El Zorro de Pampanito

Y si un día tengo que naufragar y el tifón rompe mis velas,

enterrad mi cuerpo cerca del mar en Venezuela…

 Pablo Herrero

 Mis primeros encuentros con Pepe Barroeta [Pampanito 1942-2006] enaltecen, quizás, aquel año del llamado Congreso de Cabimas, cuando nos conocimos muchos de quienes estamos, ahora, condenados por la muerte implacable. Debimos conocernos en aquellas jornadas donde vivamente desfilan, en plena juventud, el Chino Valera Mora, Carlos Contramaestre, Ramón Palomares, Alfredo Silva Estrada, Gabriel Jiménez Emán o el, cínico desde entonces, Enrique Hernández de Jesús.

No he conocido otra forma feliz de la amistad, la camaradería y la alegría de estar vivos, como la conocí entonces, con aquellos alegres camaradas y conspiradores, en una patria, nuestra lengua, que en tierras de Venezuela era feliz y libre, al menos para algunos de los que visitamos por primera vez lugares y ambientes tan distintos a los nuestros, donde campea, todavía, monda y lironda, la mas cruel de las violencias y la maldad humana.

Los venezolanos fueron para mí desde aquellos días el símbolo mismo de la vida como nunca la había conocido.

Luego volvería a encontrarme con Pepe, y el resto de esas cuadrillas que el comandaba, gracias a los oficios de un disimulado mulato que en compañía del pintor amazónico Omar Granados recorría Colombia a la caza de un amor imposible. Pedro Parayma, hoy Doctor Pedro Martínez Quiñones, cruzó varias veces las cordilleras andinas, de Cúcuta a Pasto, pasando por Medellín y Cartagena, persiguiendo un sueño con cuerpo de mujer. En uno de esos recorridos, cuando detenía por uno o dos días su coche americano cargado de vino, o mientras leía alguno de sus extensos poemas a La Sanguijuela de los Pies de Oro o a la memoria de uno de sus abuelos, decidió cargar, literalmente, conmigo, y fue así como terminé conociendo la capital de los Andes, la bella Mérida, donde he acaparado varios de los mejores días de mi vida. Allí en Mérida hice amistad para siempre con Pepe Barroeta y con su carnal, hijo, hermano, sobrino, perro, gato, pájaro y poema: Diómedes Cordero. No recuerdo visita mía a Mérida o Caracas, donde no hubiese gozado de la amistad y el cariño de ambos. A ellos debo, quizás, y a Juan Liscano y Ramón Palomares, el que yo haya podido conocer la patria venezolana, mi patria.

Pepe Barroeta es uno de esos maravillosos seres que produjo la Venezuela revolucionaria de los años sesentas, cuando hasta la guerra de guerrillas resultó allí obra de la poesía y no de la maldad. Quiero decir que aquellas aventuras que inspiró Ernesto Guevara, siendo atroces y despreciables, fueron gestadas por un anhelo de bienestar para el hombre y no un mero lucro, como a la postre terminaron siendo todas las conquistas armadas y las tiranías que hemos conocido. Un batir de alas de ángeles movía aquellas empresas de sangre. Barroeta pertenece a esa generación de poetas de la Pandilla de Lautremont, Luís Camilo Guevara, Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles, Elí Galindo, Ángel Eduardo Acevedo o Gustavo Pereira, guerrilleros y dinamiteros de la lengua escrita, hablada y bebida en los campos de Marte de Sabana Grande, en los palacios del rock y el licor de Malta de la República del Este, el Halászo Macska, Nerone, Viñedo, Veccio o La Bajada.

Pepe Barroeta ha vivido y levantado su obra en una suerte de estado paranormal de excepcionales desempeños. No son pocas las ocasiones cuando he vivido en carne propia sus alucinantes actos, como en aquella ocasión, cuando luego de varias horas de consumo etílico, bien entrada ya la noche merideña, fuimos a la búsqueda de unas maritornes en una venta del páramo y luego de ambular por los filos del amanecer no dimos con nadie, sino con una espesa niebla que apenas dejaba ver los signos de los desastres interiores de nuestras almas. Pepe nos había arrastrado en un automóvil convertido en carroza de Blanca Nieves, al sub-mundo de Pedro Páramo, su otro igual mexicano. O aquella otra semana, en Valencia, cuando mientras todo el mundo leía poesía, Pepe decidió que debíamos recorrer todos, literalmente todos, los deshuesaderos de automóviles del mundo, para que regresara yo a Bogotá, con un renovado motor para mi viejo Dodge Dart de los años cincuentas. La alucinante lucidez de Barroeta emana de un soñar despierto al que le ha conducido sin piedad la poesía, o esa variante de la vida, donde solo la belleza de las mujeres o la amistad con los hombres, tiene sentido.

Ahora, una legión de sus amigos va a celebrar su inminente abandono de este mundo. Como si a él le importara. Pepe Barroeta nunca estuvo en la tierra. Lo suyo fue la poesía y la amistad. Asuntos que no conocimos los hombres ni las mujeres, excepto por los destellos que ángeles o demonios como Barroeta nos dejan intuir con sus ojos, azules, como la misma muerte. ¡Larga vida a Pepe Barroeta!, bien habría dicho nuestro estalinista de cabecera, el camarada Valera Mora. ¡Larga muerte, viejo lobo!, como estará diciendo, su otro hermano del inframundo, el jefe del Techo de la Ballena Carlos Contramaestre.

 Que la música de Orfeo cante y sea conmigo.

Que la mesa sea servida por pájaros.

Quede en mí la sonata, que la muerte,

segura, cantará entre los bosques.

 Que el agua de los ojos de dios caiga sobre la tierra.

Que el dulce honor del ángel me cubra y acompañe,

que el oro del cadáver haga reino en mi espíritu.

 Que en abril sea mi muerte.

Que sea como el derrame de mi hermana pequeña,

que así mismo a mis nervios los escale la sangre

y sienta yo el bello vértigo en los campos del otoño.

(Sonata)

Ay, Pepe Barroeta, zorro de Pampanito, has cumplido tu hazaña.

pepe barroeta y diomedes cordero por vasco szinetar

Pepe Barroeta y Diomedes Cordero en una foto de Vasco Szinetar

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