una blanca maestra con cuerpo de mulata que preparaba sus colegas para remontar en el escalafón docente. Estaba casada con el práctico de un buque fluvial, “negrazo de dos metros y un jeme, con una tranca de artillero”, que regresaba cada doce días cuando salía de oficio. Ese día, mientras esperaba a César del Valle tuvo la oportunidad de conversar con ella dos horas y no volvió a verla hasta el Miércoles de Ceniza cuando al salir de misa la encontró esperando en una grada del parque, de lino pero con un descote de fuego. Con la cruz de la ceniza en sus frentes pasaron la tarde entre las sábanas de la arrechera con la seguridad de que si no se oía la sirena del buque podían continuar el ritual todos los sábados de aquel año, siempre de cuatro a siete, cuando Gabito decía a su tío que estaba en cine. Una docena de años, escribiendo para El Espectador, volvió a verla:

Recuerdo cuando sonó el teléfono y reconocí al instante la voz radiante de Martina Fonseca:

— ¿Aló?

Abandoné el artículo en mitad de la página por los tumbos de mi corazón y atravesé la avenida para encontrarme con ella en el hotel Continental. No fue fácil distinguirla entre las otras mujeres que almorzaban en el comedor, hasta que ella me hizo una señal con el guante. Estaba vestida con un abrigo de ante, un zorro marchito en el hombro y un sombrero de cazador y los años empezaban a notársele demasiado en la piel maltratada por el sol, los ojos apagados y toda ella disminuida por los primeros signos de una vejez injusta. Ambos debimos darnos cuenta de que doce años eran muchos a su edad, pero los soportamos bien. Había tratado de rastrearla en mis primeros años de Barranquilla, hasta que supe que vivía en Panamá, donde su Vaporino era práctico del canal.

Creo que acababa de almorzar con alguien que la había dejado sola para atenderme. Nos tomamos tres tazas mortales de café y nos fumamos medio paquete de cigarrillos buscando a tientas el camino para conversar sin hablar, hasta que se atrevió a preguntar si alguna vez había pensado en ella. Sólo entonces dije la verdad: no la había olvidado nunca, pero su despedida había sido tan brutal que me había cambiado el modo de ser. Entonces fue más compasiva que yo:

—No olvido nunca que para mí eres como un hijo.

Se alegró de haber venido, me entretuvo con algunos recuerdos que nada tenían que ver conmigo, y tuve la vanidad de pensar que esperaba de mí una respuesta más íntima. Pero como todos los hombres, equivoqué el tiempo y el lugar. Miró el reloj cuando ordené el cuarto café y otro paquete de cigarrillos y se levantó sin preámbulos.

—Bueno, niño, estoy feliz de haberte visto —dijo. Y concluyó—: Ya no aguantaba más haberte leído tanto sin saber cómo eres.

— ¿Y cómo soy? —me atreví a preguntar.

— ¡Ah, no! —rió ella con toda el alma—, eso no lo sabrás nunca.

Sólo cuando recobré el aliento caí en la cuenta de las ansias de verla que había tenido siempre y del terror que me impidió quedarme con ella por todo el resto de nuestras vidas.

Al estallar la segunda guerra mundial y con ocho hijos a cuestas, el padre se llevó de nuevo la estirpe a “un pueblo de mierda” en el departamento de Sucre donde vivirían doce años. A medida que se hacía adulto y visitaba como bachiller, universitario o periodista ese pueblo, llegó a la convicción que la vida es una tragedia como sucede en Crónica de una muerte anunciada [1981] y El General en su laberinto [1989], escritas cuando la fama se había convertido en su desgracia. Sin futuro a la vista, el nieto del coronel solicitó a sus padres un pasaje y algún dinero para ir a la capital de Colombia, donde presentaría los exámenes para una beca en un colegio del estado, más para alcanzar cierta independencia que terminar el bachillerato, con la seguridad de las tres comidas diarias, una cama y la compañía de unos contemporáneos.

Como Rubén Dario a los dieciséis años, en enero de 1943 Gabito, con un arcón metálico y a la espalda un petate, un chinchorro y un orinal de mano, subió a un buque fluvial de rueda de madera hacia el otro mundo. Bogotá era entonces una urbe arcaica y tétrica donde caía un desvelado rocío desde mil cuatrocientos noventa y dos. En sus calles solo había hombres de negro y sombrero gardeliano y a los cafés de las esquinas no ingresaban ni los curas de negra sotana, ni mujeres de sombrero ni los militares de uniforme. Enormes caballos normandos tiraban los carros de cerveza, los tranvías iban ahogados de gente de negro, cientos de mujeres con sombrero de hombre, mantas y follado empujaban sus acémilas recogiendo los desperdicios de los comedores públicos y a las cuatro de la tarde aparecía, sin falta, la lujosa carroza tirada por ocho hermosos caballos azabache adornados con terciopelos morados y morriones de plumones negros con los cadáveres de las buenas familias.

02

Los dioses de la literatura permitieron que un caballero, que le había oído cantar un bolero de su gusto y cuya letra le solicitó escrita, fuese el funcionario que le otorgara en el primer Liceo Nacional de Varones que había creado el gobierno de Alfonso López Pumarejo y su ministro López de Mesa, una de las 350 becas nacionales de ese año de más de diez mil aspirantes, en Zipaquirá, un pueblo seudo aristocrático a cincuenta kilómetros de Bogotá, que había sido capital del Estado Soberano de Cundinamarca y tenía dos catedrales y veinte iglesias. Si como sostuvo Borges, uno es de donde hace el bachillerato, y sus primeros cuentos y poemas fueron publicados en diarios capitalinos, habría que afirmar que fue un escritor bogotano. Los Casas, Dávila, De Brigard, Esguerra, Hinostroza, Holguin, Lleras, Peñalosa, Pizano, Pombo, Sáenz de Santamaria, Umaña, Urdaneta y Uricoechea habían dejado su impronta de clase, habitado sus casonas y explotado las minas de sal y los campos patatas de los tributarios muiscas del Zipa de Bacatá. “Avíspate” le dijo Adolfo Gómez Támara, el director de becas del Ministerio de Educación al despedirlo: “ahora tu vida está en tus manos”.

Lo cierto es que la educación que recibió fue impartida por maestros iniciados bajo los corolarios de la revolución mexicana, la segunda república y la guerra civil española y el estalinismo.  Egresados en su mayoría de la Escuela Normal Superior habían ido a parar a ese pueblo de chimeneas, rechazados en la capital por sus ideas liberales e incluso marxistas. Gabito recuerda haber leído, prestados por algunos de sus maestros, a Federico Engels, José Eustasio Rivera, José María Vargas Vila, Juan de la Cruz, Julio Verne, Ling Yutang, Mark Twain, Nostradamus, Sigmund Freud, Thomas Mann y los casi cien tomos de la Biblioteca Aldeana, que el ministerio de educación regalaba a los colegios públicos. También sus incursiones como cantante y productor de sonetos y octosílabos calcando a Quevedo, Lope de Vega, García Lorca o Garcilaso de la Vega hasta el extremo de haber parodiado cuarenta de este, “simples ejercicios técnicos sin inspiración ni aspiración, a los que atribuía ningún valor poético por no me salían del alma” pero por los cuales cobraba en ocasiones a los enamorados de domingo. Los sonetos de “Javier Garcés” eran boleros piedracielistas:

Si alguien llama a tu puerta, amiga mía,

y algo en tu sangre late y no reposa

y en tu talle de agua, temblorosa,

la fuente es una líquida armonía.

 

Si alguien llama a tu puerta y todavía

te sobra tiempo para ser hermosa

y cabe todo abril en una rosa

y por la rosa se desangra el día.

 Si alguien llama a tu puerta una mañana

sonora de palomas y campanas

y aun crees en el dolor y en la poesía.

Si aún la vida es verdad y el verso existe.

Si alguien llama a tu puerta  y estás  triste,

abre, que es el amor, amiga mía.

(Si alguien llama a tu puerta)

 Con 20 años y cincuenta kilos de peso, bigote de cepillo y una hirsuta melena, circunspecto, caviloso y disciplinado se matriculó en derecho en la Universidad Nacional, pero el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y las persecuciones desatadas el 9 de Abril de 1948 le llevaron a Cartagena de Indias, los veinte meses que trabajó a las órdenes de un radical que había sido secretario de otro General de las guerras civiles y quien parece le inició en los rudimentos del periodismo moderno. En esa Bogotá de hielo y desolación, sólo la poesía le había acompañado:

 “Cuando terminé el bachillerato y me fui a Bogotá, –confesó en 1981-,  mi diversión más salaz era meterme en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de muchos otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante los viajes de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizá de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad, hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna, y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que tuviera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer. A veces encontraba alguien, que era casi siempre un hombre, y nos quedábamos hasta pasada la medianoche tomando café y fumando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos habíamos consumido, y hablando de versos y versos y versos, mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.”

  “Es difícil imaginar, agrega en sus memorias, hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética, otro modo de ser, una bola de candela que andaba de su cuenta por todas partes. Abríamos el periódico, aún en la sección económica o en la página judicial, o leíamos el asiento del café en el fondo de la taza, y allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo de nuestros sueños”.

 La “Atenas Sudamericana” de 1947 tenía setecientos mil habitantes, todos los políticos eran abogados y sólo unos cincuenta mil hablaban el mejor español del mundo. La matrícula en la Universidad Nacional no llegaba a los cuatro mil, la mitad de ellos venidos de provincias. García Márquez se instaló en una pensión de estudiantes a cuatro cuadras de la mejor esquina de Colombia, la carrera séptima con avenida Jimenez donde estaban las oficinas y talleres de El Tiempo, frente al edificio donde despachaba Jorge Eliecer Gaitan. Allí, por diez y ocho pesos al mes, tuvo lecho y comida, siempre con la sensación de faltarle los “cinco centavos que valían el periódico, el tranvía, el teléfono público, la taza de café y el lustre de los zapatos”.

Hasta que un día, cuando descubría a Borges, Chesterton o Joyce, escuchaba en clases a Simón Latino, Diego Montaña Cuellar o Jorge Soto del Corral, en el Windsor a Juan Lozano y Lozano y su partenaire León de Greiff y sentado  en El Molino discutía con Gonzalo Mallarino, Camilo Torres, Carlos Villar Borda 0 Plinio Apuleyo Mendoza, en la sala de música de la Biblioteca Nacional mientras “odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos de Búfalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn” descubrió, leyendo en La metamorfosis, un cuento largo de Franz Kafka, que iba a ser escritor porque, como su abuela Tranquilina, el checo contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si acabara de verlas.

Así que tras leer una nota de Eduardo Zalamea Borda en El Espectador, donde lamentaba la inexistencia de nombres para recordar entre la más reciente generación de escritores, redactó uno sobre el terror a la muerte, que llevó hasta la redacción y dos sábados después vio impreso a cinco columnas. La tercera resignación [13 de septiembre de 1947] fue el primero de los cuatro [Eva está dentro de su gato (24 de octubre de 1947), Tubal-Caín forja una estrella (17 de enero de 1948) y La otra costilla de la muerte (25 de julio de 1948)] que Zalamea publicó en “Fin de Semana”. Uno más, confeccionado en marzo del 48, sobre un fauno que con cuernos, perilla de chivo y el hedor de su pelambre había subido al tranvía en una estación de Chapinero y nadie vio descender en la calle 26 frente al cementerio, fue enviado a Jaime Posada Diaz, director de las Lecturas Dominicales de El Tiempo, Ministro de Educación [1958-1962] sin título académico alguno del segundo gobierno de Alberto Lleras por obra y gracia de Germán Arciniegas y actual presidente de la Real Academia de la Lengua, pero ni publicó el cuento ni respondió la carta.

El 9 de abril de 1948 cientos de miles de hombres, mujeres y niños descendieron hasta el corazón de Bogotá para vengar la muerte de Jorge Eliecer Gaitán rompiendo los inmensos espejos de los grandes hoteles, las rutilantes arañas de las lámparas, las cortinas de raso y las cajas de champaña y llevar esos despojos hasta sus pobres casas y barrios periféricos. Con las banderas rojas y los machetes en alto todo cayó a su paso, todo fue saqueado, todo quedó oliendo a hierro y aguardiente, a piedra quemada mientras cientos de cadáveres se enfriaban de la vida bajo la persistente lluvia de la desdicha.

Gabito, que vivía a escasas tres calles de donde había caído Gaitán, alcanzó a ver un hombre que con un terno gris soliviantaba a voces a una cuadrilla de lustrabotas que con sus cajas intentaban derribar las cortinas de metal de la farmacia donde se había refugiado el supuesto asesino, que con una lividez de muerto, mientras el incitador gritaba ¡a palacio! iba a ser arrastrado a patadas y golpes carrera séptima arriba hasta asesinarle dejando el cuerpo en calzoncillos y con un zapato.

Cincuenta años después, —sostiene en Vivir para contarla–, mi memoria sigue fija en la imagen del hombre que parecía instigar al gentío frente a la farmacia, y no lo he encontrado en ninguno de los incontables testimonios que he leído sobre aquel día. Lo había visto muy de cerca, con un vestido de gran clase, una piel de alabastro y un control milimétrico de sus actos. Tanto me llamó la atención que seguí pendiente de él hasta que lo recogieron en un automóvil demasiado nuevo tan pronto como se llevaron el cadáver del asesino, y desde entonces pareció borrado de la memoria histórica. Incluso de la mía, hasta muchos años después, en mis tiempos de periodista, cuando me asaltó la ocurrencia de que aquel hombre había logrado que mataran a un falso asesino para proteger la identidad del verdadero.

03

Una semana después del crimen del siglo García Márquez tomaría un avión para Barranquilla y sobre el techo de un bus de escalera, con veintiún años y la canícula caribe, llegó a Cartagena de Indias, entreviendo que podía vivir del periodismo, a ser novelista. Hacía un mes habían fundado un periódico de talante liberal cuyo responsable, viejo conocido de Eduardo Zalamea Borda y  Jorge Eliecer Gaitán, librepensador y feroz corrector de estilos, durante los casi ocho meses que estuvo en La Heroica introdujo a García Márquez en los trucos y atractivos del periodismo moderno. El 20 de mayo de 1948, se plantó frente al escritorio de Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción de El Universal y le dijo: “Me llamo Gabriel García Márquez y quiero trabajar aquí”. Domingo López Escauriaza le pagaría 32 centavos por artículo, firmado o no. Y el resto de obligaciones en fama, como ha sido costumbre en los diarios colombianos. Y aunque dormía unas veces en hostales, otras en los bancos de los parques, las piezas de amigos, sobre los rollos de papel en los talleres de El Universal o en la cama de una putica de Tesca a quien amaba y quien le ilustró para siempre en las artes amatorias, su soledad fue infinita, [“no tenía con quien hablar”] apenas mitigada por las eternas noches gastadas en un cuchitril a cielo abierto, detrás del mercado de Getsemaní, donde conoció la solidaridad sin fronteras de los desheredados de la fortuna. Cartagena, mucho más que Bogotá, ha sido una sociedad excluyente y clasista.

El propietario y servidor único de La Cueva –recuerda en sus memorias– se llamaba José Dolores, un negro adolescente de una belleza incómoda, envuelto en sábanas inmaculadas de musulmán y un clavel vivo en la oreja. Pero lo que más se le notaba era la inteligencia excesiva, que sabía usar sin reservas para ser feliz y hacer felices a los demás. Era evidente que le faltaba poco para ser mujer y tenía una fama bien fundada que sólo se acostaba con su marido. Nadie le hizo nunca una broma por su condición, porque tenía una gracia y una rapidez de réplica que no dejaba favor sin agradecer ni agravio sin cobrar. Él solo lo hacía todo, desde cocinar lo que sabía que cada cliente gustaba, hasta freír las tajadas de plátano verde con una mano y arreglar las cuentas con la otra, sin más ayuda que la de un niño lo llamaba mamá. Cuando nos despedimos me sentía conmovido por el hallazgo, pero no me habría imaginado que aquel lugar de trasnochados iba a ser uno de los inolvidables de mi vida.

En la navidad de mil novecientos cuarenta y nueve aceptó el trabajo que Alfonso Fuenmayor le ofreció en El Heraldo de Barranquilla, porque había más “gente interesante con quien conversar”. Curramba ya era la tercera ciudad del país con más de medio millar de empresas industriales que empleaban unos doce mil operarios y aun que el latifundio seguía siendo la estructura agraria determinante, su cuarto de millón de habitantes disfrutaba de cuatro periódicos, siete emisoras, cuatro librerías que distribuían las novedades mexicanas o argentinas, una universidad, escuela de bellas artes y ballet clásico cuando Pietro Biava dirigía la Orquesta Filarmónica y Cecilia Barranco y Marta Emiliana ofrecían conciertos para piano y en “El vaivén”, una tienda de esquina se reunían Alejandro Obregón, Cecilia Porras, Olga Chams Eljach, Nereo López, Álvaro Cepeda Samudio, Feliza Burzstyn, Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor, José Felix Fuenmayor, Ramon Vinyes y el millonario Julio Mario Santodomingo, un grupo heterogéneo de artistas y escritores cuya característica definitoria fue admirar la floreciente cultura norteamericana de posguerra mientras en la capital de Colombia los intelectuales seguían atados al centrismo cultural francés.

El mundo en Barranquilla comenzaba en la calle San Blas, subía por Progreso y 20 de Julio y allí se detenía para ingresar en la Librería Mundo, el Café y el Cine Colombia, el Japy y la Lonchería Americana. Luego una calle al norte los billares América y al este el Café Roma, el paseo Bolivar y detrás de todo el parque Colon cerca de la iglesia de San Nicolás a unos pasos de El Heraldo.

El 18 de febrero de 1950, al medio día, Luisa Santiaga Marquez, que acababa de remontar el rio Grande de la Magdalena, buscó a su hijo al fondo de la Librería Mundo y le pidió la acompañara a Aracataca a vender la casa de sus padres.

Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónitos detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura otoñal.

 Ni mi madre ni yo, por supuesto, hubiéramos podido imaginar siquiera que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarlo. Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos, sé que fue la decisión más importante de cuantas tuve que tomar en mi carrera de escritor. Es decir: en toda mi vida.   

Los cuatro años que permaneció en Barranquilla, rodeado de espíritus afines y solidarios le permitieron consolidar la prosodia que le haría uno de los notables cronistas del siglo, como lo habían sido Martí, Gómez Carillo, Darío o García Calderón y Gonzalez Prada, inaugurando su periplo de reportero de calle, columnista, corresponsal internacional y confeccionando más de media docena de cuentos donde lentamente talló la voz con que redactaría sus magistrales Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, La siesta del martes y Los funerales de la Mama Grande. Con frases y giros breves y precisos, yendo al grano, dando la impresión que son los acontecimientos y no el narrador quien las pone delante, remitiendo a ideas o imágenes que remontaran el río del tiempo, García Márquez crea la atmósfera de los futuros decorados y telones de ópera que servirán para resaltar la presencia de sus personales agonistas.

Sus personajes, desde el acaudalado cuya fortuna proviene de turbias componendas y manipulaciones, o el suboficial que ejerce el poder político y militar, o el clérigo que patrulla el comportamiento moral de la feligresía, el minorista, el médico, el letrado, el remendón, el zapatero, la solterona, las putas, los curanderos o el ladrón, son diseñados a partir de un rasgo definitorio que los hace singulares entre pares. Seres que en su ineludible infortunio están rodeados de los ruidos que produce la vida diaria, las gentes que concurren a las plazas de mercado y el cotilleo de comadres y compadres pero se saben solos en su devenir, sus enfermedades, sus desgracias y bien seguro, en la muerte. Un mundo atrapado por la pereza de los elementos, los zancudos y la violencia, símbolos del mal pero escenario de asuntos inexplicables y extraños donde  tras las mamposterías de caña brava ocurren siniestras ceremonias de hechicerías, bandadas de pájaros llueven de los cielos, un sacerdote ve a los lejos al Judío Errante y tiene ocasión de conversar con él que le cuenta que ha venido al entierro de la Mama Grande junto con otros desde los más raros lugares del planeta.

Y rodeándolo todo y a todos la humedad viscosa, sofocante, seca, inasible y siniestra de un ambiente lúbrico que penetra las frases y los diálogos, creando una tragedia con una exclamación que atrapa al lector y le hace parte del lance. En sus primeros cuentos García Márquez ofrece la impresión de prolongar las tradiciones narrativas inauguradas por Gallegos, Rivera o Guiraldes donde la naturaleza derrota al hombre. Pero no hay tal. Todos los signos y efectos del entorno son presagio de la tragedia humana, símbolos de las frustraciones, bajezas y miserias de ese estar muertos intuyéndonos vivos, un estado del cual nunca sabremos nada. La eterna espera y esperanza de algo que no llegará.

Un estilo que elimina lo superfluo, diseñando una oración precisa, diáfana, justa, donde la expresión llana y continua elude la pomposa y engolada. Una pericia que elude entregar al lector la solución de los enigmas que propone, así desde la apertura haya dicho lo que debemos saber al final, pero que no creemos o a pesar de saberlo, queremos saber otra vez cómo se ha llegado a esa conclusión. Algo que quizás aprehendió en Hemingway que hacia precisamente lo contrario, ocultar el desenlace.

05

A comienzos de mil novecientos cincuenta y cuatro se muda temporalmente a Bogotá donde El Espectador le contrata por novecientos pesos mensuales como reportero, crítico de cine y gacetillero cultural. La primera semana de agosto la Asociacion de Escritores y Artistas de Colombia por boca de su secretario Oscar Delgado anunció los ganadores del premio de cuento fallado por un jurado integrado por Daniel Arango, Próspero Morales Pradilla, Rafael Maya y Hernando Tellez: GGM, “barranquillero” de 27 años, primer premio [$500 pesos donados por Luis Guillermo Echeverri más $200 del Dominical] con Un día después del sábado; Guillermo Ruiz Rivas, bogotano de 54 años, industrial, segundo premio y Carlos Arturo Truque, de 27 años, registrador de carga del terminal marítimo de Buenaventura, tercer premio.

Un reportaje, al único sobreviviente del naufragio de un destructor de la marina colombiana, causado por el sobrepeso de neveras, lavadoras y televisores de contrabando que trasportaba, desprestigiando la tiranía de Gustavo Rojas Pinilla, condujo a Gabito a Ginebra, Roma y por último a Paris, tras el cierre del diario por orden del gobierno. La dictablanda inventada por los liberales se había tornado en pesadilla. El propio García Márquez presenció el asesinato de 12 estudiantes en la carrera séptima el 9 de junio de 1954.

Enfrentado con la prensa y la radio, aduciendo protección contra eventuales injurias y calumnias de sus funcionarios, el régimen expidió normas legales y creó prensa estatal y paraestatal, hostigando legal y tributariamente a El Espectador, El Tiempo y El Siglo. Según la historia, el domingo 29 de enero de 1956, la hija del dictador y su esposo fueron objeto de una rechifla durante una corrida toros en la Santamaría de Bogotá, en contraste con la ovación ofrecida minutos antes a Alberto Lleras Camargo, líder de la oposición. El domingo siguiente, 5 de febrero, se produjo la represalia. El gobierno compró miles de boletas para sus detectives encubiertos y a quienes coreaban “Lleras sí, otro no”, y a los que se negaban a vitorear a María Eugenia, los molieron a palos, los lanzaron por las graderías, los golpearon con yataganes o a puntapiés. El número exacto de muertos y heridos nunca se supo porque fueron enterrados sin nombre. La noticia no salió reseñada en ningún medio colombiano pero la agencia UPI la transmitió a sus abonados en el mundo de entonces.

Escrita en una buhardilla del barrio latino de la posguerra en pleno auge del Neorrealismo que consagraron Roma, cittá aperta [1945] de Roberto Rossellini, Ladri di biciclette [1948] y Umberto D [1952] de Vittorio de Sica, donde los sentimientos de los personajes delatan mejor la anécdota que el desarrollo de la trama, El coronel no tiene quien le escriba [1961] fue la primera de sus obras maestras.

Un viejo coronel espera cada octubre, desde hace cincuenta y seis años, una carta que le confiera la pensión prometida hace quince por el gobierno, viviendo con su esposa en una exacta pobreza, tras haber perdido al único hijo que veía por ellos a causa de su participación en la resistencia clandestina contra el gobierno que ha instaurado la censura. El hijo ha dejado una máquina de coser y un gallo, campeón de muchos combates, que causa serias riñas entre la pareja mientras deciden si venderlo o esperar a las futuros combates de enero en la gallera del pueblo.

Con un lenguaje que se erige en una desmesura del tempo narrativo con los ires y venires del coronel entre la oficina de correos, la sastrería, el consultorio del médico, la gallera y el despacho del abogado, víctima de la insolidaridad y el abandono, mantiene en vilo al lector. Empujado a la indigencia, con una mujer enferma que se pudre en el calor del trópico, el coronel  trata de abolir su desdoro solicitando préstamos y vendiendo lo poco que le queda, menos el gallo porque  “nunca es tarde para nada”, si todo lo que daba sentido a la existencia está ahora detenido por el toque de queda, la censura, las batidas policiales, los privilegios del alcalde y los sobrentendidos y medias tintas que deciden la vida política del pueblo apenas aliviada por la sospecha de una resistencia armada que hace presencia, precisamente, en los panfletos que causaron el asesinato de su hijo. No vender el gallo y hacer que llegue vivo hasta el próximo enero es resistir a ese estado de cosas. Un símbolo de la dignidad y la intransigencia.

Un ser que rebosa de aflicción haciéndonos responsables de su desahogo luego de años y ahora meses de resignación y paciencia hasta estallar como un volador de navidad “sintiendo animales en las tripas”. Frases y procedimientos narrativos que se piensan trebejos de un nigromante al momento de agregar seres al mundo, función precisamente propia del gran escritor.

-Entonces ya será veinte de enero –dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.

-Si el gallo gana –dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.

-Es un gallo que no puede perder.

-Pero suponte que pierda.

-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel. La mujer se desesperó.

«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.

-Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en  el momento de responder:

-Mierda.

Había llegado a Paris cruzando el Atlántico en uno de los Constellation de Howard Hughes que en treinta y seis horas, como saltamontes decolaba y aterrizaba en las Bermudas, luego en Azores, Lisboa, Madrid y al fin la Capital Luz. El 17 de julio de 1955 ya estaba en Ginebra para asistir a la reunión de los “Cuatro Grandes” que hacía diez años vivían una guerra en frio. Los dos y medio que viviría en Europa no fueron un jardín de rosas, pero le dejaron entrever sus posibles, y aun cuando vivió meses de angustia en el Paris que vio ganar el Premio Nobel a Albert Camus, cantando en bares o tolerando hambres, pudo saber que la amistad era posible a partir de la admiración por su trabajo y creyendo que los tiempos iban a cambiar el destino del hombre. Seres como María Concepción Quintana, Hernán Vieco o Plinio Apuleyo Mendoza, quien le llevaría como periodista a la Caracas de Venezuela Gráfica, la “pornográfica” revista de los Capriles cuando caía Pérez Jimenez y luego a La Habana triunfante de Castro hasta llegar a Ciudad de México donde conocería, incluso antes de la publicación de Cien años de soledad, la buena fortuna, fueron apareciendo en su camino gracias a su deslumbrante manera de escribir y ver el mundo.

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En la capital azteca, con la ayuda de un poeta que había pagado una larga visita a chirona por sus servicios a la empresa imperialista más grande del mundo, que había sido jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión, o extraído de un hotel el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo en un ataúd de emergencia de la funeraria de la esquina, pero gozaba de la confianza de los poderosos publicistas del distrito federal, fue nombrado director de unas revistas de farándula que le garantizaron una vida cómoda con sus dos hijos y joven esposa hasta la tarde que el destino le hizo regresar al cuarto donde compuso su obra más conocida.

A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, –confesó en Cartagena de Indias el 27 de marzo de 2007— me senté en mi máquina de escribir y empecé: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante 18 meses hasta que terminé el libro. […]. Pocos años después Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa.

Y otro libro mejor contaría cómo sobrevivimos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.

Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con rigor de cirujano, pasó y pasó con sus ojos mágicos las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas […]. Y al final volvió con una larga verónica de novillero: “Todo esto es puro vidrio” […].

Por fin, a principios de agosto de 1966, fuimos a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: “Son 82 pesos”. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: “Sólo tenemos 53”. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.

 Dejando a la prosodia expresarse como un torrente volcánico, con una prosa neta y espléndida que aviva y remueve emociones donde reconocemos para siempre su personalísima voz, Cien años de soledad [1967]  es el recuento de la gloria y decadencia de un pueblo imaginario y la familia que lo fundó.

Macondo es al principio una perfecta comunidad, ganada a los pantanos por José Arcadio Buendía, patriarca del clan; un conquistador espiritual que al final es vencido en su deseo de conocimientos y muere atado a un castaño, musitando en latín argumentos contra la existencia de Dios. Su hijo, el coronel Aureliano, saca a Macondo del aislamiento con la participación en los conflictos políticos, revolucionarios y la guerra civil. El periodo de desarrollo y explotación por parte de una gigantesca compañía bananera concluye en huelgas y en una masacre nocturna. Macondo entra en decadencia. La matriarca Úrsula Iguarán, luego de haber luchado por cerca de ciento treinta y cinco años para salvar el espíritu familiar, abandona sus luchas y el pueblo es gradualmente ocupado por la selva. Al final los dos Buendía sobrevivientes sucumben en un incesto delirante. Así se cumplen las profecías de Melquíades, que había escrito en sánscrito la historia que leemos.

Cien años es una metáfora de la historia que puede ser leída como fábula o poema. Relato mágico de la experiencia del hombre, desde el Paraíso hasta el Apocalipsis, recuenta los azares de vivos y muertos a través de presagios, hechicerías, sueños, fantasías, lubricidades, violencia y pestes; símbolos de esa “ciencia de lo concreto” con la cual descubrimos que la soledad, a que nos ha confinado el siglo de la erudición y las guerras atómicas, es el mal por excelencia. Es además una vigorosa memoria de los goces y dolores de la vida, donde se describen historias surreales de vivos y muertos: alfombras voladoras pasean niños sobre los techos del lugar; gigantescos imanes arrebatan sartenes, cubiertos, ollas y arrancan los clavos de las casas; en la selva, a doce kilómetros del mar hay un galeón anclado entre la selva; una peste de insomnio lleva a una progresiva amnesia a los macondianos, que deben marcar cada cosa con su nombre y escribir un gran letrero en la calle principal: Dios existe; hay gitanos que regresan a la vida porque no pueden soportar la soledad de la muerte; formidables parejas fornican sin cesar propagando la fecundidad de los mamíferos; varias jovencitas ascienden al cielo entre sábanas de gloria; las guerras inútiles del Coronel Aureliano Buendía, furibundo enemigo del gobierno cuya efigie de prócer termina por hacer parte del santoral luego de tener diecisiete hijos varones en otras tantas distintas mujeres pero son exterminados en una sola noche, escapa a catorce atentados, setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento; los prodigiosos amores de Petra Cotes con Aureliano Segundo, bajo cuyo influjo las vacas y las ovejas se lanzan a parir desaforadamente; Mauricio Babilonia perseguido por una legión de mariposas amarillas vaya donde vaya, etc, etc.

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El asunto central de la novela es el aislamiento. En Macondo, tierra de lo posible, no existe la solidaridad y la comunicación entre los hombres. Macondo es una Arcadia donde sólo triunfan la muerte y la violencia. Un pueblo habitado por sabios aislados y vidas anacrónicas cuyos símbolos vivos son José Arcadio Buendía, el vidente atiborrado de proyectos que termina junto a su difunto enemigo Prudencio Aguilar; Úrsula Iguarán, que confunde el presente y el pasado y es una muñeca que divierte a sus tataranietos, abandonada por la realidad de la que había sido su único médium; Aureliano Segundo que despilfarra su vida y la de su concubina mientras cubre con billetes de banco las paredes de las habitaciones, bebe ríos de brandy y baila, hasta la misma vejez, una eterna cumbiamba que apenas apacigua el diluvio universal; Remedios la bella que vaga por el desierto de la soledad hasta cuando asciende en cuerpo y alma al cielo; el coronel Aureliano preña mujeres que desconoce, fabrica pescaditos de oro y promueve inútiles levantamientos; Meme Buendía, muda desde el día que su madre la llevó a un convento de tierra fría para que diera a luz el hijo de Mauricio Babilonia, y Aureliano Babilonia, un adolescente que ignora el presente pero sabe todo sobre el hombre del medioevo.

El amor, al final de la novela, derrota a la soledad cerrando el círculo maléfico del incesto, maldición y destino de la familia. Cerca del fin del mundo Amaranta Ursula y Aureliano Babilonia se aman

en un universo vacío, donde la única realidad cotidiana y eterna era el amor, […] un vínculo de solidaridad que no era tan deslumbrante y capitoso como la pasión, pero que les sirvió para amarse tanto y ser tan felices como en los tiempos alborotados de la salacidad,

Engendrando al último de la estirpe, que nace con cola de cerdo y es devorado por las hormigas.

Pero quien ha narrado la historia es el coronel Aureliano Buendía, que entre los avatares de las guerras compone en versos rimados sus encuentros con la vida y la muerte [“Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquiades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer” ] y ya cerca del final, quema, con el baúl de los poemas “la historia misma de la familia, escrita por Melquiades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias”, porque gracias al misterio de la poesía “no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante”.

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La fama llevó el 4 de noviembre de 1967 a la familia García Barcha a España. En Madrid estuvieron varios días en un hotel de tres estrellas, en Marques de Urquijo, que había sido, durante los años de su amistad con el primo de Franco, el lugar predilecto de Eduardo Carranza, aquel poeta falangista que tanto había admirado Gabito en su juventud. Llegaron a Barcelona en un auto de alquiler conducido por el propio García Marquez y luego de una estadía en hoteles terminaron viviendo en un enorme piso de cinco dormitorios en la Calle Caponata. Nunca más serían pobres.

Los seis años de Barcelona fueron de gloria y la fenomenal soledad que depara el laurel y el poderío, como dejó plasmado en su novela del dictador. En la capital de la Cataluña antifranquista sería, más allá de su prestigio y fortuna, tan subestimado como en Bogotá o Cartagena. Es cierto que gozó de la amistad y el consejo de Carlos Barral y Carmen Balcells, pero la despiadada verdad es que solo tuvo un par de amigos, un siquiatra madrileño y su mujer, una malagueña que acaba de terminar sus estudios de literatura en la universidad de Barcelona. La Divine Gauche que bebía y departía en Bocaccio en la Calle Muntaner, o las “Cien familias” del  Barça en la costa de Tarragona, lo percibieron como un solapado cateto izquierdista que no lograba comprender the way of life de unos europeos acomodados partidarios de las revoluciones violentas, mientras él, amigo de Fidel Castro y Omar Torrijos, que escribía un libro sobre un dictador eterno, nunca pronunciara una sola palabra contra Francisco Franco, así donara un premio de una universidad norteamericana para crear un comité de presos políticos en su patria o regalara el gaje del Rómulo Gallegos para crear un periódico del MAS venezolano.

El otoño del patriarca (1975) fue un poema autocrítico sobre la soledad del poder de quien que no soporta la emulación de sus pares. Construido en seis capítulos que suman aproximadamente cien frases en total, en una carta reconoció que debió haber sido escrito como un poema lírico [λυρική] pero no tuvo el valor de abandonar la épica [πικός].

Un bastardo de una pajarera preñada en medio de una tempestad de moscardones, que cree se ha engendrado a sí mismo y nace en las puertas de un convento con grandes pies deformes y un sólo testículo del tamaño de un higo, se convierte en General del Universo de una República Tropical como instrumento de una potencia extranjera, entre los 107 y los 232 años de su edad y engendra cinco mil niños. Analfabeta y rústico, egoísta, lascivo, soberbio y ambicioso, encuentra un mundo interesado en dar brillo a su imagen de asombroso escalador social, desde su anonimato de ayer hasta la idolatría popular del hoy, víctima de sí mismo y esclavo de su descomunal totalitarismo. Desata así un régimen paternalista de terror con la conciencia de que el poder termina por generarse a sí mismo y crea sus propias verdades. Cien años dura el cautiverio de un pueblo sometido a las hábiles componendas de un tirano que usa, con impresionante eficacia, las técnicas modernas de la comunicación de masas cambiando el tiempo para usarlo a su amaño; haciendo que el ganado nazca con su marca hereditaria; gana la lotería cada semana mediante trampas realizadas por niños a quienes ahoga temiendo ser descubierto; vende el mar a los extranjeros y el embajador de Estados Unidos ordena succionarlo mediante dragas gigantescas «en piezas numeradas para plantarlas lejos de los huracanes en los coloreados amaneceres de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, señor General, con los reflejos de nuestras ciudades, nuestra tímida gente ahogada, nuestros dragones dementes»; comete seniles atrocidades sexuales; hace la guerra a la Iglesia pues esta no canoniza a su madre, etc. Un tirano que agrega al mundo el miedo a vivir, porque se teme a sí mismo y es incapaz de amar.

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Los años de Barcelona y la escritura de El otoño del patriarca transformaron a Gabito en Gabriel Garcia Marquez, un señor que trataría de tú a tú con los poderosos de la tierra, imposibilitado por el destino para departir con sus iguales con un ego que le empujaba a elevarse más y más sobre sí mismo. Uno, que siendo el tímido y modesto y amable de siempre, sería hasta el fin un ser horripilante que solo pudo estar a sus anchas entre desagradables, entre Alvaro Mutis, Gloria Valencia, Alvaro Castaño, Bill Clinton, Daniel Ortega, Alfonso López Michelsen, Carlos Fuentes, Felipe Gonzalez, François Mitterrand, Belisario Betancur, Enrique Santos Calderón, María Jimena Duzán, Gloria Triana y toda la gama de los presidentes mexicanos, incluidos Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari.

“Es casi un confesión personal, un libro autobiográfico, un libro de memorias, –dijo a Guillermo Sheridan y Armando Pereira durante una entrevista para la revista de la Universidad de México en 1976–. Lo que pasa es que, por supuesto, son memorias cifradas; pero si tú en vez de ver a un dictador ves a un escritor famoso y terriblemente incómodo con su fama, con esa clave, puedes leer el libro y te resulta.”

El asesinato de Salvador Allende y las muertes de Pablo Neruda, Roldós y Torrijos fueron catástrofe para García Márquez: “Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo”. Allende había muerto confiando en las virtudes de las democracias, al mientras el castrismo perseguía a los intelectuales disidentes, convirtiendo el llamado Caso Padilla en causal de distanciamiento entre García Márquez y sus viejos amigos Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Juan Marsé o Plinio Apuleyo Mendoza, [“Soy un comunista que no encuentra dónde sentarse”] y del enfriamiento con el régimen cubano, del cual estaría alejado al menos un par de años. Creyó entonces que si creaba un periodismo crítico, lejano de los tradicionales partidos de izquierda y sus aparatos de propaganda, quizás las democracias latinoamericanas tomaran nuevos caminos. El golpe de estado de Pinochet fue el punto de inflexión definitivo de su alejamiento no solo de Barcelona sino de sus iguales.

Como había declarado que no volvería a escribir novelas mientras estuviese Augusto Pinochet en el poder, una camarilla de la Social Bacanería comandada por el enigmático millonario Enrique Santos Calderón, logró convencer a Gabito de cofinanciar [“no creía en semejante aventura en un país donde la efervescencia de los grupos revolucionarios iba de la mano de su canibalismo político”], durante seis años, la revista Alternativa. Fueron en su mayoría intelectuales del M-19 de Abril, [Jaime Bateman Cayon, Carlos Duplat Sanjuán, Gerardo Quevedo, Carlos Vidales, Carlos Sánchez, Nelson Osorio Marín] un grupo guerrillero urbano y universitario surgido a raíz del fraude electoral que impuso a Misael Pastrana presidente, ejecutores del asesinato de José Raquel Mercado, el robo de la espada de Bolivar, el secuestro de Álvaro Gómez Hurtado, el robo de fusiles del Cantón Norte o la toma del Palacio de Justicia, y se desmovilizaría  durante el gobierno de Virgilio Barco para hacer parte de la Constituyente de 1991. Aparte de Enrique, sobrino del periodista más poderoso de Colombia pero festivo partidario de la lucha armada contra su propia clase oligárquica, y hermano mayor del ex presidente Juan Manuel Santos, que intentó entregar el país a la guerrilla de las FARC, al grupo se sumaron José Vicente Kataraín, caballero de industria que terminaría siendo el más grande editor petardista de la obra del premio nobel; Antonio Caballero Holguín, hijo del novelista Eduardo Caballero y hermano del gran pintor Luis Caballero, autor de la biografía del poeta Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, el más notable lírico de la Generación Desencantada; el pastuso Bernardo García, economista de la Ecole de Hauts Etudes de Paris y su primer director; el versificador, humorista de farándula y hermano del ex presidente elegido con dineros del Cartel de Cali, Daniel Samper Pizano, padre del creador de SoHo, el catálogo de putas de la mafia, Daniel Samper Ospina y el afrancesado del sesenta y ocho Jorge Restrepo.

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El primer número de Alternativa salió el 18 de febrero de 1974 y el último, el 257, el 27 de marzo de 1980, justo un mes después de la toma de la Embajada de la República Dominicana por el M-19. Dos años más tarde Felipe López Caballero, hijo mayor de Alfonso López Michelsen comentó a Enrique Santos Calderón que quería hacer una revista independiente pero sin el radicalismo de Alternativa. Después de comprarle las máquinas, los muebles y llevarse hasta el fotógrafo fundó Semana en mayo de 1982, el semanario más celebrado y leído por la Social Bacanería. Enrique sería codirector de El Tiempo con su primo Rafael, el Ayatollah a quien Gabito calificó de “retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre”. Enrique también fue Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, padre de Alejandro Santos Rubino, director de Semana, y gestor del “proceso de paz” de La Habana durante la eterna presidencia de su hermano. Gabriel García Márquez sería dueño y presidente editorial de la revista Cambio o el noticiero QAP y Antonio Caballero Holguín el columnista más leído del país en la revista Semana.

Animadversiones y sospechas causadas por sus vínculos con el M-19 y las instigaciones que hacía Ignacio Chaves Cuevas, director vitalicio del Instituto Caro y Cuervo, adicto turbayista, ante rectores universitarios nacionales y extranjeros, acusándole de ser el cerebro verdadero del movimiento subversivo. La misma semana que el gobierno colombiano rompía relaciones con Cuba, Gabito pidió ayuda a la embajadora de México, quien le dejó pasar la noche del 25 de marzo de 1981 en la sede diplomática y la tarde siguiente le acompañó en el vuelo hacia la capital azteca. Se le acusaba de exiliarse para vender la Crónica de una muerte anunciada, y desacreditar el gobierno de Turbay Ayala y su ministro de defensa Camacho Leiva.

“Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír, escribió en El Pais de Madrid.  He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.”

Cronache di poveri amanti [1947] de Vasco Patrolini, en la traducción de Attilio Dabini para Lozada en Buenos Aires en 1951, fue una de las novelas del neorrealismo más celebradas y leídas a mediados del siglo pasado. Situada a comienzos de los años veinte en una calle de Florencia, a través de las crónicas de vida de un barrendero, un tipógrafo, una ex-meretriz, un ferroviario, un herrero o un carbonero se levanta un fresco de como sobreviven en una comunidad politizada y escindida por conflictos sociales e ideológicos causados por el fascismo.

En el Edipo rey de Sófocles, –la tragedia griega que Gabito admiró porque al final uno descubre que “el detective y el asesino son la misma persona”— un augurio advierte a Layo que será asesinado por su propio hijo. Decidido a rehuir su destino, ata los pies al recién nacido y le abandona en una montaña. La criatura es recogida por un pastor que le entrega al rey de Corinto que le adopta como hijo con el nombre de Edipo. El niño, que no sabe es adoptado, abandona Corinto cuando un oráculo proclama que matará a su padre. En la travesía encuentra y mata a Layo creyendo que el monarca y sus ayudantes son una banda de ladrones y así se cumple la profecía. Solo y sin hogar llega a Tebas acosado por la Esfinge, un monstruo que va de ciudad en ciudad matando y devorando a los viajeros que no resuelven los enigmas que les propone. Cuando Edipo resuelve el enigma la esfinge se suicida. Creyendo que Layo ha muerto a manos de asaltantes y agradecidos con el viajero por librarlos de la Esfinge los tebanos le hacen rey y le casan con Yocasta, su reina. La pareja vive feliz por años ignorando que son madre e hijo, pero Edipo descubre un día que involuntariamente ha dado muerte a su padre. Atribulada al saber que ha llevado una vida incestuosa Yocasta se suicida y Edipo al saberlo se arranca los ojos y abandona el trono.

Crónica de una muerte anunciada es una huella exacta de aquella pieza de relojería. Las vicisitudes que cercan la muerte de Santiago Nasar la siguiente mañana al malogrado casamiento de Ángela Vicario con Bayardo de San Román, son reconstruidas sumando los testimonios de los agonistas, pesquisas ineludibles para que la curiosidad del lector quede estimulada y crezca la polifonía de interpretaciones. Las voces que perpetúan, revelan o atesoran los detalles que perfeccionan la desventura. En la Crónica los protagonistas son espoleados a la acción por impulsos incontrolables. Los asesinos hermanos de la novia están constreñidos a limpiar su honra y la de su hermana destazando a Santiago Nasar, así hagan lo inimaginable por obstruir un destino que no consiguen frustrar. El alcalde los desarma, pero tienen tiempo para rearmarse. La dueña de la tienda donde esperan siente lástima de ellos y ruega al coronel alcalde los detenga. Pero algo más poderoso que la voluntad humana conduce el porvenir. Todos intenta advertir a Santiago de su muerte inminente pero las noticias no llegan a destino, alguien pone bajo la puerta de su casa una nota que nadie lee, unos pordioseros también fracasan, otros deciden no actuar porque constatan que todo es inevitable, la madre del narrador cree posible impedirlo y sale a informar a la madre de Nasar “porque siempre hay que estar de parte del muerto” pero en el camino sabe que ya le han apuñaleado. El único que nunca sabe que va a morir es el muerto.

En La Crónica como en El Coronel la materia y sus secuencias narrativas están al servicio de la intensidad poética, así la crítica quiera ver en ello otros asuntos. Pero ni el machismo ni el ejercicio constante de la violencia definen la altura de lo narrado. Más que los sumarios del juez que aduce el narrador haber consultado, donde no hay evidencias para acusar a Cayetano Gentile Chimento de estropear a Margarita Chica Salas, la fatalidad, la venganza y el misterio de quienes fueron los autores intelectuales del crimen provienen de Suetonio y Los idus de marzo. Santiago Nasar es Julio César. Al estar incompleto el sumario, Gabito reconstruye el asesinato a partir de contradicciones y silencios que nada solventan.

El 30 de setiembre de 1981, nueve meses y siete días luego que El Excélsior de México anunciara que de Crónica de una muerte anunciada se habían impreso un millón de ejemplares para el mundo hispanoamericano y Montserrat Ordoñez detallara que el tiraje para Colombia sería primero de 150 mil en pasta dura y 400 mil en rústica y de otros 400 mil sólo para Panamá, sin contar los cientos de miles que José Vicente Kataraín hizo a espaldas del autor, Gabito confesó en El Pais de Madrid que acababa de releer “la hermosa novela de Thornton Wilder.”

“El 15 de marzo del 44 antes de Cristo, todo el mundo sabía en Roma que iban a matar a César. Todo el mundo menos él. Plutarco cuenta que Artemidoro se abrió paso a través de la muchedumbre que aclamaba al dictador cuando iba para el Senado y le entregó un papel escrito de su puño y letra con la advertencia de que lo leyera de inmediato. César solía entregar a sus secretarios los muchos papeles que le daban en la calle, pero aquel lo retuvo en la mano izquierda para leerlo en la primera oportunidad. Allí estaban contados los pormenores de la conspiración y la forma en que César sería asesinado. Pero no lo leyó nunca, pues un instante después entró en el Senado y fue muerto de veintitrés puñaladas. Suetonio termina su relato de este modo: “Antisio, el médico, dijo que de todas aquellas heridas sólo la segunda en el pecho debió haber sido mortal”. Cualquier parecido con cualquier otra historia, viva o muerta, será pura coincidencia.”

El lunes 6 de diciembre de 1982 un inmenso avión de la empresa estatal de aviación colombiana despegó de Bogotá rumbo a Estocolmo con la representación oficial que asistiría a la recepción del Premio Nobel de Literatura. Dieciocho días antes, el 19 de noviembre, Belisario Betancur había firmado la Ley 35 donde otorgaba perdón y olvido a los alzados en armas, cesando todo procedimiento judicial con la consecuente libertad inmediata de los presos políticos, sin exigir el desarme de las guerrillas así duplicara las penas por porte ilegal de armas. 535 ciudadanos fueron exonerados de responsabilidades y dejados en libertad: 417 del M-19, 23 del ELN, 60 de las FARC, 31 del PLA y 4 del ADO.  Una paz armada que terminaría con el exterminio de la Unión Patriótica y la toma y retoma del Palacio de Justicia.

Estocolmo en invierno era una suerte de brillante atabal rodeado por las cárdenas aguas del Báltico, con los domos de sus iglesias resplandeciendo al ocaso. El gobierno colombiano alojó los 150 miembros de la delegación en un barco donde morían de frio, pero la noche del banquete en el Palacio del Ayuntamiento luego que las trompetas anunciaran la llegada de los reyes, al golpe seco y profundo de los tambores los bailarines de Palenque portando banderas de Colombia y Suecia descendieron por la escalera imperial mientras cantaba Totó la momposina. Luego oyeron a Emilianito y Poncho Zuleta, Diomedes Diaz y el contrapunteo de los vaqueros de las grandes llanuras atizadas por el arpa de Homero.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte, –dijo en el Salón Azul de aquel palacio–. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora evidencia de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que os invito a brindar por la poesia, que un grande de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre.

El día anterior en la espléndida recámara real del Grand Hotel, con sus ventanas mirando a la noche, una gigantesca mesa con floreros de porcelana repletos de rosas amarillas ofrecía bandejas de salmón y heladas botellas de champan, mientras la Gaba y el Gabo se disponían a salir hacia el gran salón para recibir el Premio Nobel. Una foto lo deja en calzoncillos de invierno rodeado de sus amigos vestidos de etiqueta con una rosa amarilla en la solapa contra el mal fario. En otra, el grupo que le arropa desciende la vasta escalera mientras estallan los aplausos y el supersticioso nieto del coronel de Aracataca, vestido de cotona, como un campesino el día de mercado, murmura para sí mismo: “¡Mierda, esto es como uno  asistir a su propio entierro!

Las primeras seis víctimas del cólera sucumbieron en Cartagena de Indias el 24 de junio de 1849. Se creyó que habían ingerido pescado y cangrejos capturados con barbasco. Lo cierto es que se habían contagiado por beber agua de unas goletas que trajeron seis marineros con los mismos síndromes de aquellos: náusea constante, defecaciones con aspecto de agua de arroz, espasmos violen­tos, sed devorante, frío en las ex­tremidades, calor lívido y después azulado, naufragio de los ojos, demacración rápida, pérdida de las fuerzas, muerte a las veinticuatro horas o los tres o cuatro días.  La peste atacó a los que bebían del agua manipulada en casimbas y tinajas desde los arroyos de Matute en Turbaco o los mercados de Basurto y Getsemaní. En el Cementerio de Manga hubo que abrir fosas comunes en las calles cercanas para dar sepultura a los muertos, que trasportados en carretas y palanganas, en burros o en andas, eran acompañados de los gritos dolientes, apenas opacados por el estruendo de los cañones que purificaban el aire. En Cartagena murieron unas 6000 personas de las 18000 que la habitaban. En total, en la costa atlántica fallecieron unas veinticuatro mil personas. Los que sobrevivieron fueron aliviados con tártaro emético, agua de manzanilla y cinco gotas de láudano.

Publicada tres años después de recibir el Premio Nobel, El amor en los tiempos del cólera (1985) es un espléndido y grandioso fresco proustiano al natural sobre las costumbres de la clase alta caribeña de entre siglos, a partir de las notas irónicas y cínicas sobre el comercio carnal que Florentino Ariza había tomado para escribir un Secretario de los enamorados, “una extensa meditación sobre la vida, con base en sus ideas y experiencias de las relaciones entre hombre y mujer”  o “serios motivos de reflexión para seguir viviendo”  como anota luego de su lectura, Fermina Daza.

Rica en detalles e incidentes tiene tres personajes principales que conforman el triángulo amoroso mediante el cual se diseña el extenso cuadro de costumbres. Fermina, “la diosa coronada”, comparte su larga existencia con Juvenal Urbino, su marido por más de cincuenta años, y Florentino, el eterno pretendiente que la espera 53 años, 7 meses y 11 días, tras los 51 años, 9 meses y 4 días desde que terminó su noviazgo.

El domingo 8 de junio de 1930, día de Pentecostés, concurren dos defunciones que cambiarán el sino de los personajes y los enredos de sus vidas. Un sexagenario se suicida con sahumerio de cianuro de oro, junto a su mascota, atormentado por la gerontofobia y su amigo y protector, el médico más prestigioso del pueblo, muere al caer de un árbol tratando de capturar un loro que ha escapado de su encierro. El día del sepelio, el antiguo pretendiente de la viuda, renueva ante ella, quien de nuevo le desprecia, el juramento de amor y eterna fidelidad de hace medio siglo.

Jeremiah de Saint-Amour, que había gozado media vida el azar de los amores prohibidos con su aparente criada mulata, se quita la vida porque considera la vejez un estado indecente que debe impedirse. Lisiado de guerra, sobreviviente de una pena de muerte y otra cadena perpetua, es considerado un santo laico por el doctor Juvenal Urbino, su antagonista en el juego del ajedrez.

Hijo de un importante médico que había muerto de una diarrea secretoria con un marcado olor a pescado, el doctor Juvenal Urbino, que el día de su muerte había cumplido setenta y un años, luego de terminar sus estudios en Francia se hizo conocer por haber conjurado la más reciente epidemia de cólera morbo con métodos novedosos y drásticos. Con su enorme prestigio presidió y fundó la Sociedad Médica, el Centro Artístico, la Escuela de Bellas Artes, la Academia de la Lengua y de Historia, construyó el acueducto, el sistema de alcantarillado, el mercado público cubierto de la bahía de las Ánimas y el Teatro de la Comedia que no tenía sillas ni lámparas y los asistentes tenían que traer a sus criados con las sillas y las velas y las comidas. Aristócrata extasiado, pacifista por naturaleza, liberal de tradición que se arrodillaba cuando pasaba el coche del obispo, sus copartidarios lo consideraban un godo de las cavernas, los godos decían que era masón y los masones lo acusaban de ser un agente del Vaticano.

Aun cuando reconocía que se había casado en plena juventud, siendo el soltero más codiciado, con Fermina Daza, una bella mujer sin posición social ni fortuna alguna más por vanidad que por amor, un capricho “fruto de una equivocación clínica”, era tan fiel que “su esposa sabía dónde mandarle un recado si surgía algo urgente durante el recorrido de la tarde”, hasta que se enamoró cuatro meses perdidamente de la señorita Bárbara Lynch, doctora en Teología y alta, bella, elegante y dulce mulata divorciada.

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A los setenta y un años y con medio siglo de matrimonio encima, el Doctor Urbino ya había advertido el ultraje de la vejez. Su sordera crecía tanto como su desmemoria y había perdido el sentido de la justicia.

Rubia, de ojos almendrados, con una eterna trenza sola, Fermina Daza era hija de un viudo de pro que vivía con una hermana soltera. Enamorada de Florentino Ariza, prefirió casarse con Juvenal Urbino y fue atándose a él de tal manera que terminaron por ser un solo ser. Apasionada por las flores del trópico y los animales domésticos, tuvo toda clase de animales hasta el día que su marido prohibió la entrada en casa de seres vivos que no hablasen. Fermina odiaba a su marido cada vez que se orinaba fuera de la taza y poseía tanto olfato como para seguir el rastro de una persona o animal por su olor, privilegio que le permitió saber a tiempo que la señorita Bárbara Lynch olía a negra.

Aparte de la plenitud de amor entre Florentino y Fermina, la novela es un catálogo del cataclismo de amor que siente Florentino cuando la joven Fermina le mira por primera vez y que medio siglo después no había terminado; el tímido amor de Fermina al sentirse mirada por los ojos de hielo, el rostro lívido y los labios petrificados de Florentino; el meramente sexual de las percudidas pájaras de Lotario Thugut; el amor masoquista de las tres mujeres de un chulo que premiaba con su amor a la que le trajera más dinero; el suplicante amor de una macilenta joven envejecida que requiere al joven Florentino como un regalo del cielo; el contrariado amor de Fermina Sánchez por Lorenzo Daza; el rápido y triunfal amor de una mujer caliente y desaforada que despoja sin gloria de la virginidad a Florentino; los amores solitarios de Fermina mientras se masturba en un dormitorio compartido con media docena de primas; el amor de paloma mensajera de Olimpia Zuleta y su final de horror; el amor de sirvienta de lujo de Fermina doblado el cabo de la madurez; el amor de negra belleza interminable de la señorita Bárbara Lynch, doctora en teología, por el doctor Urbino; el amor con lavativas de Andrea Varón, Nuestra Señora la de Todos, y el único y maravilloso amor de América Vicuña, con sus catorce años apenas cumplidos, gozado ya con esta adolescente o con mercenarias, blancas, mulatas, ricas, solteras, casadas, generosas, calculadoras, locas, ejecutivas, y las maneras de alcanzarle: la postura del misionero, la de la bicicleta de mar, la del pollo asado, la del ángel descuartizado, etc.

A excepción de Leona Casiani, “la verdadera mujer de su vida”, todas las mujeres de la novela, incluida Fermina, se someten a la voluntad de los machos. Casiani es la eterna secretaria y confidente, menos en amores, de Florentino, y quien se atreve a negarle otro amor porque hace tiempos sabe que él no es el hombre que busca. El resto de los personajes femeninos, [La viuda de Nazaret, amante por treinta años; Ausencia Santander, amante por siete; Sara Noriega, poeta y maestra de escuela; la deslenguada Brígida Zuleta; Prudencia Pitre, la viuda de Dos; Josefa, viuda de Zúñiga y Angeles Alfaro, la efímera chelista más amada] viven y quizás comprenden, un mundo regido por hombres donde estos mueren de terror ante la inminencia de salir al mundo real, y ellas, luego de empujarles al abismo fuera de la casa, tiemblan al pensar que no volverán nunca.

Un erudito español sostiene que el arquetipo de El amor en los tiempos del cólera más allá del amor cortes medieval y los folletines de lágrimas del siglo XIX, es la literatura amatoria grecolatina.  En Motivos y tópicos amatorios clásicos en El amor en los tiempos del cólera, Cabello Pino sostiene que el motivo central de la novela es el morbus amoris que aparece ya en Safo, Eurípides, Teócrito, Apolonio de Rodas, Lucrecio, Catulo o Propercio, con sus variantes y síntomas, y las erotodidaxis [enseñanza del amor] y fides [fidelidad entre los amantes].  Según estos paradigmas la pérdida de la virginidad de Florentino Ariza allana el alivio de s prolongada espera por Fermina y sirve de escuela hasta el momento  de la conquista final.  El foedus amoris [pacto de amor] de Florentino hacia Fermina se conserva más allá y sobre sus 622 aventuras amatorias porque conserva su corazón para ella. A los que hay que agregar otros motivos tópicos como el triángulo amoroso elegíaco, el servitium amoris [esclavitud de amor], la militia amoris [guerra amatoria], la caza del amor, el furtivus amoris, el exclusus amator, las señales secretas en los amores prohibidos, el enamoramiento de oídas y el amor a primera vista, la puella divina, el tormento de amar, el suicidio por amor, la magia en los amores y el ignis amoris, que quema. Pero lo cierto es que si ello es factible, todos estos motivos amatorios han convivido en la sociedad caribeña donde creció el cataqueño, cuya prosodia arma las estructuras de las frases habladas del texto.

El amor vence a la vejez, parece ser la divisa de la novela, sin importar que durante el medio siglo de espera para consumar este amor contrariado por el destino, la muerte haya hecho de las suyas mediante la peste del cólera y las guerras civiles.

El General en su laberinto (1989), comienza el sábado ocho de mayo de 1830 cuando José Palacios, negro pelirrojo manumiso barloventeño, analfabeto servidor de El Libertador durante 38 años, le encuentra flotando en las aguas de la bañera creyendo que ha muerto, y termina, al cabo de un penoso viaje en una chalupa por el río de La Magdalena -tratando de llegar a Venezuela para “empezar otra vez desde el principio”- una semana antes de su muerte, el viernes 10 de diciembre, cuando exclama ante el médico Prospero Reverand: “Carajos, ¿cómo voy a salir de este laberinto?”.

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Era el fin. El General Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que las Europas, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido, y lo había gobernado con pulso firme hasta la semana anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo creyeran. El único que tuvo bastante lucidez para saber que en realidad se iba, y para dónde se iba, fue el diplomático inglés que escribió en un informe oficial a su gobierno: “El tiempo que le queda le alcanzará a duras penas para llegar a la tumba”.

Organizado en ocho secuencias que narran los 225 días del viaje final del Padre de la Patria y su derrota definitiva por unificar la Gran Colombia, retratando al detalle extremo su creciente deterioro físico y la ruina de su poder, a la manera como Gibbon compuso, a partir de fuentes ignoradas cuando no de suposiciones y elaboraciones propias The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, García Marquez, usando de mínimos detalles de ese viaje a los avernos de la desilusión, sepultados en cartas y memorias, recogidos por historiadores y amigos, tejió al croché esta su obra maestra, magna pieza operática digna de Wagner y Verdi. Los ejes narrativos paralelos levantan en vilo la devastación del cuerpo del Libertador y la inutilidad de su idea de mantener unido lo que sus Generales caudillos rasgaron con su destitución como presidente vitalicio y el asesinato de Sucre. Todas las fórmulas de progreso que sus Constituciones prometieron a los desposeídos se hundieron con su muerte y solo doscientos años después parece podrían hacerse realidad. La boliviana refleja esa mezcla de autoritarismo y hondo republicanismo de caracteriza su pensamiento político. Había que implantar el orden y luego reformar la constitución para consagrar las libertadas alcanzadas. El período de creación de la inmensa patria latinoamericana establecía, además del presidente vitalicio, la igualdad ante la ley, la separación del estado y la religión y libertad de cultos, con una suprema corte y una cámara de censores donde las opiniones del pueblo serían oídas para adelantar, las reformas sociales y políticas, que las necesidades de la hora fuesen demandando. La cámara de los tribunos -representantes directos del pueblo- crearía los impuestos, señalaría las necesidades, juzgaría las conveniencias de las instituciones, decretaría la paz y la guerra, establecería el sistema monetario, las alianzas con extranjeros, etc. Porque como editorializó The Times de Londres el sábado 19 de febrero de 1831: “Incluso para el arquitecto político más experto habría sido probablemente imposible construir un edificio de orden social y de libertad permanentes con los materiales que Bolívar tenía a su disposición, pero no importa qué fuera lo que pudiera hacerse, él lo consiguió y todo lo bueno que existe en los actuales sistemas de Colombia y Perú quizá se deba a sus conocimientos y capacidad superiores.”

Aun cuando viene de regreso de los goces del poder, el General conserva intacta su gloria y el recuerdo de sus treinta y cinco amadas: Miranda Lindsay, que le había salvado de la muerte en Jamaica en 1815; la fantasmagórica muchacha que en Puerto Real canta “dime que nunca es tarde para morir de amor”; Josefina Sagrario, una momposina llena de joyas sobre su desnudez cuyo peso impide al General llevarla hasta la hamaca; Ana Lenoit, con quien nunca tuvo romance alguno; las cinco indivisibles del matriarcado de doña Manuela Garaycoa de Calderón y su Gloriosa hija menor Joaquina; Manuelita Madroño, una salvaje mestiza de dieciocho años; Francisca Zubiaga de Gamarra, mujer de un mariscal que luego sería presidente; la anónima muchacha que le recibe en Cartagena con el pelo lleno de cocuyos y le dice al despedirse “nadie es virgen después de una noche con su excelencia”; Delfina de Guardiola, la bella de Angostura, Ana Ceofle Cuero, la negra esclava de Mulaló y Manuela Sáenz, su adorable loca de los últimos siete años, la única cierta del libro, que le sigue hasta Guaduas hasta saber que ha muerto.

Una vez saciado –dice García Márquez- le bastaba con la ilusión de seguir sintiéndose de ellas en el recuerdo, entregándose a ellas desde lejos en cartas arrebatadoras, mandándoles regalos abrumadores para defenderse del olvido, pero sin comprometer ni un ápice de su vida en un sentimiento que más se parecía a la vanidad que al amor.

Con un estilo poético jugoso, depurado y situado con realismo en la época en diferentes planos de tiempo, matizado de diálogos llenos de sabiduría popular, utilizando del monólogo interior, la parodia, la ironía y la sátira, brillante en juegos lingüísticos y formas abiertas que lindan con el mito y lo fantástico, García Márquez construye un romántico viaje de horror hacia la muerte. Las técnicas de la novela romántica y clásica son usadas con conocimiento y destreza: el héroe es un virtuoso abatido por el destino contra quien no solo conspiran los hombres sino la enfermedad del siglo: la tuberculosis. El cuerpo, las lluvias, el calor, la ropa, el sol implacable hacen más feroces los efectos del “torrente de mierda humana” que recorre el mundo. Quien lee, sabe desde la primera página qué va a suceder y sólo continúa por placer. Un placer que termina en llanto y dolor gracias a la eficiencia narrativa. La utopía, motivo central de sus novelas, vuelve a ser el eje de ésta como lo fue en Cien años de soledad con un Macondo donde las cosas hubo que fundarlas porque carecían de nombre y como José Arcadio Buendía, a la búsqueda del progreso y los secretos de la alquimia, que conducen, ineludibles, al fracaso. Tanto los esfuerzos de Bolívar como los del Coronel Aureliano y José Arcadio terminan mal. Todo parece estar condenado al fracaso, a una ruina de los ideales. Fracasos de la razón y las ilusiones que alimentó la Ilustración de Voltaire y Rousseau.

El General es el “retrato” pagano de un héroe – sostenido por su voluntad de hierro entre un mar de desesperanza, roído por la indiferencia y la soberbia de quienes había liberado, desnudo en su soledad y convencido de que sería vencido por la misma historia que le niega la luz para salir de ese laberinto, creado por su visión del futuro, y el terror de los mestizos a aceptar la nueva patria: América Latina. Con un personaje visto en sus minucias y manías, es también el análisis particularizado del poder consumado y rechazado. García Márquez ha penetrado con la imaginación en el ser de Bolívar y lo ofrece, gracias a sus miserias, entero, imponente en sus facetas de guerrero, de estadista, de visionario, de amante y de hombre de pensamiento y acción.

El General fue la culminación de una saga sobre los estragos de la soledad del poder, el amor y el absurdo de la gloria que había comenzado con El coronel no tiene quien le escriba, la historia del viejo militar que sin tener con que comer libra su última batalla por la vida de un gallo, prolongada en Aureliano Buendía y sus treinta y dos batallas perdidas en Cien años de soledad, y el viaje hacia los tenebrosos dispositivos del totalitarismo en El otoño del Patriarca, porque como había consignado en su gran novela:

todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Aun cuando dijo varias veces que había dejado de escribir, al morir dejó terminada, luego de una decena de versiones que se conservan en una universidad norteamericana, otra, sin duda, gran novela. En agosto nos vemos la prosa de El General en su laberinto resucita con todo su esplendor. Un trabajo de orfebrería, digno de los filmes de Vitorio de Sicca; un relente de detalles que nos instaura en esa para realidad que solo él pudo ofrecernos del mundo.

“Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.”

Así concluye el tercer parágrafo de En agosto nos vemos, la historia de Ana Magdalena Bach, una mujer de 52 que cada 16 de agosto, durante 28 años, viaja a una isla miserable para visitar la tumba de su madre y, justo ese día, es infiel a su marido, Doménico Amarís, un hombre de 44, bien plantado y fino, dedicado a la música y director del Conservatorio Provincial, con quien ella creía que había sido feliz por 23 años. Después de varios agostos de infidelidades con múltiples amantes, entre ellos un obispo, otro que descubre es un criminal y otro más que la humilla dejándole entre un libro un billete de 20 dólares y a quien ella, infructuosamente, se obsesiona por volver a ver, Ana Magdalena acaba exhumando los restos de su madre para llevándoselos consigo no tener que volver a ese lugar.

 

Dasso Saldívar: García Marquez, el viaje a la semilla, Madrid, 1997.

Emmanuel Carballo y otros: Nueve asedios a García Márquez, Santiago, 1969.

Gene Bell Villada: Garcia Márquez: The man and His Work, Chapell Hill, 1990.

Gerald Martin: Gabriel García Marquez, una vida, Bogotá, 2009.

Helena Araujo: Las macondanas, en Eco, Nº 125, Bogotá, 1970.

José Miguel Oviedo y otros: Aproximaciones a Gabriel García Márquez, Montevideo, 1969.

Luis Harss y otros: Recopilación de textos sobre Gabriel García Márquez, La Habana, 1969.

Mario Vargas Llosa: García Márquez: historia de un deicidio, Barcelona, 1971.

Peter  Earle y otros: Gabriel García Márquez, Madrid, 1981.

Ricardo Gullón: García Márquez o el olvidado arte de contar, Madrid, 1970.

Virgilio López: García Márquez, una vocación incontenible, La Habana, 1982.

VV.VV: Gabriel García Márquez en Índice,  Madrid, nº 237, Noviembre 1968.

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