18 de agosto de 1936

Cuando el 18 de julio de 1936 Francisco Franco se sublevó contra la II República Española, hacía apenas 35 días que Federico García Lorca había cumplido 38 años. Hijo de un hacendado y una maestra que le enseñó a tocar el piano desde niño, en Granada hizo estudios con jesuitas e intentó estudiar derecho en la universidad, pero abandonó la academia para dedicarse en exclusivo a la literatura, la pintura y la música.  En 1919 se mudó a Madrid donde hizo amistad con Dalí, Buñuel y Alberti. Durante este tiempo, con la publicación de Poema del cante jondo o Romancero gitano se convirtió en una suerte de juglar leyendo en voz alta sus poemas y obras de teatro. Poemas que, combinando la magia milenaria de los romances con brillantes y novedosas imágenes, “retratan” la vida y el talante de campesinos y gitanos: jinetes solitarios, mujeres frustra­das, madres adustas y guardias civiles acosados por senti­mientos eróticos, de muerte, aventura y represión.

En el arte del pueblo encontró García Lorca una respuesta a la desolación de la vida moderna: andaluces y gitanos vivían al margen de la sociedad conservando sus danzas y canciones, en una perpetua querella contra los representantes del orden. Seres cuya pendencia es la conquista de la libertad sensual y erótica en una sociedad que la niega agresivamente. Los sentidos invaden los versos con la áspera luz de naipe del mediodía, los machos, con una violencia sexual de navajas como peces hienden la rosa azul de los vientres femeninos, la naturaleza y los elementos poseen sentimientos y deseos tan irresistibles como los de aquellos. Los gitanos están orgullosos de pertenecer a una tradición que se expresa tanto en la danza, los amores, los vicios, como en el viento, la luna y las máscaras de fiesta donde hasta los santos menean las caderas y la luna ostenta nardos.

A pesar de su prestigio y popularidad, luego de una crisis emocional García Lorca decidió viajar a Cuba y Estados Unidos (1929-1930) en busca de alivio y nuevas fuentes de inspiración. El viaje produjo una obra maestra: Poeta en Nueva York, el libro de nuestra lengua que hace pendant con las obras de Eliot, Pound, Celan, Auden, Thomas y O’Hara sobre el horror y la muerte en vida de las sociedades meca­nizadas.

García Lorca, poeta popular de origen rural, se encuentra, «de la noche a la mañana» frente a una ciudad y una sociedad hecha de acero y finanzas que se hunde en el gran derrumbe del capitalismo. Mientras la casta imperial de los Vanderbilt. los Morgan, los Rockefeller hacía de las suyas en el mundo entero, millones de inmigrantes italianos, judíos, irlandeses y negros del sur de los Estados Unidos habían llegado a New York para dar testimonio de la deshumani­zación del mundo por el dinero y el fracaso de la democracia celebrada por Walt Whitman:

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,

que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,

que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,

que ya vendrán lianas después de los fusiles

y muy pronto, muy pronto, muy pronto.

¡Ay. Wall Street!

New York, símbolo infernal de la vida del siglo XX, máquina destructora de la conciencia, devoradora del ser, partera de la soledad y soledad ella misma, emperatriz del mundo que separa al hombre «debajo de las multiplicaciones, debajo de las divisiones», donde nadie parece ser y donde un día todo estará al revés:

¡Qué esfuerzo!

¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!

¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!

¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!

¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!…

         ***

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y tas hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de

las vacas

 García Lorca encontró, adivinando, en los negros no solo ciertas afinidades con las del pueblo andaluz, sino la esencia misma de lo que sería la sociedad norteamericana. «Con su tristeza -dijo a Pablo Suero en Buenos Aires en 1933– se han hecho el eje espiritual de aquella América… Fuera del arte negro no queda en los Estados Unidos más que mecánica y automatismo».

Estos poemas, su desenfada homosexualidad, su amor postrero fue un joven actor a quien doblaba en edad, y la firma del Manifiesto a favor del Frente Popular, que ganó las elecciones del 36, fueron los pábulos que atizaron la mano de los asesinos. Como se sabe, tan pronto se conoció el levantamiento de Franco contra la República, García Lorca decidió abandonar Madrid. Granada cayó el 18 de Julio y cientos de simpatizantes del gobierno legítimo fueron asesinados por los nacionales. Al constatar que las detenciones no se suspendían Federico se refugió en casa de la familia Rosales, uno de cuyos miembros era un jefe de la Falange granadina. Allí pasó un mes, hasta el 16 de Agosto, cuando una banda comandada por un tipógrafo y ferviente católico llamado Ramón Ruiz Alonso y su compadre Juan Trescastro, acusando a García Lorca de espía al servicio de Moscú, le arrestaron y le llevaron a la sede del gobierno, donde José Valdés, desoyendo las suplicas de Manuel de Falla y de los Rosales, consultó el asunto con el también homófono Gonzalo Queipo del Llano, quien respondió que al poeta le dieran “mucho café, mucho café”.

Esa misma madrugada, José Dióscoro Galindo, un maestro de escuela cojo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, dos banderilleros anarquistas y García Lorca, fueron llevados por el camino de Alfacar y ante un viejo olivar de la acequia que los mozárabes llamaban Aynadamar, “fuente de las lágrimas”, les fusilaron. Antes de morir, Ruiz Alonso justificó el crimen diciendo que el poeta “era rojo y maricón”.

Federico García Lorca ha sido uno de los poetas más y peor leídos de nuestra lengua. Quizás deba su gloria también a su muerte absurda. Pero, contrario a tantos otros poetas militantes igual­mente prestigiosos, nunca perteneció a partido alguno, ni asumió principios políticos e ideológicos de los cuales desde­cirse una vez pasado el triunfalismo de atroces dictaduras. Como Esenin, Maiakovski y Vallejo, fue uno de los verdaderos espíritus libres del siglo XX.

guardias civiles W. Eugene Smith

 

 

 

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