Una conversación literaria con Carlos Bousoño.

A comienzos del otoño del ochenta pasé varias semanas en Madrid recabando información sobre la Generación del Cincuenta. Debió ser Alonso Zamora quien me indicó que uno de los críticos que mejor conocía del asunto era Carlos Bousoño, de quien yo había recorrido, a saltos, uno de sus libros sobre la metáfora, un extenso volumen en dos tomos que había recibido, por cierto, reacciones adversas de varios de los integrantes del grupo que yo pretendía estudiar, en especial de Carlos Barral, de quien oiría mas adelante descortesías sobre el libro, del cual se burlaba y repudiaba, y no menos temeridades sobre la persona y la vida sentimental del autor.

Pregunté a don Alonso si podía ponerme en contacto con Bousoño y me dijo que no tenía tiempo, que se iría a Cáceres y solo volvería a comienzos del invierno, pero que el jovencísimo J.M. Gonzalez Martell, un canario espigado experto en Gómez Carrillo, quizás podía darme alguna pista. Lo cierto es que fui hasta la Real Academia y logré que Martell me pusiera en contacto con Francisco Brines, quien dijo, era muy amigo de Bousoño. Y así fue, Brines me dio el número del asturiano y pude hacer la entrevista, publicada en un periódico de provincias que ya no existe.

Carlos Bousoño Prieto (Boal, 1923-2015) hizo estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense donde se doctoró con una tesis sobre Vicente Aleixandre, -con quien le unió una efusiva y eterna amistad-, tres décadas antes de que el andaluz recibiera en las canarias manos de Jorge Justo Padrón el Nobel “desteñido” de que habló Borges.  Luego publicaría numerosos volúmenes sobre la poesía y sus emblemas, entre ellos Teoría de la expresión poética [1952] causante de la más enconada polémica teórico poética del siglo pasado en España.

Los protagonistas fueron, dos poetas catalanes de expresión castellana, y el propio Bousoño y su protector Aleixandre. Los jóvenes alevines de poetas impugnaron, agriamente, las posturas de los madrileños de adopción, que entendían la poesía como talante y principio del conocimiento, mientras ellos sostenían, apuntalados en el argumento eliotiano que el poema no comunica sino su propia realidad verbal, prosódica y sintáctica, pues no existe antes del texto contenido síquico alguno que quiera informar. Hay quienes sostienen que las posturas no son contradictorias porque poesía es tanto uno como lo otro, conocimiento como comunicación. Y que se trató mejor, de posturas políticas, de lucha de clases, entre el establecimiento poético, representado en el protegido asturiano y el poeta de la Generación del 27 que nunca se exilió a pesar de decirse anti franquista, pero controlando todo el aparato cultural de su tiempo, y los rebeldes catalanes, miembros de la burguesía condal y de la camarilla que luego conoceríamos como Escuela de Barcelona, ciudad y generación donde florecería el Boom de la literatura en español desde el día que concedieron ex aequo el Premio Formentor a Jorge Luis Borges y Samuel Becket como preludio a esa vergüenza del Cervantes con Gerardo Diego porque nunca se supo quién era Gerardo y quien era Diego.

Cuando hice la entrevista, Bousoño tenía cincuenta y siete años y ya llevaba cuatro casado con una abogada puertorriqueña que le ayudó a vender el legado de Aleixandre por la media pendejadita de cinco millones de euros.

Quizás su libro de poemas más conocido sea Oda a la ceniza [1967]. Como suele suceder en el mundo académico, Bousoño recibió numerosos premios, entre ellos el Johannes Fastenrath de la Real Academia Española, que también mereció Jorge Justo, de la Crítica en dos ocasiones, Nacional de Ensayo, de Poesía, de las Letras Españolas y Príncipe de Asturias.

Cuando murió, su esposa, que tenía razones, declaró: “Nunca le agradeceré lo suficiente haberme elegido como esposa y haberme introducido, tan jovencita, en el mundo fascinante de la cultura“. Y aun cuando reconoció que no era sencillo vivir con Bousoño, “nunca se sintió inferior a nadie porque tuve mi propia personalidad y tuve siempre los pies en el suelo”. Uno de sus últimos poemas de Bousoño dice:

Mucho te quise y con dolor te miro

cuando aquí pasas con tu sueño a cuestas.

Mas para siempre, desde lejos, hondos

mis ojos te recuerdan.

 Aquí en la tarde te contemplo

pasar hostil y sin clemencia.

Vas dura con tu sueño amargo y triste.

Ingrato sueño que el amor te veda

 

 EF055D01.jpg

Harold Alvarado Tenorio: ¿Cómo situaría su libro Teoría de la Expresión Poética?

Carlos Bousoño: El pensamiento suele seguir el movimiento de la dialéctica hegeliana: tesis, antítesis, síntesis.  Así, en éste caso.   La tesis encierra en el largo período en que tuvo vigencia la preceptiva.  Su punto culminante, el siglo XVIII.  La tesis sería: hay reglas abstractas que el artista debe seguir, las reglas de la tragedia, las reglas del poema lírico, las reglas de la ética, etc.  La antítesis fue representada por el romanticismo: no hay regla ninguna, solo existe el genio artístico, la inspiración.  La síntesis sería la actitud del período que media entre Baudelaire y la poesía pura: hay normas, pero no abstractas sino concretas.  Cada poema lleva las suyas, pero por dentro.  Son impetraciones secretas de la sensibilidad del artista en cuanto se pone a escribir.  No es la suya una normativa escrita no consignable en fórmulas fijas, pues no se trata de las reglas de la poesía sino de las reglas de éste poema que estoy escribiendo…

HAT: Usted ha hablado de leyes  sin historia para la poesía…

CB: Pese a las apariencias, hablar de las leyes ahistóricas de la poesía no significa creer en la ahistoricidad del arte.  El arte es, en efecto, histórico, porque sus ahistóricas leyes quedan historizadas al cumplirse un determinado modo precisamente histórico, en cada momento literario.  De un modo semejante explica Ortega de la posibilidad de hacer afirmaciones generales sobre el hombre, pese a la historicidad de éste.  En efecto, esas afirmaciones generales pueden hacerse porque se trata, dice, de lo que los matemáticos denominan “lugares vacío” que hay que rellenar de un contenido concreto y nada general.  Así ocurrió, sin duda, con las leyes de la poesía de que yo hablo.

HAT: También de una misión de nuestra época…

CB: Cada siglo tiene una misión que cumplir.  La misión del siglo XVII fue dar rigor matemático a la física.  Sólo cuando las ciencias adquieren precisión pueden avanzar de modo franco y decidido.  El espectacular progreso de la física a través de Galileo se debe a la precisión que, en sus manos y en las de otros coetáneos y descendientes suyos, adquirió de pronto esa disciplina.  Pues bien: la misión del siglo XX, y sobre todo de su segunda mitad, es hacer otro tanto con las humanidades.  La estilística, primero; después, el estructuralismo, la filosofía analítica actual, el auge la la lógica matemática, van sin duda, por esos derroteros.

HAT: ¿Hay algún paralelismo entre sus investigaciones y las del estructuralismo europeo?

CB: Las raíces de mi investigación como las del estructuralismo, son, en efecto, comunes: Saussure, la psicología de la forma etc.  Mi libro sobre poética, en su primera edición (1952) es anterior por tanto, no al estructuralismo propiamente dicho, pero si a su gran desarrollo y vigencia.  Mis hipótesis eran, en todo caso, estructurales, pues yo establecí en ésa fecha, como primera ley de la poesía, la modificación del lenguaje usual.  La poesía forma estructura y se hace relativa a la norma lingüística o hablada.  Ha habido coincidencias, aunque en este caso debo reivindicar la primacía cronológica, pues mi ley primera se popularizó en Europa solo a partir de 1964 con el nombre de “Modificación del Uso”, “descodificación”, etc.  Como es fácilmente comprobable, mi libro estipulaba esa ley doce años antes.  Y no como una ocurrencia al paso, sino como una rigurosa teoría enunciaba en trescientas páginas y sin relación ninguna con el formalismo ruso.  Sklovskij no fue traducido a una lengua asequible hasta la fecha que acabo de mencionar.  De todas formas, mi ley de asentamiento (Segunda ley del arte) sin la que primera carece, en último término de sentido, hace ver la importancia de la historia, y sitúa la obra de arte en un punto distinto al del estructuralismo propiamente dicho.

HAT: ¿Habría otros movimientos o tesis a los que su obra se oponga?

CB: Mi obra en conjunto abarca muchos problemas que suponen tomas de posición o intentos de resolución problemática ampliamente discrepantes de la tradición, incluida la más inmediata.  Así se manifiesta, pongo por caso, mis consideraciones sobre el símbolo o acerca de la escuela simbolista o de lo que sea la técnica del superrealismo, técnica que a mí no me parece definida, sin más, por hecho de la famosa “escritura automática”, de que habla Bretón.  Desde Baudelaire para acá, pasando por Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire todo símbolo supone (en el autor primero y el lector después) un proceso mental preconsciente y por lo tanto supone el fenómeno del automatismo creador.  Este le pertenece al superrealismo, no,  o en la medida en que el superrealismo es una forma de simbolizar.  No define a la especie “superrealismo” sino al género “simbolización”.  No: la técnica superrealista consiste propiamente en otra cosa: en un modo específico de operar el contexto para suscitar el símbolo de nuestra mente.

HAT: Usted ha discutido la idea de compromiso literario…

CB: Sí, la idea de “compromiso”, tal como Sartre la entendió.  El concluye, como conclusión de las premisas por él establecidas, que nadie podría escribir hoy una novela que fuese buena y al mismo tiempo antisemita.  Sorprende que un pensador de su talla recaiga, en forma que habríamos de llamar adánica, en lo supuesto de la preceptiva tradicional: una relación entre el arte y la moral, y esa relación radica en una coincidencia del autor  :lector en la misma moral.  Precisamente ésta fue la “tesis” frente a la que el esteticismo del siglo XIX estableció la correspondiente “antítesis”: todo es cuestión expresiva: no hay relación ninguna entre arte y ética.  Recuerde la sentencia de Wilde: no existe libros morales o inmorales sino bien o mal escritos.

HAT: ¿Dónde residiría la relación entre arte y moral?

CB: Tampoco esto puede sustanciarse en un diálogo entre amigos.  Sólo le diré, por tanto, como ante mis ojos lo inmoral es un “error”, no lo puedo, en principio, “sentir”; pero ello solo porque tal error me hace ver al autor como humanamente deficiente.  Habré, por el contrario, de “asentir”, si el autor, a través del contexto, me obliga a verlo como no deficiente, pese a que su “inmoralidad” casual se haga entonces estética.

HAT: Usted que ha estudiado el racionalismo poético ¿encontraría en la ciencia y la cultura una raíz irracional?

CB: Sin duda alguna.  Las raíces irracionales de la Ciencia habían sido estipuladas ya por Nietzsche.  Fue Nietzsche el primero en proponer la idea de que tras el conocimiento y la acción no existe algo nacional.  Después de él, han formulado conceptos similares, de diferentes modos y con desigual fortuna numerosos pensadores, desde Dilthey a Ortega, pasando por Bergson, Unamuno y Heidegger, y de otro modo Marx y el mismo Freud.  La no racionalidad de que tales pensadores hablan no es por supuesto, simbolismo.  Lo que yo he añadido al “estado de la cuestión”, reside, pues, en precisar cuál se la especie exacta de no racionalidad que se esconde tras la cultura, ciencia, como ya dije, incluida.  No se trata solo de que tras la cultura y la ciencia existan nieblas de pasión y humedades de sentimientos, amén de fuertes intereses de clase o defensas del yo.  Se trata de algo acaso más extraño: la tendencia irracional propia de la simbolización, en su sentido riguroso y técnico.

HAT: ¿Entonces qué simbolizan la ciencia y la cultura?

CB: La cultura, y también la ciencia, son símbolos, pero símbolos que tienen la singular gracia o peculiaridad de no simbolizar nada.  Quiero decir que la cultura, la ciencia, nace en la mente de sus creadores exactamente como nacen los símbolos.  Son símbolos en cuanto proceso mental del autor; pero esos símbolos no pueden simbolizar; son símbolos en este sentido fallidos, pues en el proceso del espectador o “lector” carecen de la apoyatura contextual objetiva que si tienen un cambio de símbolos, digamos, literarios, merced al cual ese proceso mental del autor, puede ser reconstruido por quién lee.  Naturalmente, dicho así, en éste rápido diálogo, no cabe hacer de todo comprensibles afirmaciones tan fuera de nuestros hábitos mentales…  Pero creo que en mi libro lo que estoy diciendo queda claro.

HAT: Usted descree de la eficacia de la poesía social…

CB: Yo creo que es perfectamente posible la poesía social y hasta la poesía política.  Lo ocurre es que no es fácil hacerla bien.  La poesía solo puede darse bajo la forma de “emoción desinteresada”.  Cuando aparece en el texto el afán doctrinario, la poesía se desvanece, por razones que ahora no puedo exponer, pero que me parece de no ardua determinación.  Si lo que acabo de decir es cierto deduciremos sin esfuerzo la enorme dificultad de tal empresa, ya que no resulta sencillo presentar en forma desinteresada emociones, como son las políticas, que de por sí y casi por definición nos interesan tanto en nuestras vidas.  Sin embargo Vallejo y Neruda en sus libros consiguieron plenamente acertar.

HAT: ¿Entonces ha estado en desacuerdo con los poetas de su generación?

CB: Yo he estado en todo momento de acuerdo con sus tesis políticas:   a mí tampoco me gustaba aquella situación de mi patria, ni puedo aceptar ahora cuanto signifique privilegios, clasismos, racismos y otras vilezas.  Lo doloroso era, precisamente, estar conforme con los contenidos y disconforme con sus modos de expresión.  Y ocurre que no era poesía ni era social…

HAT: ¿El poeta y el teórico, en su caso, se complementan?

CB: Es curioso ver la dificultad que tenemos los españoles para darnos cuenta de que un hombre puede manifestarse de muchos modos, todos ellos válidos, si es que, en efecto, lo son.  En realidad, la inteligencia tiene siempre una evidente unidad.  Y ello es así  ¿por qué no van a darse duplicidades cómo las que usted ahora constata?  Leonardo Da Vinci que ha contado tanto en la historia de la pintura, ha contado también en la historia de la ciencia.  Me avergüenza sacar a colación éste ejemplo insigne, pero dentro de mis evidentes limitaciones, no veo ninguna contradicción en que un poeta haga, al mismo tiempo, teoría, poesía.  Como recordaba no hace mucho Jorge Guillén, citando a Vico, se entiende lo que se hace, aunque ignoro si ese es mi caso.

HAT: ¿Cuáles son, a su juicio, los defectos y virtudes que más abundan en la nueva poesía española?

CB: Las virtudes están a la vista: la preocupación por el lenguaje. La poesía, es, ante todo, forma; forma que se pone a significar como tal forma, esto es, desde su unicidad expresiva.  Esto lo saben y lo practican los jóvenes poetas españoles, y ahí estriba su máxima virtud, la de estar en el buen camino, condición indispensable para hacer en el arte algo que valga la pena.  Los defectos son, en ocasiones no menos notorios, aunque, como siempre ocurre, en algunos de esos poetas, por su suerte, no lleguen a producirse.  El posible error de que hablo es tomar el rábano por las hojas, y creer que el experimentalismo como tal, y sin más, ya es un valor.  Y no: el experimentalismo tiene validez cuando acierta, como ya sabía, con harta ciencia, Perogrullo.

HAT: Está ahora de moda la poesía de la experiencia

CB: Como usted sabe fui muy amigo de Jaime Gil de Biedma en nuestra juventud, porque muchas veces vino de visita a casa de Vicente, pero posturas de una y otra índole nos fueron separando. Jaime tiene una personalidad extraordinaria y una ingeniosidad extrema, conversar con él es una fiesta de la creatividad, del talento. Claro que tratar con él no es fácil, usted también lo sabe, tiene un orgullo fuera de lo común y es muy susceptible, pero es uno de los poetas mayores de nuestro tiempo, de eso que ahora se ha dado en llamar Generación de los cincuenta y que usted desea indagar, porque lo que llamábamos poesía social con Jaime se ha vuelto otra cosa y él la ha salvado de su hundimiento, merced a que fue teñida de tintes políticos con una visión más compleja y rica donde predomina la inteligencia crítica y un lenguaje muy cuidado y preciso donde el humor y la ironía son ingredientes importantes y eficaces. Jaime fue capaz de llevar a término lo que apenas se insinuaba en algunas piezas de El mal poema de Manuel Machado. Un acento que apenas tenía ese antecedente pero que nunca habíamos oído por aquí con esa música. Su fuerte personalidad hizo desparecer del poema toda esa retórica tan visible que tanto nos molestaba y que ahora, otra vez, precisamente con su nube de imitadores ha vuelto a poner el poema en un foso soso. Los imitadores de la poesía de la experiencia, como los experimentalistas que arriba mencioné, son un estorbo que está convirtiendo la poesía española en la majadería de finales del siglo. Pero no ponga esto, o al menos que por acá no se sepa que lo dije.

HAT: Nadie lo sabrá nunca, se lo aseguro.

Vanguardia Dominica, Bucaramanga, febrero 1, 1981.

 

al-Mu’tamid bn. ’Abbâd

Las culturas árabes islámicas son ante todo lingüísticas porque el Corán, en su texto árabe, es considerado la palabra de Dios. Los niños lo aprenden de memoria. En al-Andalus los maestros no sólo se limitaban a esto sino que proporcionaban a los niños un conocimiento general de la lengua, formaban su estilo y caligrafía y les enseñaban los fundamentos del arte poético. Es raro encontrar por ello obra alguna, científica o no, escrita en al-Andalus que no esté adornada con poemas. Los políticos sabían versificar y frecuentaban a los visires, porque estos sabían dotar de poesía a las palabras justas. Todo caballero, antes de desenvainar su espada para arrojarse al tumulto de las batallas, hacía un poema. Hombres y mujeres eran poetas. Entre estas últimas sobresalen la princesa Wallâda, Umm al-Kirân, hija del rey al-Mu‘tasim de Almería, y Hafsa y Nazhûn de Granada. Junto a al-Mu’tamid bn. ’Abbâd están también Ibn Zaydûn, Ibn Hazm de Córdoba e Ibn Quzmân.

La poesía árabe medieval tiene ciertos modelos considerados clásicos que determinan tanto el contenido como la forma del poema. Uno es el panegírico, que dedicado a un príncipe debe empezar siempre por una imagen lírica sin conexión temática; otro puede ser de amores, que ha comenzar describiendo las ruinas del campamento de la amada. Los poetas andalusís recurrieron a esos temas y a otros de su propia cosecha, pero lo que los distingue del resto de los poetas árabes de su tiempo es la descripción que hacen de la naturaleza, escueta y sutil evocando paisajes urbanos y rurales, casas de campo y jardines, como si donde estaban prohibidas las imágenes y las esculturas, estas usaran del poema para realizarse. Para estos poetas, la poesía no se podía plasmar de manera más seductora que bajo la forma de un jardín aromático que sedujese al tiempo la vista y el olfato.

Hacer poesía en árabe suponía y supone el conocimiento del inmenso léxico de la lengua y la gramática. Existen quince metros clásicos, derivados de las diversas maneras de andar el camello y el caballo y varios modos de combinar las palabras como en la urdimbre de un telar. Si a esto añadimos las tradiciones para tratar ciertos temas, como he mencionado antes, el margen de imaginación dejado al poeta es poco. Pero es allí donde reside la esencia del arte, la calidad de la obra, su concepción y realización.

al-Mu’tamid bn. ’Abbâd nació en Sevilla en 1027. Fue el tercero y último de los miembros de la dinastía abasida y es el mejor ejemplo de un andalusí cultivado: liberal, tolerante y protector de artistas y poetas.

Cuando Al-Qâsim, primero de los reyes taifas y bisabuelo de al-Mu’tamid bn. ’Abbâd murió, había levantado un estado y una ciudad -Sevilla- que a pesar de sus debilidades fue la más poderosa entre todos los pequeños reinos. A su patrocinio se debe la confección de la primera antología poética andalusí, la al-Badî’fî wasf al-rabî’, de Abu-l-Wâlid al-Himyari, con poemas dedicados a las flores.

Su hijo, al-Mu‘tadid, fue una especie de príncipe italiano con la clase y carisma de Filipo Maria Visconti. Poeta y amante de la literatura, pero también envenenador, bebedor de vino, escéptico y traidor. El mismo con sus manos asesinó uno de hijos que se había rebelado. Aunque hizo guerras a través de todo su reinado, rara vez aparecía en el campo  pues desconfiaba de sus generales, prefiriendo conducir las batallas desde el Alcázar. Se dice que en una ocasión eliminó un buen número de sus enemigos, los jefes beréberes de Ronda que habían venido a visitarle, ahogándoles en un baño de agua caliente donde les había encerrado. Le gustaba conservar los cráneos de quienes había eliminado: los inferiores en rango servían como macetas para flores, los de los príncipes, estaban guardados en cofres especiales. Gastó su reinado extendiendo su poder a expensas de los vecinos menores y en una guerra sin cuartel contra rey de Granada.

Cuando tuvo trece años al-Mu’tamid bn. ’Abbâd fue enviado al mando de una expedición militar para sitiar Silves. La aventura tuvo buen fin y fue nombrado entonces gobernador de la provincia. Como tenía tan poca edad, al-Mu‘tadid hizo acompañar a su hijo del aventurero y poeta. Ibn ‘Ammâr, nacido en las inmediaciones de Silves, donde había estudiado a pesar del oscuro origen y extrema pobreza y a quien, luego de muchos perdones y traiciones, el propio al-Mu’tamid bn. ’Abbâd daría muerte. Había aprendido a ganarse la vida componiendo panegíricos a todo el que podía pagar. Su fama fue tanta que logró ser presentado al príncipe, a quien recitó un poema donde celebraba la victoria abasida sobre los berberiscos, con versos que sonaban como repique de tambor.  Como ambos amaban los placeres, las aventuras y los versos, no tardaron en hacerse amigos. Una vez tomada Silves, al-Mu’tamid bn. ’Abbâd creó un visirato para él. El joven príncipe y poeta no conocía el amor y estaba en la edad en que es posible creer en la amistad con entusiasmo. En cambio Ibn ‘Ammâr apenas ahora sabía de opulencia y lujo, luego de años de lucha y desaliento, decepción e indigencia.

Durante el tiempo que estuvieron juntos, antes que al-Mu‘tadid los separara, solían pasear improvisando versos y hablando de poesía. En una de esas ocasiones, por la orilla del Guadalquivir, cerca de los bosques de olivos de Campo de Plata donde estaba un grupo de lavanderas, al sentir un soplo de aire el príncipe dijo:

 

La brisa convierte el río en una cota de malla

 

Pero antes que el aventurero poeta pudiese recoger y continuar el verso, una muchacha que conducía unas mulas, Rumaykiyya, replicó:

 

Mejor cota no se halla como la congele el frío.

 

Al ver que era bella, joven y poeta, al-Mu’tamid bn. ’Abbâd decidió comprarla y casarse con ella, que adoptó el nombre de I‘timâd. A ella consagró no poco de su tiempo y poesía. Era una joven arbitraria pero hábil para conversar. A pesar de haberle sido fiel, en el sentido musulmán, tuvo otras amantes de nombres como Luna, Amada, Sol, Hada o Perla.

Obligado a tributar a Alfonso VI desde los tiempos de su padre, en una ocasión al-Mu’tamid bn. ’Abbâd trató de pagar con moneda falsa. Uno de los miembros de la comisión del rey castellano detectó el fraude. Al verse descubierto, lleno de furia hizo crucificar al judío que lo había puesto en evidencia y encarceló al resto de cristianos. Alfonso respondió con un violento y destructivo ataque. Cuando este tomó Toledo, al-Mu’tamid bn. ’Abbâd pidió ayuda a Yûsuf b. Tâsfîn, que ignorándole cruzó el estrecho de Gibraltar, derrotó a los cristianos en Zalaca y regresó a Marruecos. Cinco años después decidió llevar a cabo una guerra santa contra el rey andalusí. Sevilla cayó en sus manos a finales de 1091. Las habilidades políticas del rey poeta estaban menguadas. Unas veces trató de hacer alianzas con los árabes africanos contra los peninsulares, otras, con los cristianos contra todo el resto. Incluso regaló una de sus hijas, Zaida, a Alfonso, quien la hizo su concubina y tuvo en ella a Sancho. Yûsuf terminó por recibir la bendición de los sacerdotes contra al-Mu’tamid bn. ’Abbâd, que puesto en prisión, murió desterrado en Agmât, cerca de Meknés, en 1095. Allí escribió sus mejores poemas, no pocos de ellos, únicos en su arte en la lengua árabe. Uno de sus mejores amigos de los tiempos de gloria, el poeta Ibn al‘ Labbâna describió la salida de Sevilla del rey, su esposa y los hijos que sobrevivieron al fin del mundo andalusí:

 

Lo he olvidado todo menos esa mañana sobre el río:

estaban como cadáveres sobre tablas.

El pueblo, triste, en ambas orillas

veía las perlas arrastradas por las olas.

Las jóvenes se quitaron sus velos para

desfigurar sus rostros de dolor.

Llegó el momento. Todos, mujeres y hombres

lloraban a grito el último adiós.

Los barcos salían y la gente sollozaba como

camellos ante el cruel camellero.

¡Cuántas lágrimas cayeron al agua! Cuántos

corazónes rotos acompañaron aquellos crueles

barcos!

 

La poesía de al-Mu’tamid bn. ’Abbâd se puede dividir en tres grandes etapas: cuando fue príncipe, luego rey y desterrado. La pasión por I‘timâd le inspiró elegantes poemas donde la búsqueda de la belleza no oculta las intensiones eróticas. Como estos, los compuestos durante su permanencia en Silves y en los días felices del reinado muestran su afición por el vino, las mujeres, los círculos de amigos en los fabulosos palacios sevillanos, la música y el canto. Se dice que en rigor nunca sintió amor por mujer alguna pero lo recibió de amigos y queridas. Su talento poético es bien apreciable en los poemas que escribió en Marruecos en los últimos días de su vida. Su alma atormentada y sin sosiego le dictó poemas de conmovedora melancolía. Pobre y prisionero encadenado, su desesperación le hizo recordar los hijos muertos o abandonados, lamentó la suerte de su mujer e hijas, sobreviviendo con labores de tejido, al tanto que comparaba las glorias del pasado con las injusticias del destino presente. La simplicidad de su lenguaje, la transparencia y el tono de su voz hacen del triste rey andalusí la viva representación del romanticismo andaluz y latinoamericano, que va y viene, siempre, recordando cómo «todo nos llega tarde, hasta la muerte».

Li Xuemei

Cumplidos los cincuenta y tres décadas de mundo creyó llegada la hora de entretener la parca con el penúltimo amor que cargaba consigo. Ella le había prometido durar para siempre con él y estuvo de acuerdo en adquirir la chacra que les estaban mostrando. Y porque vio, a pesar de la casa rústica, que podía, más arriba, hacia el lindero este, donde había un nacedero de aguas, levantar otra casa que mirando al naciente, permitiera disfrutar todo el día de esos paisajes andinos que recordaban el Mérida de sus años mejores, cuando con Parayma se habían bebido todo el vino brasileño que llevaba en su Mercury rojo y se puso a pensar cómo sería esa casa, con un enorme porche y veranda de vidrio que librara de los zancudos y termitas y luciérnagas pero dejara otear en el cielo del valle del rio de la Magdalena la bóveda celeste más bella del mundo. Soñar no valía nada, pero esa quimera resultó la más cara porque casi le cuesta la vida.

Lo primero fue trazar el camino que de la vieja casa remontara a la nueva, luego dragar el foso para los tucunares, o al menos para una pareja de sábalos reales que con sus escamas azules y verdes deslumbraran el destello del sol animando las tardes. Y el puentecito chino, porque por todas partes, en los humedales que marcaban los límites, estaba el bambú.

Después diez semanas ella había vuelto de Beijing, renunciando a su trabajo y al piso que su padre le había regalado en Haidian, quiso conseguir un empleo como controladora de rutas aéreas en alguno de nuestros aeródromos. Durante su ausencia él había logrado, con la ayuda del ministro del ramo y el jefe de seguridad del estado, una visa de residente que le permitiera trabajar. Tan pronto llegó, presentó exámenes para conducir coche y obtuvo un carnet de cuarta, con el cual podía, incluso,  ser taxista, y aprendió a bailar Saersawu, como llamaba a la salsa caleña.

Fueron cuatro años de gloria. Recorrieron en un cuatro puertas casi todo el país, comenzando por la Región de la Manta Real y los cabildos donde ella gozaba conversando con lugareños, comiendo en plazas de mercado, entrando a las iglesias, durmiendo en pequeñas fondas de una noche, siempre en compañía de Xiao Xue, convertida en la hija que nunca tuvieron. Así visitaron no pocos municipios de Santander y volvieron varias veces al cañón del Chicamocha que le recordaba las montañas de Yanshan y también porque había pepitoria, sangre de chivo con arroz y la carne del chivo, como solía su abuela al preparar la cabra de patas negras, una de las viandas más apetecidas. Estuvieron en La Habana, en Rio, en Buenos Aires, en Caracas y Montevideo. En todas partes con su perrita rubia. Porque Xiao Xue había viajado con ella dentro de una media tobillera, dormida con una cucharadita de vodka, que la mantuvo quieta durante las casi treinta horas del viaje, porque había volado Beijing, Hong Kong, Ciudad del Cabo, Rio de Janeiro, Bogotá, la ruta más barata que hacía Air China. Y porque sólo la dejó sola cuando dejó solo al que se quedó para siempre.

Había dejado su trabajo burocrático, que ejercía como descanso de su verdadero oficio y que le permitía pasar largas temporadas en hoteles de estrellas, viviendo como una ejecutiva europea. Fue, gracias a que su tía de la suprema le había conseguido el puesto, gerente delegada de la Agencia de Viajes de la Juventud para los países Nórdicos. Su jefe, otro hijo impar de papi, mami, nono y nona, era un jugador compulsivo que no hacía la faena y entonces, las decisiones importantes las tomaba era ella. Viajaba a Estocolmo al menos una vez al año y saltaba a Reikiavik, con sus hotelitos centenarios y el cálido trato que daban a los orientales los islandeses, que creían que las kenningars eran metáforas aprendidas por algunos viajeros escaldos que terminaron en el Imperio del Centro buscando aliados contra Harald Haarderade, el cruel rey noruego.  En esos viajes aprendió a bailar algunas viejas danzas nórdicas, que se hacen en grupo, o cambiando de pareja a medida que se hace la ronda, como también lo hacen los danzantes mayores todavía en las salas de baile del Beijing de las Cuatro Modernizaciones.

Era alta, con una fascinante voz baja y una rapidez de juicio que seducía de entrada. Vestía vaqueros, cazadora, Sneakers, iba con el pelo súper corto y cubierto en primavera e invierno, invariable, con una pañoleta. Era una enciclopedia de los recursos de la ciudad y sus gentes y se había convertido, a pesar de sus veintidós años, en una señora mujer. Su piso, de dos habitaciones con un teléfono azul, betamax, mecedora vienesa y seis pandas blancos, una bandeja azteca regalo de su padre y un caballo Ming de cobre, era una suerte de nido para los amores que había aprendido hacer en el norte de Europa. Leía a Garcia Marquez en chino y en ingles a Henry Miller, y decía que todo el amor que sabía hacer, porque si lo sabía, lo había aprendido leyendo en Trópico de Cáncer y la Crucifixión Rosada. Era capaz de amar de pie o de rodillas, pero odiaba la prisa y el ruido y las congestiones del tráfico, el tumulto del metro, el ruido de los que llegaban por millones del campo cada día y cada noche y sabía que ellos no estaban a su altura, al placer de su cuerpo, porque solo sabían reproducirse y no habían leído a Wu Zao:

 

En tu cuerpo repican abalorios

de coral y de jade.

Con tu sola sonrisa enmudezco.

Cuando recoges las flores

inclinada descubro tus ancas de sapillo

y tu centro perfumado.

Jovencita y sola

alimentas húmedos secretos.

Brillas más que una lámpara

en un abismo de sombras.

Mientras bebemos, recitamos,

 una a otra poemas y cantas

“El que recuerda no muere”

cuyos versos rompen mi corazón.

Nos pintamos las cejas.

Quiero que seas mía.

Tu cuerpo es de jade

y tu corazón primavera.

Enorme bruma cubre los Cinco Lagos.

Amor mío, deja que compre un bote

y te lleve lejos de este tedio y esta noche.

 

Beijinesa, hablaba un mandarín sedoso que a veces intercalaba en su inglés de California. En su rostro, rara vez maquillado, resplandecían dos largos peces y la boca redonda y jugosa. Y aun que nada se guardaba de ella o de los otros cuando era necesario con prudencia emitía un silencio sin hielo. Sabía que era una flor abierta en una primavera cercada por el tiempo voraz e implacable. Conocía el este y el oeste, del levante al poniente, de arriba y abajo la mole de concreto de Beijing, con sus miles de rutas de buses que rozan otros tantos hutones donde están los restaurantes más finos, pero ella prefería los íntimos y pequeños de comida cantonesa con sopa de maíz en yema de huevo, los ravioles de Xi´an, el bróculi, la carne de buey con verduras sobre plancha de hierro ardiendo y el citron praliné de la patisserie parisienne.

Leía el Beijing Banbao, con los chismes de la farándula local y de ultramar, dejaba el tra­bajo al caer la tarde, visitaba sus clientes y amigos y rendida, tomaba uno de esos caros taxis grises de níveos sillones para volver a casa y ver los culebrones que trasmiten por la dos y la uno. Y hablaba, incansable, por teléfono, mientras se iba ingurgitando unas cuantas mandarinas y trozos de banano hasta que el sueño la vencía soñando en aquellas vacaciones de diez días en la isla de Hainan hasta que Lao qê la despertaba a las siete menos cuarto del tiempo de sus amores mejores para que entrara al tumulto del  Beijing que amanecía con la arena del Gobi en los ojos, y otra vez los turistas, los tiquetes aéreos, las reuniones con su inagotable jefe a quien repetía, otra vez, que necesitaba un asistente, que ya no daba más, que una rutina como esta acababa con cualquiera, que se iba ir a Colombia y no volvería nunca.

 

Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

Muchos años antes de su muerte, ocurrida el 8 de Enero de 1990, Jaime Gil de Biedma se había convertido en un mito para la literatura española y su consagración como el más renovador de los poetas peninsulares de la segunda mitad del siglo pasado era evidente. Tanto para sus compañeros de viaje y generación, como para los poetas mas jóvenes, fueran novísimos o posteriores a ellos, el alto ejecutivo y el poeta catalán había revolucionado con sus escasos cien poemas, la lírica escrita en español. “Con su muerte se va una parte de mi vida” dijo José Manuel Caballero Bonald. “Nadie, en la poesía de este siglo, nos ha dejado tal cantidad de poemas y versos memorables” expresó Francisco Brines. “La poesía de Jaime Gil de Biedma es una de las mejores del siglo XX” sostuvo Ángel González.

Hijo de una familia vinculada a la aristocracia castellana, -su abuelo paterno fue Javier Gil y Becerril, senador vitalicio por el partido conservador; y el materno, Santiago Alba y Bonifaz,  gobernador de Madrid y ministro de Marina, Estado, Instrucción Pública y Hacienda-, pasó los años de la Guerra Civil Española en una finca cercana a Segovia, estudiaría en Barcelona el bachillerato y parte de su carrera de abogado que concluiría en la Universidad de Salamanca, para luego hacer estudios de especialización en economía en Oxford, donde descubrió la poesía inglesa, una de las fuentes definitivas de su prehistoria poética. Desde muy joven ingresó como ayudante de su padre a la Compañía de Tabacos Filipinas, cargo que le llevó a todos los rincones del planeta, pero fundamentalmente al oriente, donde forjó cierto definitivo desprecio por su propia clase y su afecto y atracción hacia la belleza de los marginados y excluidos, donde encontró el placer y la justificación a una existencia maltratada por el dinero, el paso del tiempo, las excelencias de un gran poeta y un secreto y perverso amante de su propia imagen  platónica.

En Compañeros de viaje (1959) puede encontrarse la arqueología del personaje poético que creó en sus libros posteriores.

 

Muy pobre hombre ha de ser uno —dice en el prefacio— si no deja en su obra —casi sin darse cuenta— algo de la unidad e interior necesidad de su propio vivir. Al fin y al cabo, un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia de un hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos, atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual— de unos cuantos entre ellos.

 

Al publicar Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) el Otro, «Jaime Gil de Biedma», había encontrado su voz. En el primero se amplían los temas de Compañeros de viaje, con una conciencia definitiva de su concepción poética. Gil de Biedma abandona toda esperanza de solidaridad colectiva y se queda consigo mismo. No es que presuma su condición única, sino que, por saber qué ha sucedido en la historia colectiva y no encontrar, en la cultura del franquismo, una respuesta a sus expectativas, sus miradas e inteligencia se vuelvan sobre el todo social. De allí que pueda hablarse de poesía política, creada desde la íntima experiencia.

En Moralidades predomina el tema erótico. Gil de Biedma sostuvo que sólo había escrito un poema de amor, y que los demás, son poemas sobre la experiencia amorosa, «un diálogo entre la historia amorosa, o entre la escena amorosa que retrata, y mi conciencia, es decir, yo». El amor en sus poemas es casi siempre un encuentro fugaz en un bar, una noche de prostíbulo o en casa ajena, con personajes que, como en Kavafis, existieron para perdurar en el texto.

En el ensayo que dedicó a Jorge Guillén dice que el amor, siendo tema literario habitual en Occidente, se halla en relación distinta a otros, como la nostalgia de la infancia, el sentimiento de caducidad de la vida o la esperanza de un mejor mañana. El amor—«que termina siempre mal»—, es una invención literaria que sin dejar de ser experiencia, sería lo que los franceses de entre siglos llamaron belle passion.

 

Poemas póstumos ofrece un personaje, conflictivo y matizado sicológicamente, que sabe de la pérdida de la juventud y el  acercamiento de la muerte. La ironía del título remite a alguien que no es él mismo, que no puede reconocerse en la imagen que sus poemas anteriores le habían impuesto. Ha sucedido una transición, el tiempo ha hecho desaparecer al Otro, al que en Moralidades estaba en conflicto con su clase, con el tiempo y la historia. Ahora el conflicto es consigo mismo: los fracasos, las resacas, la destrucción de los mitos personales y colectivos y la ruina de Eros. El «paso del tiempo y yo» es su leimotiv. El protagonista de estos poemas es un adulto que padece los sentires del poeta joven, con un sabor a poesía maldita que enfatiza en los encuentros pagados, terminando por certificar la desaparición de ese «embarazoso huésped» juvenil, sin tener por quien reemplazarle y sin saber «como será sin ti mi poesía». El presente ya no es suyo, ni la vida, de la que se recuerda sin saber dónde está. La derrota es definitiva.

Lo que hizo de la poesía de Gil de Biedma un resultado pleno de su tiempo, no fue sólo la comprensión del papel y la conciencia del individuo en sociedades contemporáneas, sino la distancia, el alejamiento, con que se mira a sí mismo, a sus actos y pasado. Como si hubiese sido vigilado por la moral, la lengua y los ojos, del Otro que nos acompaña. Ironía, aliteraciones, desenfado, rimas internas, máscaras, asonancias, sordina, cambios rítmicos, refracciones, parodia y desdoblamientos son las claves de su lenguaje.

 

La fundamental experiencia del vivir —escribió en El pie de la letra — está en la ambivalencia de la identidad, en esa doble conciencia que hace que me reconozca —simultánea o alternativamente— uno, unigénito, hijo de dios, y uno entre otros tantos, un hijo de vecino. El juego de esas contrapuestas dimensiones de la identidad, que sólo en momentos excepcionales logran reposar una en otra, que incesantemente se espían y se tienden mutuas trampas, cuando no se hallan en guerra abierta, configura decisivamente nuestra relación con nosotros mismos y nuestras relaciones con los demás. Era ésa la experiencia, creía yo, que debe servir como supuesto básico de todo poema contemporáneo.

 

Poesía de la experiencia que continuó no una tradición «española», pero si «occidental», desde los tiempos cuando López Velarde y Cernuda, Eliot y Manuel Machado hicieron de la ironía y la dicción coloquial laforguiana, los instrumentos literarios de la modernidad. El orden y las melodías de los poetas del dieciocho desaparecieron al ser arrojados de la historia sus valores y sentido de la vida. El poeta moderno inventó nuevos signos, descubrió otros significados para dar imagen a un mundo sin rostro, y como remedio a su abandono, volvió sobre sí mismo, sobre lo único que posee, su adentro, su otro yo, que ofrece a todo el mundo para salvarse con las palabras, no sacralizadas, como uno mas entre la multitud. Poesía de la experiencia que no imita la realidad o las ideas, sino que propone un simulacro de ellas en el poema.

 

«He sido de izquierdas —confesó Gil de Biedma a un periodista— y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo». Vivió los últimos años en Ultramort, un pueblo de unos trescientos habitantes, en el Alto Alpurdán.

En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir cono un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

JAIME2222

El día que llevamos a Antonio a Cartago

Serían las once cuando oí la voz.  La luz de la lámpara se filtraba en las persianas de la ventana y aun cuando el silencio era total no alcancé a identificar quién desde la calle llamaba a una de mis tías. Era Antonio, que acaba de fugarse esa noche de la prisión de Palmira donde pagaba una pena que no había cometido. Le acusaron de haber asaltado un bus de escalera en un cruce  de caminos hacia el mar, asesinando con sevicia varios pasajeros para robar una caja de caudales que contenía miles de pesos del año final del segundo gobierno de López Pumarejo, cuando Lleras Camargo dejó que los liberales perdieran las elecciones. Le acusaron del robo a la joyería Quintana, le acusaron de otro de tres millones de pesos en joyas, le acusaron del desfalco a otra joyería en Barranquilla, hurtos que se habían cometido cuando tenía trece años y no le habían salido las cordales. Antonio fue una de las primeras víctimas de esa ley contra quienes no ejerciendo oficio lícito o tolerado se dedicaron habitualmente y sin causa justificativa a la mendicidad y fueron condenados a colonia penal y agrícola de uno a cinco años, como rezaba el decreto.   La tercera vez que la voz llamó a Rita oí que abría la puerta de la calle y le decía a Antonio que apurara, que se cambiara de ropa, que deberían salir lo más pronto posible.

Tenía yo cinco años.  Madre vino a buscarme a la cama, me hizo orinar en el vaso de noche de peltre  y me vistió con un pantalón de dril, una camisa blanca y luego me peinó. Salimos al patio interior de la casa donde Antonio se estaba cambiando de ropa entre las macetas de bifloras y azaleas que apenas estaban cerrando los ojos. Un vestido completo que hacía poco había hecho Daniel Mejia, el sastre del parque  de  los leones, para Rogerio y el sombrero negro de ala ancha que usaba a diario en su oficina donde vendía seguros. De mediana estatura, Antonio era garboso pero delgado, con una piel aceitunada tirando a morena por causa de la mala vida de la cárcel, con una dentadura completa y bien formada, los ojos carmelitos  vivaces y nerviosos y una nariz de actor de cine. Rita trajo un par de zapatos de Rogerio y Antonio se los puso de pie mientras ella le ataba los cordones. Elisa, con su camisa de dormir y con un pañuelo de manila sobre los hombres, trajo una bandejita con unas tazas de café negro y unos panes de maíz y queso recién hechos. Rogerio estaba afuera calentando el motor de su Oldsmobile Sedan  azul de cuatro puertas con cojineria de cuero y encendedor automático de cigarrillos cuando sonó el reloj de la sala.

Serian ya la una y media de la mañana cuando salimos. Antonio se metió en la cajuela del automóvil tal como estaba, vestido con su traje completo y con sombrero, Rita ocupó el asiento de adelante al lado de Rogerio que conducía, y madre y yo subimos a la parte de atrás. Mi tío remontó la calle trece, tomó la carrera novena hacia el sur y al llegar a la calle novena esquina de la iglesita de San Antonio hizo un giro a la derecha y tomó hacia el occidente hasta llegar frente al anfiteatro del cementerio y haciendo una izquierda, de nuevo hacia el sur frente a la estación del ferrocarril para tomar hacia Mediacanoa por una calzada que era más un camino de herradura. Ni un alma ni ganados ni pájaros ni nada encontramos en la vía. La luz amarillenta del Oldsmobile dejaba ver las hileras de guácimos y matarratones de los andurriales, con agua hasta bien arriba de sus troncos, por las inundaciones recientes del rio, hasta que llegamos al puente de madera sobre el Cauca. Rogerio paró un poco la marcha porque del otro lado había una caseta del ejército y además debía poner el carro sobre los listones que impedían que las ruedas se atascaran entre las traviesas de madera del puente.

Cruzó el puente despacio sabiendo que la hora no era propicia. Rita se sacó del pecho la navaja española con empuñadura de cuerno de cabra y la pasó a mamá, que la puso bajo el tapete trasero. Yo seguía cabeceando sobre sus piernas cuando Rogerio contuvo el carro y saludo al soldado. Buenas, le dijo, cómo va la mañana. Hacia donde se dirige a estas horas, preguntó el militar. Vamos a una finca cerca de aquí, a Pioresnada la finca de don Lisímaco Alvarado, el suegro de mi hermana. Siga le dijo el muchacho, y el que estaba detrás de él levantó la mano apuntando que todo estaba bien. Al despedirse Rogerio le alargó una cajetilla de rubios. El silencio era tal que podíamos atender el respirar del rio y el charlear de las ranas, incluso el chapoleo de los barbudos y los bocachicos que salían a respirar, libres del pavor de ser atrapados por los pescadores noctámbulos, porque los campos contiguos al rio estaban ocupados, en las partes aun secas, por familias de negros desplazados de Buenaventura donde los latifundistas despojaban de sus parcelas a los antiguos cimarrones de la esclavitud. Una de esas negras del camino se sacaba y entraba en la boca el cigarro que fumaba, como si nada, con la candela para dentro. Le dije a madre que mirara y respondió: eso no es nada, si vieras como es capaz de comerse un bocachico. Lo introduce por un lado de la boca y por el otro escupe las espinas.

Porque el palo no estaba para cucharas. Esa mañana habían detenido en el cruce de Viges al sindicado de homicidio con cuchillo de matarife de misiá Maria Jimenez de Martinez, dueña de  la tienda El Parnaso, y reforzado la seguridad del doctor Alfredo Cortázar Toledo que se posesionaba como alcalde de Buga porque en Tuluá había caído El Pollo Uriel Maya, compinche de Lamparilla y Pájaro Verde, temibles bandoleros  del corregimiento de Salónica y que estaba en el hospital San Antonio cerrando las 35 perforaciones de bala. Y nombró, dijo Rita, a Fernández de Soto y el doctor Medina Navia secretarios de gobierno y hacienda. Sin responder y acelerando puso la radio Todelar, la única hasta el amanecer que emitía canciones criollas. Madre fue repitiendo los versos que oía: en mi nativo valle hay muchas ceibas, monasterio de garzas silenciosas que con el milagro de su albura, ofician el misterio de la tarde, al padre Cauca, dios de la llanura.

Ana, mi madre, había cumplido veintidós y hacía tres años había dado a luz a su única hija. Su marido era obra de un acaudalado iletrado, liberal hasta el cogote, bebedor de brandy y aficionado a la música de cuerda. Allí, en esa casa de palafito en Pioresnada había aprendido la canción que tatareaba. La había oído tantas veces en las noches de luna, o durante las crecientes del rio, cuando nadie podía salir de la casa porque se convertía en una isla flotante y don Lisímaco hacia repetir y repetir esos viejos bambucos mientras bebía más brandy, traigan más brandy y más antipastos y al final de las borracheras sacaba el Smith & Wesson 38 de cañón corto que escondía en la escarcela de su carriel de matarife y hacía bailar a balazos a los músicos y les hablaba en recónditas frases de alemán que había aprendido a sus abuelos, porque decía, que había nacido en Bremen  y nadie le creía.

Por allí habían pasado hacía media hora cuando vieron venir una recua enorme de novillos arriados a gritos por vaqueros que los conducían a algún embarcadero camino del matadero de Buga. Lisímaco, el suegro, no supo nunca leer ni escribir pero se había hecho rico negociando con cerdos y novillos que pesaba al ojo. Su esposa legítima, Emilia Cobo, era una mujer apocada pero de fortuna, dueña de cientos de casas en el pueblo, que luego de parir cinco hijos había abandonado el hogar y vivía en alguna de ellas casi que vacía y solo se alimentaba con panes de maíz amargo y café tostado, vestía de negro hasta los pies y un mantón del mismo color que se iba aclarando hacia el verde con el tiempo, le cubría la cabeza las mañanas que iba a misa a la iglesia Parroquial, llevando en las manos el bolso de papel de caña donde cargaba las joyas, las piedras y las monedas que oro que le daban la única seguridad de vivir que tuvo en su vida, y que nadie supo, hasta el día en que al morir de vieja descubrieron la bolsa colgada en la pared y pensaron que estaba llena de pandebonos y trasnochados del día anterior.

Estará misiá Emilia temblando de miedo, dijo Rita.

No creo que haya venido esta semana a Pioresnada, don Lima estará bebiendo a estas horas, dijo Rogerio con el Pielroja en los labios.

Umberto dice que ella no va a volver por aquí nunca, pero no le creo, respondió mamá. El que si debe estar es él, cada fin de semana baja a pedir plata al viejo, como no le gusta trabajar.

Entrando la mañana llegamos a Anserma, y tras de pasar el Cauca y antes de llegar al batallón del ejército paramos un rato para tomar del café que mamá traía en un termo, y comer panecitos de leche y tortica de bizcochuelo que Elisa había envuelto en un paño. Antonio salió de la cajuela y estuvo haciendo aguas menores un buen rato en la parte de atrás del carro, con tanto apuro que la orina se oía como la de un caballo. Entonces se acercó a madre y le dijo que al oírlas hablar de mi abuela Emilia recordaba la vez que le llevaron, herido de bala, al hospital San José, y frente a su cama, en el pabellón de caridad, vio a una mujer de noventa y cinco años que cada vez que trataban de localizarle una vena aullaba que ahí la habían traído sus hijas para matarla, que eso no iba a suceder porque su hijo vendría pronto y si no venía, ella se tiraría a un camión, y cuando las enfermeras se retiraban comenzaba a orar y a pedir al cielo se apiadara de ella y le diera vida eterna.

Antonio había indicado a su hermano que fuera, en Cartago, a la plaza de Bolivar y frente al edificio azul de una de las esquinas le esperáramos. Era una fábrica de tres plantas sostenida por columnas sin capiteles y el fuste liso, una suerte de Partenón greco quimbaya en cuya puerta le esperaba un político conservador que luego fue ministro de la dictadura y embajador en Londres. Allí le dejamos y solo volvería yo a verle diez años después cuando con Rita fuimos a visitarle a La Picota de Bogotá donde a golpes de cacha de pistola le arrancaron los dientes mientras le torturaban.